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Lector y escritor. Plagio e ironía intertextual

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ILUSTRACIÓN DE MARIOLA RUBIO APARICIO

El lector tiene una relación compleja con el texto narrativo. Como seres frágiles y sensibles que somos, tenemos una particular necesidad de revivir lo que consideramos equilibrado, justo, o verdadero también en la obra de arte. Si la obra no se ajusta a ese canon moral, probablemente, suscita un rechazo que el lector puede identificar con la escasa pericia del autor, pero la mayoría de las veces lo que estamos haciendo es proyectarnos en el texto sin esperar encontrar algo novedoso.

Esta actitud molesta la comprensión de la obra, impide la captación de nuevos lectores gracias al boca a boca y reproduce un arquetipo de ser humano que repite convencido: «No, si eso es como todo».

Para la investigadora, crítico, profesora y creadora estadounidense Louise Michelle Rosenblatt  (La literatura como exploración): «No hay plan de estudios en las democracias liberales que ayude a entender que no solo no es necesario identificarse con los personajes, las situaciones que se nos presentan y la literatura en general, un plan que a un cierto nivel de iconoclastia sugiera al estudiante (que es el lector del mañana) que en lugar de hacer juicios sobre lo que es o no correcto, quizá debiera centrarse en los problemas éticos que plantea el mundo recreado en el que viven los personajes. A nivel estudiantil la “objetividad”  de un plan de estudios en el análisis de un texto narrativo plantea el riesgo de que los juicios de valor y, en último término, las emociones carezcan de importancia».

A un nivel de lector adulto la «objetividad» analítica puede cegar tanto como la consideración de los aspectos morales, éticos y estéticos por separado porque, como apunta Rosenblatt, son inseparables.

«Ver la literatura en su contexto viviente es rechazar todo enfoque que la limite, ya sea social o estético», dice Rosenblatt.

Las actitudes que podemos encontrar en el lector adolescente y adulto oscilan entre estos tipos que expuso hace ya más de un siglo Guy de Maupassant: «Reconfórtame», «diviérteme», «hazme soñar», «hazme reír», «hazme temblar», «hazme llorar», «hazme pensar», «solo unos pocos espíritus selectos le dicen al artista: dame algo bueno en la forma que más te plazca de acuerdo con tu propio temperamento», concluye Maupassant, motivando el horror de toda escuela vendedora de criterio.

Ya que el lector siempre ejerce la presión de su personalidad y sus necesidades sobre los elementos humanos y formales del libro, si su propia experiencia ha sido limitada, su código moral estrecho o laxo, su respuesta a la propuesta literaria sufrirá inevitablemente. 

Esto en cuanto al lector, pero ¿qué pasa con el escritor? ¿El escritor debe llegar a su público, escribir para alguien determinado, escribir para él mismo?  La verdad es que cuanto más piensa uno en estas cuestiones, más cuesta llegar a alguna conclusión. Joyce escribía para sí mismo, o al menos para un tipo de lector muy elevado, cuando concibió el Ulyses. Y el gran Carl Gustav Jung se lo echó en cara. «No se puede excluir al lector del juego literario». ¿No se puede? Jung acabó pidiendo disculpas a Joyce, hasta un tipo con su humildad y sus ganas de aprender demostraba tener prejuicios.

Arroja cierta luz sobre la escritura pasajera y la que perdura lo que nos cuentan, por ejemplo, Umberto Eco o Linda Hutcheon sobre la metanarración y la ironía intertextual. En Apostillas a El nombre de la rosa, un pequeño libro de ensayo, Eco expone su idea de la ironía intertextual como la capacidad que tienen algunos libros de referirse a otros libros que se refieren a otros libros. Esta ironía intertextual le hace menos gracia a Eco (en su ensayo Sobre literatura) en la obra de Oscar Wilde Portrait of Dorian Grey, a quien pone a tirar de un carro (reduciendo su genio a un insoportable simplismo: estética frente a ética) tachando de «poco original» un argumento que proviene de Piel de zapa, de Balzac.

Entonces la ironía intertextual no es solo la capacidad de diálogo que un libro tiene con otro, lo que incide e influencia de un autor a otro, sino el par de palabras perfecto que cualquier escritor encuentra cuando quiere excusar las semejanzas de su propio libro con otros libros. El mismo Eco es algo más indulgente con «su» ironía intertextual que aquí ya no está falta de originalidad, sino que «bebe» de esos manantiales de la palabra escrita (Dante, Borges y en menor medida Conan Doyle).

