Economía y Empresa 


Las grandes constructoras españolas (I): Fundación y crecimiento

Este artículo es el primero de una serie de tres en los que se explica el proceso de crecimiento e internacionalización que ha llevado a las grandes empresas constructoras españolas desde su fundación hasta convertirse en un referente en todo el mundo. En este primer artículo se explica cómo se fundaron y crecieron estas empresas en el siglo XX, adquiriendo dimensiones muy importantes.

Según el baremo anual de Engineering New Record (ENR), que clasifica a las primeras 250 firmas del mundo, la constructoras española ACS figura primera en el ranking mundial por cifra de exportación (top internacional) y la sexta por cifra de producción total (top global) mientras  otras empresas españolas destacadas por su trabajo fuera de nuestras fronteras son: Ferrovial (en el puesto 14), Abeinsa (19), OHL (31), FCC (36), Técnicas Reunidas (38), Isolux Corsan (41), Acciona Infraestructuras (60), Sacyr (61), Comsa Emte (95), San José (111), Iberdrola Ingeniería (113) o Sener (159).

¿Cuál ha sido el proceso de crecimiento e internacionalización de estas empresas? A diferencia de otros sectores, el de la construcción es un sector procíclico, es decir, cuando la economía crece, la construcción crece por encima; cuando entra en crisis, el sector se contrae todavía más, sufriendo más drásticamente las etapas recesivas de la economía. Este hecho obliga a las empresas a reinventarse y buscar nuevos mercados continuamente. Veamos cómo ha sido el proceso a lo largo del siglo XX y comienzos del XXI.

El origen y fundación de las grandes empresas constructoras españolas

La gran mayoría de grandes empresas constructoras españolas nacieron entre los años de la Primera Guerra Mundial y la década de 1950, si bien la mayor frecuencia de fundaciones se dio en los últimos años veinte y primeros treinta, y, tras la Guerra Civil Española, en la primera mitad de los años cuarenta. Que el nacimiento de estas empresas coincida en el tiempo con estos momentos históricos no es coincidencia y sugiere que las oportunidades de negocio que incentivaron la creación de estas empresas estuvieron muy relacionadas con la política de obras públicas que puso en marcha la Dictadura de Primo de Rivera a partir de 1926 (Directorio Civil), y con la reconstrucción del país y los planes de industrialización autárquica que vivió el país.

Por otro lado, casi todas estas empresas fueron creadas no tanto para dedicarse a la construcción en general sino más bien a la obra civil y a la edificación no residencial, aunque con el paso del tiempo, como veremos posteriormente, estas empresas logran una elevada diversificación (de carácter horizontal) en casi todos los tipos de actividad constructora. Se produjo además el fenómeno de la creación de empresas constructoras por parte de importantes grupos empresariales de otros sectores para atender las demandas de construcción de sus instalaciones industriales, lo cual nos ayuda a hacernos una idea del gran volumen de demanda que hubo. No es extraño que, debido a las grandes necesidades de capital necesarias para afrontar dichas obras, se pudiese dar la presencia de bancos en el capital fundacional de algunas de estas empresas. El caso que llama más poderosamente la atención es el del Banco Central como principal accionista de Dragados desde su fundación hasta fechas relativamente recientes.

Fuera de este tipo de modelo, son destacables otras empresas de carácter familiar sin conexión aparente con entidades bancarias o empresas públicas, entre las que podemos destacar Huarte y Compañía, Entrecanales y Távora, Ferrovial y Construcciones y Contratas (Koplowitz).

Crecimiento durante el franquismo

En general, las actualmente grandes empresas constructoras nacieron con capitales modestos de entre 1 y 5 millones de pesetas salvo en el caso de Dragados cuyo capital fundacional ascendió a 20 millones en 1941. El tamaño de las constructoras creció ostensiblemente a lo largo del período franquista, y especialmente desde mediados de los años cincuenta hasta mediados de los años setenta, coincidiendo con el intenso desarrollo de la economía española. Sin embargo ninguna de ellas, salvo Dragados, estaban incluidas entre las 200 mayores compañías de España.

La fuerte demanda interna de construcción, tanto pública (de la Administración del Estado y de las empresas públicas) como privada (empresas y particulares) entre 1950 hasta mediados de 1970, es el factor principal que explica el gran crecimiento de las empresas constructoras. Su actividad en estos años se desarrolló en un gran abanico de obra pública desde la construcción de infraestructuras de comunicaciones (carreteras, ferrocarriles, puertos y aeropuertos), obras hidráulicas (presas, embalses, canales, trasvases, etc.), instalaciones industriales (para la industria del cemento, la energía, la siderurgia, la petroquímica y la construcción naval), equipamientos sociales (sanitarios, educativos y deportivos), edificación (viviendas y oficinas), y equipamientos turísticos (hoteles, balnearios, puertos deportivos, palacios de congresos y exposiciones, etcétera).

