Economía y Empresa 


Las grandes constructoras españolas (II): Internacionalización, concentración y diversificación

La primera internacionalización, 1968-1984

Paralelamente a este intenso proceso de modernización productiva, técnica y corporativa, se inició la salida de las grandes constructoras a los mercados exteriores, compitiendo con otras empresas foráneas en las licitaciones internacionales de obras. El proceso, como tal, se inició en la segunda mitad de los años sesenta, aunque hasta principios de la década siguiente no cobró cierta importancia. Si bien es cierto que en las décadas anteriores se habían ejecutado algunas obras fuera de nuestras fronteras de forma esporádica el enorme esfuerzo que supuso atender a la creciente demanda interna española de obras hizo imposible que las empresas pudieran destinar los recursos y medios con los que contaban a otra cosa distinta y mucho menos pensar en una posible internacionalización. Todo esto empezó a cambiar cuando algunas de estas empresas comenzaron a desarrollar una estrategia de salida al exterior en la segunda mitad de los años sesenta.

Así ocurrió, entre otras, con Entrecanales y Távora, y con Huarte y Compañía, que en 1968 trazó un plan de expansión en el exterior para diversificar riesgos, conseguir mayor prestigio y mejorar la formación de sus directivos, aparte de colaborar con el Gobierno en materia de exportaciones.

No obstante, fue Dragados la compañía que emprendió una estrategia de internacionalización más firme y sostenida, que fue madurando desde los primeros años sesenta sobre la base de la reputación que había alcanzado en la construcción de grandes presas y la evidencia de que en España se había construido ya un gran número de ellas, con la consiguiente saturación del mercado. Entre 1965 y 1966, los directivos de Dragados hicieron gestiones y participaron en licitaciones en dos grupos de países, en los que concurría un claro interés político del Gobierno español en la introducción de nuestras empresas: Hispanoamérica y el mundo árabe. En 1966, después de presentarse a numerosas licitaciones, Dragados ganó el primer concurso internacional: la construcción del Complejo Hidroeléctrico de Kadinçik (Turquía), obra financiada por el Banco Mundial. A partir de ese momento el proceso de internacionalización no tuvo punto de retorno. Creó filiales en Argentina y Venezuela, delegaciones en otros países y formó lo que sería después su división internacional.

Iniciativas semejantes empezaron a ser tomadas por otras grandes empresas del sector en los primeros años setenta. Desde 1974, Ferrovial volvió a estar presente en los mercados exteriores, ahora de una manera constante y sostenida, a través de la participación en proyectos de obras en el norte de África, países árabes del Golfo Pérsico e Hispanoamérica, y creando en 1979 Ferrovial Internacional como instrumento principal de su actividad en el extranjero.

Y Agromán, una de las grandes que tuvo una actitud más titubeante respecto a su salida al exterior, comenzó esta actividad en 1970 en la República Dominicana, construyendo un importante complejo hidroeléctrico, así como en Portugal. En 1975, sus cifras de producción en el extranjero no eran todavía significativas, aunque esto empezó a cambiar en los dos años siguientes, tras obtener adjudicaciones importantes en Hispanoamérica y en los países árabes. Su estrategia se basaba en conseguir fuera de las fronteras nacionales el alto prestigio que tenía en el mercado interior.

La última de las grandes constructoras en emprender su internacionalización fue FOCSA. La cual no salió al exterior hasta 1979, cuando se vio obligada debido a la morosidad de los Ayuntamientos en el pago de sus deudas y la contracción del sector de la construcción en España.

Así pues, aunque de distinta manera en cada caso, las grandes empresas constructoras españolas habían emprendido su actividad internacional a mediados de los años setenta. La actividad internacional de las constructoras españolas, medida por su facturación en el exterior, no paró de crecer a lo largo de la década de los setenta. El aumento fue muy vigoroso a partir de 1979 y alcanzó su nivel máximo en 1984, momento a partir del cual tuvo lugar un retroceso que se prolongó hasta los primeros años noventa. Así pues, el primer ciclo de internacionalización de las empresas constructoras españolas duró aproximadamente 15 años. Comenzó de manera modesta en los últimos años sesenta, pero fue muy intenso en el lustro final (1980-1984), coincidiendo con la crisis del sector de la construcción en España, lo que fue un acicate adicional para intensificar la salida al exterior, y con el aumento de la demanda mundial de construcción, alimentada en particular por los países productores/exportadores de petróleo. La posterior contracción del mercado mundial, en especial en Hispanoamérica y en los países árabes del norte de África y de Oriente Medio, regiones donde se había concentrado la actividad de las firmas españolas, redujo su presencia exterior. A ello contribuyó también la reactivación del mercado nacional de la construcción desde la mitad de los años ochenta, en particular después de la incorporación de España a la Comunidad Económica Europea en 1986.

