Especial I Guerra Mundial, Historia 


Las Armas Químicas durante la Primera Guerra Mundial

Las armas químicas son aquellas que se basan en las propiedades tóxicas de determinadas sustancias químicas capaces de alterar la fisiología de los seres vivos, causando graves daños o incluso la muerte. Dichas “sustancias químicas” reciben la denominación técnica de ‹‹agentes químicos››, los cuales, junto con el sistema de lanzamiento y dispersión, configuran el arma química.

Este tipo de armas ya eran utilizadas desde la Antigüedad. Aunque ya se pensó en su utilización en guerras modernas, como la Guerra Civil Norteamericana, será en la 1ª Gran Guerra cuando la guerra química comenzó a gran escala. La Convención de La Haya de 1899 prohibía expresamente el uso de este tipo de armas, pero los ejércitos las utilizaron basándose en burdos subterfugios.

Nube tóxica en el frente de batalla

Nube tóxica en el frente de batalla

Las armas químicas en la Primera Guerra Mundial (1914-1918) se utilizaron principalmente para desmoralizar al enemigo y desalojarlo de sus posiciones. El ejército francés fue el primero en emplear gas, utilizando granadas con gases lacrimógenos en agosto de 1914, pero las concentraciones de gas eran tan pequeñas que ni siquiera fueron detectados por los alemanes. Alemania también usó gas lacrimógeno, pero ante su poca efectividad, se lanzó a desarrollar otro tipo de gases mucho más letales. El químico alemán Fritz Haber fue uno de los grandes innovadores de este tipo de armas. Alemania apostó en principio, por el uso de cloro que afectaba a los ojos, la nariz, la garganta y los pulmones. A altas concentraciones y con una exposición prolongada podía causar la muerte por asfixia. La primera vez que se utilizaron los agentes químicos a gran escala fue en el frente ruso, el 31 de enero de 1915, durante la Batalla de Bolimov, aunque el gas se congeló y no tuvo efecto alguno. También se utilizó a gran escala durante la Segunda Batalla de Ypres, el 22 de abril de 1915, cuando los alemanes atacaron a las tropas francesas, canadienses y argelinas con cloro. En esta ocasión el ejército alemán tenía 168 toneladas de cloro desplegados en 5.730 cilindros, que una vez abiertos y con el viento del este, desplazó la nube tóxica alcanzando las posiciones de las tropas coloniales francesas de Martinica que abandonaron sus trincheras y dejaron una abertura de 7 km en el frente defensivo. En el transcurso de esta batalla los alemanes utilizaron los gases en otras tres ocasiones más. La historia oficial británica describió los efectos producidos en el ataque a la colina 60: “90 hombres murieron a causa de intoxicación por gas en las trincheras o antes de poder llegar a un puesto de socorro, de los 207 llevados a las hospitales más cercanos, 46 murieron casi de inmediato y 12 después de una larga agonía”.

Lanzamiento de gases mediante cilindros metálicos

Lanzamiento de gases mediante cilindros metálicos

A partir de Ypres ambos bandos empezaron a utilizar estos agentes químicos. Comenzó la carrera para crear el arma más dañina. El siguiente problema con el que tuvieron que enfrentarse, fue el modo de lanzar el gas contra el enemigo y en concentraciones suficientes para causar daño. En un principio se hicieron pruebas con proyectiles de artillería de 75 y 155 milímetros, que ofrecían un largo alcance, pero el problema es que se necesitaban cientos de ellos para crear una nube suficientemente densa. Fritz Haber de nuevo dio con la clave. Introducir el cloro en un cilindro permitía lanzar mucho más gas que en un proyectil más pequeño y además podía compartir el espacio con explosivos. Era un método efectivo pero suponía una clara violación de la Convención de La Haya.

El químico francés, Víctor Grignard, tuvo en 1915 la idea de introducir fosgeno como arma química, pero luego el químico alemán, Fritz Haber, mejoró la idea usando el fosgeno en pequeñas cantidades junto al cloro, para aumentar así la toxicidad de este último. El fosgeno era mucho más mortífero que el cloro, pero tenía el inconveniente de que los síntomas tardaban unas 24 horas en manifestarse, y además, pese a tener la ventaja de ser incoloro y tener un leve olor a “heno enmohecido”, era más denso que el aire y esto complicaba su diseminación, por ello se mezclaba con cloro. Esta mezcla se introducía en recipientes que tenían pintadas estrellitas blancas, por lo que los aliados le llamaron “Estrella Blanca” a la mezcla cloro/fosgeno y cuya letalidad se vio un 19 de diciembre de 1915 en Nieltje, cuando los alemanes lanzaron 88 toneladas de la mezcla sobre los británicos, ocasionando 1.069 bajas y 120 muertes. Para contrarrestarlo, en 1916 los británicos implementaron hexametilentetramina en el filtro de sus máscaras de gas.

Víctima de ataque con gas

Víctima de ataque con gas

Pero el gas más conocido y efectivo de la Primera Guerra Mundial fue el gas mostaza, “iperita” o sulfuro bis (2-cloroetil). Este gas también fue desarrollado por el químico alemán Fritz Haber, e introducido en julio de 1917, poco antes de la Tercera Batalla de Ypres. El gas mostaza no fue diseñado para ser un agente letal, aunque en altas dosis lo era. Era un arma química de tipo vesicante, pensado para incapacitar al enemigo, y para contaminar el campo de batalla. Sus efectos eran por contacto y por inhalación. Producían graves quemaduras en la piel, llegando incluso al hueso y graves daños en las vías respiratorias, que causaban la asfixia y en algunos casos la muerte. Como era más pesado que el aire, se metía dentro de proyectiles de artillería, y cuando estos explotaban, la sustancia se depositaba en el suelo en forma de un líquido viscoso que se evaporaba lentamente. Presentaba el problema de que la contaminación persistía, incluso días después de haber sido extendido y era también nocivo para en el avance de la infantería del ejército que lo había lanzado.

