Patrimonio 


Le Corbusier, creador humanista

Como los grandes maestros de la Antigüedad y el Renacimiento, Charles-Édouard Jeanneret, más conocido como Le Corbusier (La Chaux-de-Fonds, Suiza, 1887 – Roquebrune-Cap-Martin, Francia, 1965), se preocupó por el hombre y su entorno. Sus proporciones, en relación al espacio que ocupa, definirían una prolífica obra arquitectónica, plástica y teórica, regida por El Modulor, un canon para construir desde el objeto más insignificante hasta las más grandes ciudades.

Durante el periodo de las vanguardias los creadores reaccionaron ante la estética historicista de las artes. Se revisa el significado de cada una de ellas llegando a una configuración sobria, artificial y asimétrica en el caso de la arquitectura, pues los nuevos materiales y la producción favorecían una apariencia simplificada y geométrica. Su definición a principios del siglo XX fue la plasmación del espacio teniendo en cuenta su función y belleza. Esta nueva actitud en la manera de construir vino de la mano del movimiento racionalista, desarrollado por personalidades como el propio Le Corbusier, Mies van der Rohe o Walter Gropius, que a la hora de crear tuvieron en común la simplicidad de las formas, el retorno a los volúmenes elementales y la lógica constructiva, más allá de toda evasión ornamental. Unos elementos que la arquitectura tomó del cubismo y neoplasticismo.

Si hay algo novedoso y característico del racionalismo es su compromiso social, ya que los arquitectos pensaron en nuevos modelos de viviendas, fábricas y equipamiento para una nueva sociedad. El mejor ejemplo de las teorías de humanización de Le Corbusier fue su Unidad de Habitación de 1947 en Marsella. Elevado sobre pilares, este bloque de apartamentos deja la parte baja y el resto de plantas libres, con una distribución interna variada según cada compartimento. En su interior, la vivienda se plantea en dos niveles comunicados visualmente entre sí. Aquí, Le Corbusier ensaya el espacio vertical frente al horizontal siguiendo su propio sistema de medidas desarrolladas en El Modulor –cuya silueta se puede ver en varios relieves del edificio-. Sus proporciones parten de la medida del hombre con la mano levantada y de su mitad, la altura del ombligo. De la primera medida, multiplicando sucesivamente y dividiendo de igual manera por el número de oro, se obtiene la llamada serie azul, y de la segunda (del mismo modo) la roja, permitiendo miles de combinaciones armónicas entre ellas.

Dibujo de El Modulor, 1948

Para Le Corbusier las viviendas eran construcciones esenciales. Así lo puso de manifiesto en la Exposición de Artes Decorativas de 1925 con su prototipo denominado Pabellón de L’ Espirit Nouveau, que construyó con el propósito de alojar al individuo dignamente. Pero la preocupación del Movimiento Moderno, que engloba todas las tendencias surgidas en el nuevo siglo, era también el urbanismo. En los CIAM (Congreso Internacional de Arquitectura Moderna) los arquitectos, dirigidos por Le Corbusier, asumían el urbanismo como parte de la arquitectura, y buscaron paliar el hacinamiento e insalubridad de las ciudades.

Este sistema antropométrico quedó registrado, no sólo en arquitectura y urbanismo, sino también en algunos de sus escritos como El poema del ángulo recto, donde subrayaba la importancia de la posición vertical del ser humano en relación al horizonte, síntesis del plano ortogonal como idea de civilización desde la Antigüedad. Su interés por las obras del mundo antiguo fue igual de importante que las creaciones desarrolladas en la era de la estandarización, industrialización y taylorización. Para el maestro del racionalismo, el Partenón era un osario de huesos blancos, al igual que la nueva arquitectura de hormigón: ambas partían de las mismas ideas antropocéntricas. La arquitectura, según sus propias palabras, era “todo esto que se ve y se siente, ahí reside toda la moral de la arquitectura: real, puro, ordenado, órganos…y aventura”, explicaba.

En sus primeras obras, el racionalismo impone unos volúmenes limpios de connotaciones cubistas y constructivistas tras residir en Alemania, donde frecuentó el estudio berlinés de Peter Behrens, fundador de la Secesión de Múnich y padre de la arquitectura industrial. Allí, visitó la exposición de Deutscher Werkbund en Múnich, una asociación de artistas y arquitectos sufragada por el estado y precursora de la Bauhaus. Tras su viaje por los Balcanes, Turquía, Asia Menor, Grecia e Italia, vuelve a París en 1917, fascinado por el arte antiguo.

