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Larrey: El cirujano que cambió las guerras

La Medicina es probablemente una de las ciencias más antiguas que existen, y data, en el mejor de los casos, del inicio de los tiempos del ser humano en el mundo. Sin embargo, a lo largo de la evolución humana y de la civilización ha ido desarrollándose y avanzando, apareciendo nuevas especialidades dentro del conocimiento fundamental de la medicina general, una de esas primeras ramas surgió como una necesidad de lucha por la supervivencia frente a traumatismos y lesiones físicas, es la Cirugía.

La Cirugía siempre ha estado íntimamente ligada al ser humano y a los grandes momentos y acontecimientos históricos; las guerras y contiendas militares más importantes han sido la cuna y caldo de cultivo de nuevas técnicas y conocimientos quirúrgicos, y añadía un profesor que los mayores avances en la historia de la Cirugía se han dado en los campos de batalla, desde las Termópilas hasta Kosovo.

El ideograma y la relación intrínseca entre Cirugía y campo de batalla o guerra a lo largo de la Historia, ha terminado desarrollando una subespecialización profesional, que comenzó en los siglos XVI, XVII y XVIII, y acabó desembocando en la materialización de una figura que fundía a dos de los primeros oficios tradicionales del ser humano: el soldado y el médico, para dar lugar al cirujano militar. Recordaba siempre ese anciano profesor mío, ya jubilado, que no había un cirujano famoso o reconocido en los siglos XIX o inicios del XX que no se preciara de haber servido en un campo de batalla, un buen ejemplo es Harvey Cushing, padre de la Neurocirugía.

Sin embargo, fue mucho antes cuando un joven cirujano militar francés usó su ingenio para salvar millones de vidas y poner la primera piedra para la organización logística de evacuación y atención a los heridos en un campo de batalla, lo que en definitiva permitió crear la Sanidad Militar moderna tal y como lo conocemos hoy en día.

Dominique-Jean Larrey nació en Beaudéan en 1766, un pueblo cerca de los Pirineos, y a corta edad quedó huérfano por lo que su educación pasó a manos de la parroquia local donde el sacerdote enseguida notó las extraordinarias aptitudes que tenía para el estudio; se le instruyó en latín y francés, las dos lenguas vehiculares de la cultura y el conocimiento en el siglo XIX, y en otras disciplinas. En 1780 se mudó a Toulouse con su tío, que era cirujano jefe del Hôpital Saint-Joseph de La Grave, para continuar con la tradición familiar, pues su abuelo había sido también cirujano barbero. A la edad de 19 años, en 1786, recibió el premio de la sociedad Saint-Joseph junto con el título de profesor. Su tesis sobre la caries recibió la medalla de la ciudad de Toulouse por su exhaustiva investigación. Un año más tarde se estableció en París para estudiar en el Hôpital de l’Hôtel de Dieu con el prestigioso anatomista y cirujano Pierre Joseph Desault, que había recibido formación como cirujano militar en el Hospital Militar de Belfort. Larrey, ya con una sólida formación en cirugía, acepta un nombramiento como cirujano en la fragata La Vigilante, en la Armada Francesa, que patrulla las costas de Terranova y Canadá; sin embargo, propenso a los mareos en el mar, o el denominado mal de mer, renuncia al poco tiempo. Tras sus peripecias como médico naval, vuelve a su antiguo puesto como ayudante de Desault y posteriormente en Les Invalides, junto al reputado cirujano Raphael-Bienvenu Sabatier.

El estallido de la Revolución Francesa en 1789 supone para Larrey el inicio de una carrera ya de por sí meteórica. Muy activo políticamente desde el inicio, se incorpora como médico de oficiales en el ejército de Rin, en la Guerra Franco-Austriaca de 1792, el preludio de las Guerras Revolucionarias Francesas. Es entonces, en el propio terreno y campo de batalla, cuando es consciente de la obsoleta organización sanitaria que existe en el seno del ejército: los soldados heridos en combate debían permanecer en el campo de batalla hasta el final de la lucha, lo que podía demorarse hasta más de un día, lo que suponía una muerte segura para las heridas más graves y casi la certeza de infección y sepsis en las leves, sin mencionar el fuego tanto amigo como enemigo de artillería y los aplastamientos en las cargas de la caballería. Además, según las ordenanzas militares, los hospitales de campaña debían situarse como mínimo a 5 kilómetros de la retaguardia, margen de distancia suficiente en aquella época para que un hombre se desangrase por el camino, todo ello en caso de estar en el bando vencedor y ser evacuado, los perdedores solían ser abandonados por sus compañeros en la retirada y rematados por el ejército victorioso a punta de bayoneta en el propio suelo.