Los testimonios y descripciones sobre el gas mostaza son sobrecogedores. Así, en The Anatomy of Courage (1945), Lord Moran (oficial médico en la guerra), escribía: ‹‹Después de julio de 1917, el gas usurpó en parte el rol de los explosivos en darle a la mente una incapacidad natural para la guerra. Los hombres gaseados eran una expresión de la fatiga de trinchera, una amenaza cuando la humanidad de la nación ya había sido purgada››. En cuanto a sus terribles síntomas, podemos ver este fragmento de un informe médico británico: ‹‹Caso cuatro. 39 años de edad. Gaseado el 29 de julio de 1917. Admitido en el hospital de campaña el mismo día. Muerte unos diez días después. Pigmentación parduzca presente en grandes áreas del cuerpo. Un anillo blanco de piel en el lugar donde estaba el reloj de pulsera. Marcadas quemaduras superficiales en cara y escroto. Laringe muy congestionada. Toda la tráquea cubierta de una membrana amarilla. Bronquios contienen abundante gas. Pulmones muy voluminosos. Pulmón derecho muestra gran colapso en la base. Hígado congestionado y graso. Estómago muestra numerosas hemorragias submucosas. Sustancia cerebral excesivamente húmeda y muy congestionada.››

Soldado americano y su perro con máscara antigás

Soldado americano y su perro con máscara antigás

El Ejército británico viendo la eficacia del gas, realizó más ataques que los alemanes en 1917 y 1918, debido a un fuerte aumento de la fabricación de gas de las naciones aliadas, sobre todo desde la entrada en la guerra de los Estados Unidos, que permitió a los aliados una producción de gas mostaza mucho mayor que la de Alemania. También el viento dominante en el frente occidental era del oeste, lo que significaba que los británicos tenían una mayor frecuencia de condiciones favorables para lanzar gas que los alemanes.

Cerca del final de la guerra, Estados Unidos comenzó la producción a gran escala de un gas vesicante conocido como lewisita, para su uso en una ofensiva prevista para principios de 1919, pero no llegó a usarse porque se firmó el armisticio del 11 de noviembre de 1918.

La primera protección para los gases eran trapos o trozos de algodón empapados en agua, útiles para contrarrestar ataques con cloro, aunque poco después se utilizó la orina, que era más eficaz que el agua. También se diseñaron máscaras para proteger a perros y caballos. En 1916, se diseñó la primera máscara antigás, que era un trozo de gamuza empapado en un agente químico. El amoniaco y otros productos contenidos en la gamuza neutralizaban el ácido, pero la tecnología mejoró rápidamente proporcionando a los soldados máscaras más efectivas. Fueron las  máscaras con filtros de carbón que se llevaban a la espalda para neutralizar el veneno. El diseño tenía una máscara que se colocaba sobre la cara, cristales para proteger los ojos y un tubo que iba conectado a una lata que iba dentro de una caja y que permitía filtrar el aire en su interior. Estas máscaras dificultaban el movimiento y la puntería de los soldados. Dejaron de ser eficaces con la aparición del “gas mostaza” en 1917. Al tratarse de un líquido pegajoso y persistente los soldados tenían que protegerse además, con prendas impermeables.

Máscara francesa

Máscara francesa

Respecto a la incidencia de bajas producidas por el uso de estos agentes químicos sobre las cifras totales de víctimas, fue relativamente baja. Según cifras británicas, que se anotaron con precisión a partir de 1916, registraron que sólo el 3% de las víctimas mortales eran de gas, 2% quedaron permanentemente inválidos y el 70% eran aptos para el servicio en un plazo de seis semanas.

Según varias fuentes, se estima que entre 1915 y 1918 se liberaron 125.000 toneladas de compuestos tóxicos diferentes, provocando 1.300.000 heridos, entre ellos más de 90.000 muertos.

También hay que tener en cuenta los efectos a largo plazo. Muchos de los que fueron registrados como aptos para el servicio se quedaron con cicatrices en los pulmones. Este tejido era susceptible al ataque de la tuberculosis. Por ello muchas de las víctimas de gas de 1.918, murieron en la época de la Segunda Guerra Mundial, poco antes de que se dispusiera de las sulfamidas.

 

Vía|  PITA, RENÉ (2008). Armas químicas. La ciencia en manos del mal Madrid: Plaza y Valdés Editores. ISBN: 978-84-96780-42-2;  Haber, L. F. The Poisonous Cloud: Chemical Warfare in the First World War (1986), el relato estándar;  Winter, Denis (1978). Penguin Books, ed. Death’s Men: Soldiers of the Great War. ISBN 0-14-016822-2.; Bull, Stephen (2003). PRC Publishing, ed. Trench warfare. ISBN 1-85648-657-5.

Más Información| Harris, Robert and Paxman, Jeremy (2002). Random House Trade Paperbacks, ed. A Higher Form of Killing : The Secret History of Chemical and Biological Warfare. ISBN 0-8129-6653-8.;  Ashanti Imperio, Etimología y orígenes, Historia, Gobierno y política, Sistema legal, Geografía, Economía, Demografía, Policía y militares, Cultura y sociedad;  RAF Welford, Unidades actuales, Ubicación, Historia

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