Este primer ciclo de internacionalización tuvo una trascendencia indudable para las constructoras españolas, por todo lo que supuso dentro de su cadena de aprendizaje y de acumulación de experiencia fuera del país.

Según la investigación de Fernández Otheo (1988), entre 1968 y 1982, el sector de la construcción exportó el 35% del total de proyectos por importe de 4.842 millones de dólares (el 46,7 por 100 del valor total contratado en el exterior). Comparativamente con otros proyectos de exportación de tecnología, los de la construcción entrañaban un elevado dominio de capacidades organizativas o logísticas, financieras y de movilidad de personal, además de capacidades técnicas específicas (ingeniería, diseño y servicios técnicos especializados); y tenían un evidente impacto en la «imagen» exterior de España y en la posibilidad de conseguir nuevos contratos en la medida que se mantuviese la reputación de las empresas (efectividad, cumplimiento de los plazos, etcétera).

Los proyectos de las constructoras españolas fueron aumentando en importancia (valor de cada uno) con el paso de los años, estuvieron involucradas en ellos cada vez más empresas, y también fueron aumentando el número de países donde se desarrollaban los proyectos. Además, estos proyectos se ganaron en un entorno muy competitivo, en el que las empresas recibieron pocos apoyos políticos del Gobierno español, y hasta 1980 no pudieron acceder a los circuitos de financiación privilegiada (crédito al comprador) en condiciones de igualdad con el resto de las empresas industriales. Citando las palabras de  FERNÁNDEZ OTHEO se puede afirmar que “hay suficientes indicios para atribuir a las constructoras el mérito de este proceso, debido muy particularmente al elevado grado de autosuficiencia tecnológica y organizativa, como consecuencia de la dilatada experiencia en el interior, y a la acumulación y dominio de habilidades específicas en el exterior”.

Nuevo periodo de transición, 1990-1996

Durante la segunda mitad de los años ochenta, el crecimiento del mercado nacional (obra civil y edificación residencial y no residencial) reorientó la actividad de las constructoras españolas al interior de nuestras fronteras hasta 1990. La actividad exterior se redujo drásticamente, aunque no se abandonó. De hecho, en estos años se produjo una fuerte entrada en Portugal, que se convirtió en una prolongación del mercado español. Por otro lado, la expectativa de creación del mercado interior en la UE en 1993 elevó el nivel de competencia en el mercado español y portugués ante la mayor presencia de las constructoras europeas, y obligó a las empresas españolas a pensar en el mercado europeo, un reto entonces pendiente, en el que las dificultades para penetrar eran muy elevadas debido al dominio de cada mercado nacional por las constructoras locales. En cualquier caso, la recuperación de la actividad internacional de construcción, ya fuera en los mercados tradicionales (países menos desarrollados) o en otros nuevos para las constructoras españolas (Europa, EE UU, Sudeste Asiático), les obligaba a éstas a competir esencialmente con las grandes empresas europeas de Alemania, Francia, Gran Bretaña e Italia. En respuesta a estos retos, así como a la contracción del mercado interno ocurrida entre 1991 y 1994, a la caída de la inversión pública en obra civil debida a la restricción presupuestaria (convergencia hacia la moneda única), y a los cambios en el modelo de licitación de las obras públicas (adjudicación mediante concesión), las grandes constructoras españolas acometieron durante los años noventa una triple estrategia de concentración, diversificación e internacionalización, muy relacionadas, entre sí (García López y Úbeda, 1997). El objetivo fundamental fue ganar capacidad competitiva en un entorno cada vez más abierto, donde las diferencias entre operar en el mercado doméstico y en los mercados exteriores tendían a desvanecerse. La concentración, a través de diversas operaciones de compra y/o fusión, dio lugar a seis grandes grupos constructores (FCC, Dragados, ACS, Acciona, Ferrovial y OHL), que consiguieron el tamaño mínimo necesario para enfrentarse a la competencia por los grandes contratos internacionales.

La diversificación fuera de la actividad estrictamente constructora, y en concreto hacia los servicios urbanos, el medio ambiente, la energía y el transporte, entre otras actividades, se produjo en parte como consecuencia del referido proceso de concentración. FCC fue pionera en esta estrategia  lo que se puede considerar como una respuesta ante unas necesidades crecientes donde cobraban importancia la rehabilitación, la restauración y el mantenimiento.

De esta manera, a mediados de los años noventa, algo menos de una cuarta parte de la cifra de negocio del sector de la construcción procedía de actividades ajenas a la construcción, si bien la empresa líder de esta estrategia, FCC, casi duplicaba esta cifra con el 43%.