La ironía intertextual está presente en cada obra publicada, es inevitable. La trama narrativa (no confundir con el argumento) de El gran Gatsby debe mucho a la trama narrativa de Una dama extraviada, de Willa Cather. Y le debe tanto que Scott Fitzgerald, preocupado, escribió a Cather y envió con la carta una copia de su libro admitiendo la ironía intertextual: «En todo momento tuve en mente su libro». La deshonestidad de Fitzgerald solo se mantuvo de cara al lector, engañado generación tras generación con su libro; Willa Cather agradeció el detalle y contestó que no se parecían tanto. Claro que no. La intertextualidad a veces nos hace olvidar que la frescura reside en la voz narrativa, en el ritmo de la narración, en la fuerza de los personajes y de la trama: en la pericia del escritor para crear pesos y contrapesos y sostener la balanza de la narración sin que quiebre. ¿Tiene menos valor El retrato de Dorian Grey porque su argumento sea parecido a un libro de Balzac? ¿Lo tiene o no el Ulyses por su ironía intertextual con La Odisea?

Para distinguir lo que es la ironía intertextual del plagio duro y maduro pondré un ejemplo que se recuerda en seguida. El Pierre Menard, autor del Quijote de Borges hace ironía intertextual, claro, del Quijote. Y además hace metanarración del Pierre Menard y del propio El Quijote, al que confiere menos valor que a sí mismo. Eso es ironía intertextual, que como no podía ser de otra forma con el coloso Borges va un paso más allá, ya que Borges defiende en El Aleph la idea de Thomas De Quincey de que toda literatura es plagio de otra literatura, aunque a día de hoy nadie pueda plagiar la literatura de Borges. El libro Sabor a hiel, de Ana Rosa Quintana, carece de ironía intertextual, ya que la escritora (en caso de que lo haya escrito ella) desconocía por completo la obra de la brillante Danielle Steele y difícilmente podía andar jugando con ironías en el momento en que se plagiaban párrafos enteros.

De la ironía intertextual de Borges se desprende un profundo respeto hacia la obra de Cervantes y un sello propio como es la jocosa desmitificación de la autoría y el ego de autor  (esto ya viene tratado en El Quijote) que trasciende la obra de Apolodoro, el I Chin, o a Cervantes: de los plagios de Ana Rosa Quintana o Luis Alberto de Cuenca se intuye una indisimulada falta de respeto hacia la ética de la creatividad y un desconocimiento profuso del diálogo entre libros.

¿Qué es la metanarración? Linda Hutcheon nos explica en Una poética del posmodernismo que la metanarración se entiende como una reflexión interna que el texto hace sobre sí mismo y la naturaleza de su existencia, o como la intrusión de la voz del autor que medita sobre lo que está contando y exhorta al lector a que comparta (o no) sus reflexiones. El sublime narrador Thomas Wolfe (que murió con 38 años en 1938, no el autor de La hoguera de las vanidades) entremezcla en sus obras la acción narrativa con esa metanarración, y en algún momento de Una puerta que nunca encontré o de El niño perdido las armonías entre lo emotivo y lo causal, entre el espacio dejado al lector y la injerencia del autor parecen tan naturales que el lector es absorbido por el libro y le duele que acabe tan pronto. «¿Cómo se puede describir una mañana como esta? No podría, no sería capaz, qué limitado el poder de la palabra, tengo que contentarme con…», pero no solo lo hace, sino que lo hace como muy pocos escritores, salvo quizá Willa Cather o Doris Lessing, han podido hacerlo. Una metanarración que no rompe el discurso narrativo es una obra de arte.

Eco pone de relieve el problema de la metanarratividad: «Es imposible que el lector no pueda darse cuenta. Lo advierte, y se irrita». Si la metanarración existe y el lector, por muy interesado que esté en identificar al autor o a sí mismo en el texto, no lo advierte o lo deja pasar es que estamos ante un auténtico esteta de la metanarración. Raymond Carver, siguiendo con la plétora de autores norteamericanos, podría haber llamado unos cuantos relatos suyos Póeticas para escritores y para lectores, Stanley Elkin o Irvin Shaw se mueven con desparpajo en este ámbito y van más allá, titulando Póetica… alguna de sus obras.

RUBÉN MUÑOZ HERRANZ

 

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