Allí entró en contacto con la vanguardia parisina y conoció a Amédée Ozenfant, con quien crea el purismo como reacción frente al cubismo. Juntos publican el manifiesto titulado Después del cubismo (1918) que comenzaba con la frase: “Una vez acabada la Guerra, todo se organiza todo se clarifica y se depura”. Siguiendo esta premisa en 1919 funda con Ozenfant la revista L’Esprit Nouveau que se publicó hasta 1925. En ella, dieron forma teórica al purismo que perseguía la necesidad de establecer formas primarias como base de la composición por el dominio de la línea vertical y la horizontal, desde la teoría estética a la arquitectura, pasando por la literatura, el teatro, el cine, la pintura, la escultura, la moda y el mobiliario, entre otros.

En sus manifiestos se desligaba de los antiguos espacios y se centró en sus “máquinas de habitar”, concepción maquinista de la arquitectura con elementos fabricados en serie, investigando el empleo del hormigón armado. Con ello, buscaba un clasicismo moderno: ”El sentimiento moderno es un espíritu de geometría, de construcción y de síntesis”. Para él la construcción era un juego de volúmenes, bajo la luz, en forma de cubos, conos, esferas y pirámides. En su tratado Hacia una arquitectura (1923), postuló sobre la sencillez y la abstracción de la arquitectura regido por un sentido ético.

Vista exterior de Unidad de Habitación, Marsella, 1947

Durante el Salón de Otoño de 1922, mostró al público su Maison Citröhan, un módulo de habitación derivado de Dom-Ino a modo de caja alargada y cubierta plana con dos muros portantes que reciben la iluminación por los extremos, dando una solución al modelo de vivienda. Un año más tarde, presentó su plan para Ville Contemporaine con trazado ortogonal y simétrico, cuyo centro es una plaza rodeada de bloques en altura para oficinas, casas residenciales de diez pisos con un anillo verde y zonas de recreo para vecinos, y que sería el primer ensayo de la Unidad de Habitación.

Fue más concreto en Villa Stein en Garches, 1927, y en Villa Savoye en Poissy, con connotaciones maquinistas. Estos edificios se enmarcaron en 1928, dentro de las pretensiones de la primera convocatoria del CIAM en La Sarraz. Allí se reunieron arquitectos como Karl Moser, Gerrit Rietveld, su primo Pierre Jeanneret o los españoles Fernando García Mercadal y Juan de Zavala para dar a conocer la arquitectura moderna, y analizar el panorama económico y político de la arquitectura.

Su método se intentó llevar a la práctica en el edificio de la Sociedad de Naciones de Ginebra, 1927, y el Palacio de los Sóviets de Moscú, 1931. Pero, a pesar de plantear una solución moderna, sus propuestas fueron rechazadas. Al mismo tiempo, desarrolló su concepción urbana en Ville Radieuse, 1931, sin embargo nunca se llevó a cabo, y en Chandigard, capital de Punjab en la India, la realidad chocó con su sueño racionalista. Durante el cuarto CIAM en Atenas, dedicado a la ciudad funcional, Le Corbusier redactó sus conclusiones en la conocida Carta de Atenas, publicado en 1941. Así, influiría a nivel teórico en la construcción de muchas ciudades como resultado de estos encuentros.

Tras los CIAM, se aprecia un leve cambio en la arquitectura de sus últimos años. Los volúmenes se quiebran con un sentido expresionista y poético, como en el Museo de Arte Occidental de Tokio, o en la iglesia Rochamp, cuyo interior matiza las luces hasta crear un ambiente sobrecogedor e intimista como no había vuelto a lograrse desde el Renacimiento.

En nuestro país, las múltiples facetas creativas del genio racionalista, arquitecto, urbanista, pintor, diseñador de interiores, escritor, editor, fotógrafo y cineasta aficionado, se vieron en la exposición organizada por el MoMA y la Fundación Le Corbusier, bajo el título Le Corbusier. Un atlas de paisajes modernos, de la mano de la Fundación La Caixa. Unos años antes, el Museo Reina Sofía le dedicó una amplia retrospectiva con motivo del centenario de su nacimiento a través de óleos, esculturas de madera policromada, dibujos (trece de ellos collages), dibujos de arquitectura y una serie de maquetas, tapices, mobiliario, fotografías personales y correspondencia, que en su totalidad pusieron de manifiesto su vasto corpus artístico desde la arquitectura, al diseño de muebles y tapices, pasando por su extensa obra plástica.