Una nueva expansión en el mercado internacional se origina de forma paralela al despliegue de las dos estrategias comentadas anteriormente estrategias. El volumen de contratación en el exterior de las constructoras españolas reinició en 1991 una senda de crecimiento que no se detuvo hasta el año 2000, y la facturación siguió esa misma tendencia, superando en 1994 la cota máxima alcanzada diez años antes. De nuevo, fueron los mercados latinoamericanos los que más contribuyeron a esta expansión, junto con la incorporación de otros nuevos (asiáticos, europeos y africanos). Por el contrario, los mercados del norte de África y Oriente Medio no recobraron la importancia que habían tenido en los primeros años ochenta. La recuperación del peso de la facturación exterior en el conjunto de la cifra de negocio de las grandes constructoras españolas (en torno al 9% en 1995) fue más lenta y tardó en alcanzar el nivel de los primeros años ochenta. En 1995 estaba todavía muy alejado de la media de las grandes constructoras europeas (alrededor del 29%), siendo Dragados la que seguía teniendo una actividad internacional mayor (17%). Estas diferencias, no obstante, se fueron reduciendo en los 12 años siguientes hasta desaparecer.

Segunda internacionalización

La internacionalización de las grandes empresas constructoras españolas constituye una de las manifestaciones más notables de la internacionalización de la empresa española durante las dos últimas décadas.

Después de acometer un fuerte proceso de concentración durante los años noventa, que proporcionó tamaño internacional a las firmas surgidas del mismo, estas redoblaron su estrategia de internacionalización, que había arrancado en los años sesenta y setenta pero que fue débil hasta los noventa.

En 2007, las seis mayores compañías (FCC, ACS-Dragados, Acciona, Ferrovial, OHL y SACYR-Vallehermoso) estaban entre las mayores empresas europeas del sector por capitalización bursátil y, según la revista americana Public Works Financing, formaban parte de las 12 primeras compañías del mundo por obras en ejecución, concesiones de gestión de infraestructuras de transporte (autopistas, puertos, aeropuertos y ferrocarriles) y obras en proceso de licitación. Su posición como operadores multinacionales se había fortalecido desde 2003 y su facturación en el exterior había escalado desde el 12% hasta el 35% de sus ingresos totales. De la misma manera, los destinatarios de sus inversiones ya no eran únicamente países con menor nivel de desarrollo que España, como había ocurrido en la primera fase de su internacionalización, sino preferentemente países desarrollados. En 2006, el 56% de la facturación exterior de las constructoras españolas procedía de la Unión Europea, el 27% de América del Sur y el 10% de América del Norte.

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Grandes obras internacionales de las constructoras españolas

El tamaño, la capacidad financiera y de gestión, y el conocimiento del negocio de las empresas constructoras españolas son los principales factores que explican este reciente e intenso proceso de internacionalización. En esta línea, la hipótesis que sostienen los expertos es que dicho proceso se ha basado principalmente en la acumulación por parte de estas empresas de una serie de capacidades a lo largo de los años, especialmente técnicas (ingeniería, diseño, servicios técnicos especializados), financieras y de gestión (organización, logística), que han sabido administrar estratégicamente durante su salida al exterior; y que estas capacidades han sido creadas y acumuladas por estas firmas en un período anterior y más dilatado en el tiempo que el referido estrictamente a las dos últimas décadas.

Muy significativos son los datos que muestran como en el año 2007 casi el 70% de los proyectos del sector constructor español se ubicaba dentro de nuestras fronteras. En la actualidad, más del 84% de la cartera de proyectos de las constructoras españolas procede de contratos en el extranjero.

Como se ha visto hasta ahora el proceso de internacionalización de las grandes constructoras españolas es un proceso que se entiende mejor cuando se analiza desde el largo plazo, como se ha expuesto en tanto a lo largo del artículo anterior como en el presente texto. La internacionalización se precipitó debido a las situaciones económicas existentes en el país, unas caidas abruptas de la obra pública y al tiempo se vio favorecida por la experiencia, fuerte estructura organizativa y técnicas acumuladas por las grandes empresas. Durante el transito, especialmente en la primera de las internacionalizaciones, las empresas se vieron obligadas a adaptarse a los mercados extrajeros desconocidos, pero ¿Qué dificultades se encontraron las distintas constructoras e ingenierías en su periplo internacional? ¿qué métodos emplearon para salir al exterior? ¿fue igual de fácil para todas ellas adaptarse a dichos mercados?

Vía| La internacionalización de las empresas españolas de la construcción en el siglo XX.

Imagen| Un mundo de monedas, El Pais

En  QAH| Las grandes constructoras españolas (I): Fundación y crecimiento

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