Patrimonio 


Leonora Carrington a través del espejo

André Breton dijo de México que era el país surrealista por excelencia. Cuando llegó, ya existía un fuerte interés por lo irracional y onírico que se manifestaba en su arte, algo que la llegada de creadores e intelectuales europeos huidos de la guerra, alentó vivamente. Entre aquellos exiliados se encontraba la inglesa Leonora Carrington, a quien Elena Poniatowska en el prólogo a sus Memorias de abajo, nombra como “la última mujer surrealista”. Así lo pone de manifiesto su vida, tanto como su obra, que para ella significó una huida sin retorno hacia otros mundos.

Desde Lisboa recaló en la capital mexicana, en 1941, gracias a la ayuda del poeta Renato Leduc, tras su ingreso en un sanatorio mental en Santander. De “abajo”, como ella misma nombra a ese oscuro capítulo de su vida, recuerda las torturas a las que le sometió el doctor Mariano Morales y su séquito de hombres y mujeres uniformados. Un infierno que vivió atada a una cama entre delirios, provocados por el Cardiazol, tras haber viajado por una Europa arrasada por la guerra, después de la detención en un campo de concentración en Francia de su pareja; el pintor Max Ernst, hasta su llegada a Madrid. En nuestro país, una crisis nerviosa le provocó alucinaciones, como la idea de solicitar audiencia con Franco para despertarle de su  “sonambulismo hipnótico”. En la capital española contaba con el dinero y la influencia de su familia, aunque eso no impidió que unos requetés la secuestraran, violaran y, después, abandonaran a su suerte en el parque del Retiro, medio desnuda. Ante estos hechos, el cónsul británico la consideró a ella irrediablemente loca y ordenó su reclusión, con el beneplácito familiar.

A pesar de aquella experiencia traumática, nunca abandonó su mundo de fantasía que la acompañó desde su más tierna infancia. Creció en Lancashire, Inglaterra, en un caserón neogótico del XIX, entre cuentos populares y las lecturas de Jonathan Swift y Lewis Carroll. Junto a su abuela, solían visitar el zoo de la capital inglesa y el British Museum y, muy pronto, su universo literario se unió a su creciente interés por la pintura.

Leonora Carrington: Entonces vimos a la hija del Minotauro (1953), colección particular

Fue a París y allí dio clases con Amadée Ozenfant, que fundó el purismo en Francia, pero en Londres asimiló mejor el lenguaje surrealista a través de las exposiciones de la galería Zwemmer, que representaba, entre otros, a Salvador Dalí. Sus ideas sobre el surrealismo, tan familiares para ella, se desarrollaron con la lectura de Psicología y alquimia, de Carl Gustav Jung. Así, su característico estilo se manifiesta desde su primer cuadro, Autorretrato, 1937-1938, un diccionario surrealista donde aparecen las ideas del doble o la paradoja entre lo domestico y lo siniestro, con una técnica precisa y medievalista. En general, son imágenes figurativas que habitan universos de ensoñación y paisajes crípticos y misteriosos.

De su breve estancia en Madrid, conservó el imaginario fantástico de El Bosco y de Brueghel, como se aprecia en La comida de Lord Candlestick, 1938, y las formas blandas dalinianas. Sus imágenes están plagadas de seres fantásticos híbridos de diferentes tamaños, y sus escenas rompen con la perspectiva heredada del renacimiento. En Santander pinta Abajo, 1941, un cuadro místico y hermético, con aire de pesadilla, que crea mediante cuerpos que se transforman en otros.

Ya en México, pinta La casa de enfrente, 1943, un relato fantástico a través del filtro de la alquimia, pero basado en la propia historia de la artista. De su interés por la pintura flamenca deriva La tentación de San Antonio, 1947, con un personaje que viste una túnica a modo de hornacina, muy críptico. También, Pastoral, 1950, que suele ligarse a la tradición, esta vez, naturalista y animista, pero en clave fantástica. Su marchante era el excéntrico millonario Edward James, también mecenas de Dalí desde los 30, que mandaría construir un jardín surrealista con esculturas en San Luis de Potosí, muy cerca del recientemente inaugurado museo de escultura de Carrington, donde se aprecia mejor su influencia del arte mesoamericano.

Leonora Carrington: The Palmist (2010). Museo de Arte de la SHCP, México D.F.

En su última etapa, hay referencia exóticas y elementos magicistas, sin embargo, persiste en su trabajo la tradición europea que retoma en sus visitas esporádicas a Inglaterra y Francia, como Limpiad todo, dijo el arzobispo, 1951, o Entonces vimos a la hija del minotauro, 1953, con sus dos hijos como figuras espectrales. En su búsqueda por las imágenes no convencionales, hallamos Asubanípal, 1955, Viernes 13, 1956, o El último pez, 1974, unas obras que reflejan el rico universo personal de la artista.

Vía| Carrington, Leonora. Memorias de abajo. Barcelona: Alpha Decay, 2017.

Más información| Poniatowska, Elena. Leonora. Barcelona: Seix Barral, 2011.

Imagen| Entonces vimos a la hija del minotauro y The Palmist.

En QAH| Mujeres de la vanguardia española (III): Remedios Varo

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