Obras del Valle de los Caídos por la constructora Huarte y Cía

Obras del Valle de los Caídos por la constructora Huarte y Cía

La realización de este ingente volumen de obras exigió a las empresas un constante aumento de sus recursos de capital y trabajo, en particular del cualificado (ingenieros, arquitectos y otros técnicos de nivel medio), y de sus fuentes de financiación, así como una constante mejora de las técnicas constructivas, de la organización y de la gestión. Se hubo de llevar a cabo un largo e proceso de acumulación de experiencia, que permitió alcanzar a estas empresas un gran conocimiento del negocio, indispensable para su posterior salida al exterior.

Este proceso estuvo favorecido por diversos factores. Uno de ellos fue la existencia de uniones temporales de empresas (UTES), fórmula que permitía la sinergia entre empresas permitiendo reunir en la ejecución de un mismo proyecto a empresas con distinta especialización y/o con capacidades complementarias lo que ayudaba a que unas aprendiesen de las otras favoreciendo la difusión de las técnicas constructivas y la acumulación conjunta de experiencia en el negocio, al tiempo que permitía una mayor capacidad financiera para acometer el proyecto o el reparto del riesgo.

Otro factor determinante fue la presencia de empresas extranjeras en grandes obras de infraestructura en España, ya en los años cincuenta, debido en parte a la apertura del bloqueo que sufría España y la construcción de bases americanas en el país, lo que permitió que empresas Españolas interactuaran con otras empresas internacionales (Consorcio Brown-Raymond-Walsh (USA)), con el consiguiente efecto aprendizaje sobre las empresas españolas.

En él participaron todas las grandes constructoras españolas del momento, lo que les permitió familiarizarse con el potencial técnico de estas firmas y asimilar técnicas hasta entonces desconocidas en España.

Por último, otro factor que influyó en el proceso analizado fue la acción colectiva de las grandes empresas constructoras con la creación de SEOPAN (Subgrupo de Empresas de Obras Públicas de Ámbito Nacional). Esta organización nació a finales de 1957 para representar a dichas firmas ante la Administración Pública.

La actividad constructora, en general, se aceleró durante los años sesenta y la primera mitad de los setenta, especialmente en el ámbito de las infraestructuras de comunicaciones (Plan General de Carreteras, Plan Nacional de Autopistas de Peaje, etcétera), obras hidráulicas y construcciones industriales relacionadas sobre todo con el sector de la energía (centrales térmicas y nucleares) y el petroquímico (refinerías). Fue entonces cuando la mayor parte de las grandes empresas constructoras terminó extendiendo su actividad por todo el territorio nacional, y cuando llegó a su nivel más alto la diversificación en las diferentes ramas de construcción.

Estos procesos repercutieron en dos hechos; en primer lugar, hicieron que la organización interna de las empresas se tornase más compleja, exigiendo una mayor dotación de directivos en todos los niveles, requiriendo la introducción de métodos y técnicas de gestión más modernas y creando empresas filiales (holdings), especializadas en distintas actividades.

Y en segundo lugar, la mayor dimensión de los proyectos y su creciente complejidad técnica obligaron a las empresas a realizar esfuerzos financieros crecientes, destinados en gran medida a ampliar y mejorar constantemente el nivel técnico de los medios mecánicos utilizados, a incorporar las técnicas constructivas más novedosas mediante la compra de patentes extranjeras y la formación e incorporación de mano de obras más especializada.

En definitiva, la búsqueda de la calidad en las obras a través de la excelencia técnica fue una directriz común en la conducta de la mayoría de las grandes empresas constructoras en este período de expansión y madurez de su actividad en el mercado interno. Sobre ella trataron de fortalecer su reputación ante sus principales clientes (la Administración pública y las grandes empresas industriales), pues la reputación era, y es, una ventaja competitiva cada vez más importante en los concursos y licitaciones de grandes proyectos de obras cuya complejidad técnica iba en aumento.

¿Cuál sería el siguiente paso para seguir creciendo? ¿Era suficiente el mercado de la construcción generado en el país como para absorber toda la oferta? ¿Habría cabida para tantas grandes costructoras?

Vía| La internacionalización de las empresas españolas de la construcción en el siglo XX.

Imagen| Contraindicaciones

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