Una producción plástica que estos días podemos ver en la galería Guillermo de Osma, que presenta un recorrido por algunos de los dibujos de sus últimos treinta años de carrera junto a muebles originales de la época que comenzó a diseñar junto a Pierre Jeanneret y Charlotte Perriad a partir de 1925, como el Fauteuil B, 1928, la Siège à dossier basculant Mob. B 301, 1928-29 -uno de los diseños más comercializados en el siglo XX-, o los muebles del Apartamento del Pavillon Suisse de 1933, junto a óleos, collages y dibujos sobre papel.

La aparición de figuras humanas en su pintura coincide con el cierre de su etapa purista, cuyos temas giran en torno a las naturalezas muertas, con escasa presencia del color en sus primeras litografías, tal y como explica la arquitecta y doctora en Teoría e Historia de la Arquitectura Marisa García Vergara en su texto del catálogo. A finales de la década de los 20, experimenta con los “objetos de reacción poética”: guijarros, huesos, raíces, piñas o conchas, que podrían dar las claves del funcionamiento oculto de la naturaleza y su relación entre ésta y el hombre. Pero no será hasta su viaje a Latinoamérica en 1931, cuando la figura femenina se convirtió en el sujeto de su pintura, algo que se ha relacionado con sus viajes por los países mediterráneos, y sobre todo, con la vanguardia antropófaga brasileña. Mientras experimenta con las técnicas artísticas y sus aplicaciones industriales y arquitectónicas, realizaba sus primeros collages, bocetos para tapices y su primer mural en la casa del arquitecto Jean Badovici en Vézelay. A pesar de la enorme tradición de estas artes, Le Corbusier, cuestionó siempre estos soportes ligándolos más a la arquitectura y menos a la decoración. Para él, el arte textil tenía que ver con el carácter “nómada” del hombre moderno, una obra artesanal sobre un material industrial.

Quatre femmes autour d’une table, 1950

Durante los años cuarenta residió en Vézelay y en Ozon (Pirineos franceses) donde realizaba investigaciones sobre la representación escultórica, siendo a partir de 1945 cuando comienza a realizar obras con el escultor Joseph Savina, que le propuso esculpir sus cuadros. Un trabajo común que tendrá como resultado, de nuevo, un cruce entre arte y trabajo artesanal.

En 1951 comenzó su última gran serie titulada Tareaux, fruto de su interés por el pensamiento simbólico y la obra de Picasso. Más tarde publicó su conocido libro de litografías El poema del ángulo recto, 1955, testamento del maestro, que muestra su lado más lírico al reflexionar sobre la naturaleza, el arte o la religión, al mismo tiempo que tiene lugar la consagración de su capilla de Ronchamp. En este poema, la imagen de  la mano abierta, adquiere un valor de metáfora, y es representada en el monumento de Chandigarth, y en muchas de las litografías, collages, grabados, esmaltes o esculturas de sus últimos años. “A  manos llenas he recibido, a manos llenas doy. Esta mano abierta, símbolo de paz y reconciliación, que subconscientemente me ha preocupado por varios años, debe existir como testimonio de armonía. Las obras de guerra deben eliminarse. Debemos inventar, debemos exigir obras de paz”, escribía.

Un creador humanista, cuyo trabajo supo acercar la arquitectura moderna a la sociedad, proponiendo una manera de ver el arte desde el conocimiento interdisciplinar.

Vía | Antigüedad del Castillo-Olivares, Mª Dolores; Nieto Alcaide, Victor y Tusell García, Genoveva: El siglo XX: la vanguardia fragmentada. Madrid, Editorial Universitaria Ramón Areces, 2016; Catálogo de la exposición Le Corbusier, el artista. Grandes obras de la colección Heidi Weber. Fundación Pablo Atchugarry, 2010, y catálogo de Le Corbusier. 1887-1965. Galería Guillermo de Osma, 2018.

Más información | Fundación Le Corbusier; Museo Reina Sofía y RTVE

Imagen | Retrato; Urbipedia; El País; Galería Guillermo de Osma

En QAH | Maestros de la línea y el color (II): Theo van Doesburg; Maestros de la línea y el color (IV): Gerrit Rietveld y Maestros de la línea y el color (VI): Vilmos Huszár

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