Coaching Profesional 


Lo que pensamos. Lo que decimos. Lo que hacemos.

En el principio del fin de curso, conocido para algunos como Junio, me pregunto dónde comienzan nuestras acciones. ¿Es que acaso una carrera empieza en la línea de salida o una comida en la mesa? O quizá la salida y la mesa son, tan sólo, el principio del fin de la acción.

Teniendo en mente la maravillosa cena que me espera esta noche, me planteo: Si la cena aún no comenzó, ¿cómo es que siento que lleva en marcha desde hace mucho tiempo? Y es que, incluso lo más espontáneo, tiene un tiempo de cocción previa.

VinoTodo nace del deseo. Del sentimiento que brota del corazón y hasta la mente salta. Allí lo almacenamos durante un tiempo en el que lo meditamos. El deseo crece y se transforma en palabras, que nos repetimos para convencernos de que el sentimiento era cierto.

De igual forma, compartimos estas palabras con quienes nos rodean. Quizás en un intento por formalizar aquello que llevamos dentro. Sentir que nos comprometemos con otro puede resultar útil cuando no somos capaces de hacerlo con nosotros. O, mejor dicho, puede ser el comienzo para justo comprometernos con nosotros mismos.

Es entonces cuando logramos entusiasmarnos al completo con aquella idea que guardábamos. Sorprendentemente, conseguimos ponerla en marcha transformando la idea en acción y regalándonos ésta una vivencia.

Parece ya todo programado, nada es casual o todo lo es al mismo tiempo. Lo único cierto es que hay una conexión directa entre lo que pensamos, lo que decimos y lo que hacemos. De nada sirve cuidar nuestras acciones si no ponemos atención a nuestros pensamientos. En ellos reside el poder de todo movimiento. Son las fuertes convicciones las que nos llevarán lejos.

Y por el camino, para mantener las fuerzas, hace falta entrenar el lenguaje. El vocabulario que usemos con nosotros mismos. Ése que hará creernos capaces de seguir adelante, de confiar y apostar por ese nuevo proyecto y nuestro modo de desarrollarlo. El que nos ayude a amarnos un poquito más, el que nos regale un abrazo sincero y una mirada de cariño al mirarnos al espejo. Aquél que hable de nuestra capacidad y no de nuestra incapacidad. Aquél en el que cada palabra pronunciada no salga de la boca sino de la garganta del corazón. Aquél que, libre de cargas, sea sincero. Que, lleno de entusiasmo, sea optimista. Que, sin dejar de ser realista, nos llene de autoestima.

Será pues cuando nuestras acciones se hagan fuertes. Cuando el deseo profundo de realizar algo y la convicción de sentirnos capacitados para ello, llenen de energía nuestros pasos, mantengan la perseverancia en el camino, pongan nuestra mirada en la meta y nuestro corazón en el siguiente peldaño.

Y así es como quiero afrontar este mes, principio del fin de una historia. Con la esperanza de que cada actuación sea fruto de una elección profunda, que nazca desde lo más auténtico de mi ser, colmada de motivación e ilusión por vivirla.

De este modo también me dirijo a la cena de esta noche, con la alegría de que un hogar de puertas abiertas me espera y me recibe con el aroma a comida recién hecha. Sabiendo que nada comienza ahora, sino que hoy todo culmina. Y, para poder celebrarlo, lleva ya desde hace horas enfriándose en mi nevera una botella de vino blanco para brindar por la vida.

Imagen| Vino blanco

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