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Lo que nos hace felices

Estamos acostumbrados a que nos pregunten por nuestro plato o color favorito, por nuestro número de la suerte, por nuestra ciudad preferida, por los nombres que les pondríamos a nuestros hijos. Estamos acostumbrados a contestar a ciertas preguntas: si nos gusta más el mar o la montaña, el amanecer o el atardecer, el norte o el sur… Los opuestos son fáciles planteárselo. Pero si tuviéramos que encontrar una respuesta sincera sobre nosotros mismos, sobre lo que de verdad nos importa, ¿qué diríamos?

Y, con ello, hoy me pregunto qué es lo que me hace feliz. Qué elegiría vivir hoy si me dijeran que es la última oportunidad que tengo de hacerlo. Quizá pensaría en aquellas sensaciones que, anteriormente, me han hecho sentir bien conmigo misma. Aquellas que han conseguido emocionarme o, de alguna manera, renovarme.

Y, probablemente, hoy quisiera volver a la orilla del mar. Respirar el aire fresco bañado de sal que salpican las olas. Pasear sobre la arena mojada, o sobre el césped recién regado. Subir a la cima de aquella montaña desde donde, un día, descubrí la inmensidad. Disfrutar de una puesta de sol sobre una duna o en lo alto de aquel acantilado. Zambullirme en aguas cristalinas. Abrazar a mis padres. Acariciar la piel suave de un recién nacido. Que me hagan llorar de risa. Bailar en plena calle, aunque no esté sola. Cantar desde el balcón de casa y que todo el vecindario se entere.

ColumpiarseQuisiera ir a un concierto de ópera. Tomar un trozo de tarta de galletas y chocolate. Recibir un masaje en la espalda y cosquillitas en el brazo. Quisiera subir a la azotea y ver cómo la ciudad se enciende al llegar la noche. Que me reciten poesía. Ver de nuevo aquella película que siempre me hace llorar. Montarme en un columpio. Saltar a la comba. Escuchar una guitarra flamenca. Acariciar las teclas de un piano.

Liberarme de lo que no necesito y dárselo a alguien que le encuentre un mejor uso. Cocinar para una persona sin hogar. Ayudar a una anciana a cruzar al otro lado de la acera, o a mi vecino subir las bolsas del supermercado por las escaleras. Elegiría una tarde de charla con mis abuelas, si todavía estuvieran aquí. Oler a vela e incienso en una capilla de Sevilla. O sentarme a leer un libro bajo un naranjo cargado de azahar.

Dejar que el sol me impregne. Sentir el aire en la cara mientras conduzco. Oler a café recién hecho. Tomarme un buen plato de lentejas caseras. Dormir la siesta con mis sobrinos. Pasar una tarde en familia en torno a un brasero. Oler a tierra mojada. Escuchar la lluvia. Encender la chimenea. Brindar con aquellos que aún siguen a mi lado. Un ratito de oración.

Quizá llegue ese día en el que alguien me pregunte por mi último deseo. Y, entonces, yo también quisiera decir que son las cosas normales las que me hacen feliz.

 

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Imagen| Columpio

 

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