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Literatura en tiempos de crisis: El zoo de cristal, de Tennessee Williams

Al igual que un retrato o una escena pictórica, en todas las épocas, y especialmente las de crisis, la literatura hace una reflexión a modo de “espejo” en el que se mira la sociedad, tratando de encontrar sentido a lo que acontece, y situándose en muchos casos en una atalaya desde la que contemplar el futuro.

Es el caso, por ejemplo, del dramaturgo norteamericano Tennessee Williams: Thomas Lanier Williams (Columbus, Mississippi, 1911- Nueva York, 1983), considerado el mejor del Sur de los Estados Unidos, resulta familiar al lector y/o espectador debido a las adaptaciones para el cine de muchas de sus obras (Un tranvía llamado deseo, La gata sobre el tejado de zinc…), en las que transfiere a la escena, con un gusto entre realista y simbólico, la violenta problemática sexual y social, representando las neurosis y frustraciones de seres débiles, marginados por la sociedad, ya sea realmente o por la íntima sensación de los personajes. Este es el motivo, resuelto en tonos crepusculares, de su primer drama importante: El zoo de cristal (The Glass Menagerie) y que en muchas de sus obras posteriores se repite con mayor intensidad y violencia si cabe.

The Glass Menageriezoo-de-cristal.1jpg tuvo un notable éxito en su estreno en 1944 en Chicago e igualmente un año después en Broadway, ganando el premio del New York Drama Critics’ Circle de esa temporada. Es una pieza con indudables notas autobiográficas, tanto de sus días en Saint Louis como de su pasado familiar en Mississippi: en 1931 empezó a trabajar en una empresa de calzado, al igual que el protagonista Tom Wingfield (el mismo nombre propio del autor, antes de cambiarlo en 1939 por el de Tennessee –el del Estado donde nació su padre– y las mismas iniciales T. W.); fue educado en una familia de corte tradicional y religioso (representada aquí por la dominante figura de su madre, conservadora dama del Sur de los rancios valores); tenía una hermana menor, física y psicológicamente frágil, Rose (Laura en la obra; el nombre responde a su vez a la inicial del segundo nombre de pila de Williams: Lanier) a la que quería profundamente… De personalidad vulnerable y delicada, el propio Williams luchó toda su vida contra la depresión, ante la que temía sucumbir, como le sucediera a su hermana –algunos biógrafos lo atribuyen a su condición homosexual, precisamente en una época de mayor hostilidad contra ello en los Estados Unidos y el mundo en general–. Quizás por todo ello no sea El zoo de cristal la única de sus obras con tintes autobiográficos: Blanche Dubois en Un tranvía llamado deseo, tan frágil y depresiva como su hermana; Brick, en La gata sobre el tejado de zinc, y su insinuada homosexualidad…

La obra, que transcurre en el periodo de preguerra (II Guerra Mundial) en los Estados Unidos, se torna de plena actualidad (lo que la convierte sin duda en un clásico), al reflejar una situación de crisis, conflictos de valores e inestabilidad… como ahora, y no sólo en EE.UU. –un tiempo “iluminado por un relámpago”, como cita el propio Williams en voz de su narrador, Tom–. Es una época (aquella y ésta) en la que se tambalea y desaparece todo vestigio de vida amable, cuya nostalgia representa la madre, Amanda, obsesionada hasta la terquedad y el delirio que asfixian a sus propios hijos en conservar los usos y costumbres de un mundo, si no desaparecido, sí en franca decadencia. Frente a la necesidad de huir y aspirar a una vida nueva de Tom, Laura se refugia en su timidez patológica y en la intimidad de su colección de figuras de cristal. Son las dos posturas antagónicas de un mismo deseo: evadirse de un mundo que les oprime, el mundo irreal en que vive Amanda, que aun así se empeña en perpetuar en la figura de sus hijos, especialmente en la frágil Laura. Es una situación ante la que muchos jóvenes (entonces y ahora) se sienten acorralados, como Laura, por la presión de convenciones obsoletas ante las que no tienen fuerza para oponerse, por lo que se refugian en su propio mundo de cristal; mientras que otros muchos sienten la misma asfixia que Tom (personaje de hondas aspiraciones y sentimientos), desempeñando un trabajo monótono y alienante, bajo el que se niega a sucumbir, aspirando a una vida más libre y aventurera, más realizada, en otros ámbitos que no sean los valores heredados de un pasado irreal que el personaje de Amanda se empeña en perpetuar, ni los de la obligación de someterse a una rutina no contestataria de un trabajo mediocre.

Mientras que Laura sólo pretende ocultarse del mundo (que no suceda nada que desequilibre su mundo de cristal), y Tom ansía salir de ese mundo para descubrir ese otro que le espera fuera, para Amanda el acontecimiento esperado es la llegada de Jim O’Connor, posible pretendiente para su hija…

El zoo de cristal es, pues, clásica y actual; sugerente, evocadora del ambiente crepuscular de una época, con personajes complejos, desubicados en tiempo y lugar, a veces hasta ensimismados en mundos irreales, a los que la realidad del mundo “de afuera, el real” les golpea y atormenta…El resultado es una obra esencial del teatro del siglo XX que, refleja, semeja o predice por igual este también convulso siglo XXI.

Más información| El País

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