Opinión, Reflexiones 


Las manos, a la cabeza

Las manos a la cabeza.

 

Horrorizada.

 

Y no tengo ni idea de su vida.

 

De cómo era, de qué se le pasó por la cabeza esos días en los que todo el mundo la señalaba. Sé que tenía dos hijos de nueve meses y cuatro años. Sé que alguien quiso filtrar su vídeo por lo que fuera. Que se creyó con el derecho de hacerlo. Pero no nos engañemos.

 

Aquí somos culpables todos. Desde que conocemos una realidad y tomamos una decisión. O (creemos) no tomar ninguna.

 

Quienes compartimos, reímos o juzgamos, TAMBIÉN SOMOS CULPABLES. Quienes no frenamos los comentarios o no defendemos al débil, TAMBIÉN SOMOS CULPABLES.

 

Oye, que ya es labor de la justicia, dirán. Y esta castiga la difusión de imágenes privadas de alguien sin su autorización, con penas de tres meses a un año. Pero, ¿quién quiere mandar a un compañero de trabajo o a un ex a la cárcel por un vídeo? Ella no quiso denunciar. Yo, personalmente, creo que tampoco habría querido.

 

Pero no lo sé. Porque no me encuentro en su situación. Y, aunque lo estuviera, no soy nadie para juzgarla.

 

Igual que pasa con el vídeo. Sea cual sea nuestra vida, no somos nadie para juzgar a los demás en lo que hacen con la suya. No mientras no afecte a otra persona.

 

Por favor, nos lo pido. Las manos, a la cabeza. Hay que pensar bien antes de escribir un mensajito, de soltar un emoticono de asombro o de risa o de señalar a alguien con el dedo. Las manos, a la cabeza. A pensar.

 

“Yo no ví el vídeo pero sabía de su existencia”. “Ella siempre estaba sola”. “La gente venía a ver quién era”. No sé si alguien se levantó. No sé si alguien dijo basta. Pero desde luego no fue suficiente.

 

Una última cuestión más, que lanzo al aire: ¿Qué habría pasado si fuera un hombre? Que cada cual la responda en su cabeza.

 

Que se mire luego las manos.

 

Las manos, a la cabeza. Pensar antes de actuar. Ponernos de forma instantánea en otras pieles. El gran fallo de la educación de nuestros días. Competimos, en lugar de cooperar. Juzgamos y sentenciamos, en lugar de respetar y comprender. Envidiamos y torpedeamos, en lugar de admirar y querer.

 

“No, es que a mí no me va a pasar”. Ja. Pero bueno, ¿quiénes nos creemos?

 

Pasamos de largo obviando nuestras responsabilidad para luego echarnos las manos a la cabeza.

 

Te apoyo, y si necesitas hablar o llorar o lo que sea aquí estoy. Antes de que tenga que llevarme las manos a la cabeza.

 

Su familia, rota. Sus compañeros -los que sabían mucho, algo o nada- consternados.

 

Pero no estáis solos. Todos tenemos un poco o un mucho de monstruos y eso es lo que tenemos que cambiar vertiginosamente rápido.

 

Ojalá esto sirva para que no vuelva a pasar.

 

Porque no, no la protegimos de nosotros.

 

Y sí, hemos fracasado todos. Somos copartícipes cada vez que hemos obviado a quien sabemos que sufre en silencio, cada ocasión en la que catalogamos a alguien o cada instante en el que hemos compartido (o visto sin hacer nada) una sola imagen que puede significar una humillación para cualquiera.

 

Introspección a la de ya: ¿Cuántas veces he sido partícipe por acción de un hecho humillante para otra persona? ¿Y por omisión? ¿Cuántas veces me he hecho la tonta o he mirado hacia otro lado?

 

Las manos, a la cabeza. Por favor. Pero antes. Mucho antes. Llevemos las manos a la cabeza primero, para pensar. Pensemos. Antes de coger el móvil para enviar el vídeo por Whatsapp o comentar la situación con cualquiera.

 

Precisamente, para evitar eso.

 

Unas manos a la cabeza.

 

Ante tanto horror.

 

Después.

 

Tarde.

 


* Vía| Elaboración propia.

* Imagen|Concentración de trabajadores de Iveco en Madrid. ÁNGEL NAVARRETE

 

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