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Las lecciones del ombligo

La expresión “mirarse el ombligo” suele evocar actitudes de egocentrismo, indiferencia hacia lo que sucede alrededor del individuo, infantilismo y estrechez de miras. Pero quizá esto sea una injusticia con el ombligo. Si uno se pone a mirar de verdad esa pequeña cicatriz, puede aprender lecciones muy importantes.

El ombligo nos recuerda, precisamente, que tuvimos un principio, que no nos hicimos a nosotros mismos y que provenimos de otro ser humano. El ombligo es lo que queda de un cordón umbilical; esto significa que la persona no ha quedado “atada” a su origen ni constreñida a vivir al ritmo de quien la dio a luz; es autónoma y respira por sí misma, pero le queda esa señal como un recordatorio muy útil en diversas circunstancias.

El ombligo, en su modestia, puede remitirnos también por extensión a las diversas dimensiones de nuestro “ser hijos” de otras personas: de una familia, de un pueblo, de una cultura, de la historia… Recordar u olvidar esto, que parece una verdad irrelevante, tiene muchas consecuencias para la vida diaria.

El ambiente inmediato

Es frecuente encontrar personas que sufren lo que podríamos llamar informalmente “complejo de Adán”, es decir, viven, actúan y deciden como si inventaran la historia -su pequeña historia-, como si nadie hubiera existido antes que ellos -o todo se hubiera hecho mal hasta entonces- , y fuera un deshonor y un desdoro de su persona el reconocer y agradecer la trayectoria de quienes han construido su entorno hasta su llegada al mundo. Este mismo “complejo” es visible en quienes creen haberse hecho a sí mismos, y no perciben ni valoran, por ejemplo, los esfuerzos de sus padres o educadores para darles una formación, o de compañeros de trabajo que les enseñaron claves necesarias para un buen desempeño, o quienes inventaron las mil herramientas de que se sirven ellos ahora para desarrollar su labor habitual.

Ese “adán”, sea él o ella, no suele caer en cuenta, ni mucho menos asombrarse, del inmenso cúmulo de cultura que le hace la vida más fácil y confortable. Un “niño salvaje” no alcanzaría en toda su vida, seguramente, a inventar la rueda; pensemos pues en el simple portento de un fósforo, una carretera asfaltada, el agua corriente, el complejo alcantarillado de la ciudad, tener una nevera, y no digamos ya un libro, hablar una lengua compleja y rica; moverse en coche, comunicarse con un teléfono o el ordenador. Sin canonizar ninguno de estos elementos, sí es un ejercicio de realismo y humildad el mirar cuánto trecho recorrido, qué enormes esfuerzos acumulados por los seres humanos que nos han precedido a lo largo de la historia, aun cuando en tantos aspectos se hayan equivocado y hoy vivamos también numerosas consecuencias negativas de su acción.

El “ombligo” de las instituciones

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Para poder comprender el origen de los hechos, es importante echar la vista atrás, ver el “ombligo”.

Más de un lector podría citar ejemplos de administradores, gobernantes, o directores que nada más llegar a una empresa, ONG u oficina, toman el mando con el gesto del chófer que dice con suficiencia: “ahora conduzco yo”. Imprimen su sello personal en la forma más evidente posible, sin ocuparse de saber cómo han ido las cosas antes, qué proyectos estaban empezados, qué motivos se tuvieron para realizarlos, qué personas estaban involucradas y cuál es el costo de empezar de nuevo desde cero. Las instituciones tienen, digámoslo así, un “espíritu”, fueron fundadas para algo, con unos objetivos y un estilo que no se deben desconocer. Pero además, las personas que les han dado vida han impreso en ellas también un talante y emprendido unas acciones.

Una vez más, siguiendo la metáfora del ombligo, no se trata de quedar atrapados por un “cordón umbilical” a las tradiciones de una entidad cuando se entra en ella; pero tampoco puede suponerse que uno es el inventor de todo, como si fuese un “diosecillo” omnipotente que creó el mundo que le circunda. ¡Cuántos recursos son dilapidados, tantas veces, en sucesivos períodos administrativos, cuando los responsables acaban de un plumazo con lo que hicieron sus antecesores, tantas veces sólo por intereses o antipatías partidistas!

Libre, pero responsablemente, un administrador maduro será capaz, primero, de conocer lo que ha sucedido antes de él; segundo, tomarse la molestia de intentar comprender los motivos de unas y otras iniciativas, y tercero, colaborar honradamente a continuar aquéllas que se han mostrado exitosas y positivas, evitando caer en los errores que hayan podido tener, y suscitar además nuevas acciones o provocar creativamente un salto hacia adelante en el modo de realizarlas.

Sacar las consecuencias de tener ombligo puede no sólo ahorrar mucho dinero a la sociedad, sino también ayudar a obtener el máximo provecho de los aciertos que se logran en cada período de la historia.

Vía| Leticia Soberón

Imagen| Lecciones del ombligo, ombligo como principio y fin.

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