Es en la escaramuza de Limburg cuando se hace consciente de todo ello, y propone en un arrebato de genialidad la creación de un servicio de ambulancias y camilleros, una innovación estratégica que representa materialmente salvar miles de vidas durante las batallas y la germinación de la concepción de la Sanidad Militar moderna. En su concepción original, el servicio de ambulancias estaría compuesto por equipos multidisciplinares de un oficial médico y otro de intendencia, un suboficial, 24 soldados de apoyo y un tambor que llevara el material y vendaje. Materialmente estaban fornecidos con 12 camillas ligeras, 4 pesadas, y una carreta especial llamada ambulance volante, que iba cerrada y unida a los dos caballos por medio de un esqueleto y ballestas de metal que permitía un transporte rápido y seguro para el evacuado. La concepción teórica era seguir al ejército y asistir a los heridos en el propio campo de batalla, evacuándolos posteriormente al hospital de campaña en las ambulancias, permitiendo que los heridos graves fueran atendidos en los primeros momentos y evitando las muertes, así como retirando los leves que podrían reincorporarse tan pronto como fueran curados. Fue en la batalla de Landau cuando se demostró con rotundo éxito que la concepción del plan de evacuación y asistencia de Larrey, que fue herido en una pierna, era no sólo de gran utilidad estratégica, sino que salvaba muchas vidas. En 1793, fue destinado a París para organizar el servicio de ambulancias para todo el ejército.

En 1794 fue destinado como Cirujano Jefe del ejército que tenía por objetivo recuperar Córcega de los ingleses y donde Napoleón Bonaparte era un prometedor oficial de artillería. Participa posteriormente en la Campaña de Italia en 1797, y en Egipto en 1798 donde es nombrado Cirujano Jefe del Ejército de Oriente y adapta sus famosas ambulancias para los dromedarios. Participa en casi todos los eventos e hitos médicos famosos de la contienda, como es la amputación del brazo del General Caffarelli, el coser una lengua amputada a un oficial y alimentarle por sonda, conservar el cadáver del asesino del General Kléber con fines científicos, y especialmente y por lo que se le recuerda en los manuales de cirugía: suturar heridas torácicas con hemorragia, lo que supone la derogación de las teorías anteriores aceptadas desde los tiempos de Ambroise Paré y una novedad que permitirá muchos avances en el tratamiento de las heridas torácicas.

En la Campaña de Rusia de 1812, adquirió una notable habilidad en amputación, llegando incluso a nombrase una técnica en su honor, la amputación de Larrey; su técnica se realizaba de forma rápida, precisa y con los menos cortes posibles pudiendo salvar la extremidad de la necrosis y la gangrena. Se especula que durante las horas posteriores a la batalla de Borodino realizó unas 200 amputaciones y en Berezina 230, teniendo en cuenta el material de la época, se trata de cifras extraordinarias. También describió el procedimiento de Larrey, una técnica para desarticulación del hombro y observó la necesidad rápida de controlar los mecanismos de la hemostasia. Desarrolló nuevos procedimientos para el drenaje de colecciones a nivel torácico, especialmente en el caso de empiema, hemotórax y hemopericardio (el punto óptimo para este drenaje es a través del triángulo esternocostal izquierdo del diafragma o hendidura de Larrey) y estableció la necesidad de aislar a los pacientes infeccioso. Describió exhaustivamente la clínica del tétanos, por lo que se conoce como enfermedad de Larrey. Sus dilatados estudios sobre anatomía, medicina y cirugía militar durante casi 40 años de ejercicio vienen recogidos en Mémoires de chirurgie militaire, Recueil de mémoires de chirurgie y Clinique chirurgicale, cada uno de ellos con varios volúmenes. Su concepción sobre la atención de los heridos de guerra fue incorporada por todos los ejércitos del mundo y muchas cuestiones aún siguen vigentes en los manuales de sanidad militar, igualmente, el triaje ha trascendido al ámbito civil en accidentes y catástrofes.

Si bien una de las cuestiones por la que es más reconocido en la comunidad médica y militar es por el desarrollo del triaje o triage, el establecimiento de un orden o jerarquía de prioridad en la asistencia a los heridos según la importancia de sus heridas o lo inestable de su estado vital, independiente del rango que exhibiesen e incluso del ejército al que perteneciesen. Esto último le granjeó gran respeto entre los militares quienes le apodaron como “la Providencia del soldado” en la campaña de Egipto. Son especialmente interesantes dos anécdotas, ambas de la batalla de Waterloo. En la primera, el Duque de Wellington quedó sorprendido por la visión de una ambulancia francesa cercana a la primera línea del ejército británico y más aún cuando le hicieron saber que era el propio Larrey, ya muy afamado por toda Europa, quien ejercía la asistencia; conmovido por la abnegación del cirujano se dirigió a él con las palabras: “Yo saludo el honor y la lealtad de tal doctor”, ordenando que su línea de fuego virara y se reorganizara en otra posición para salvaguardar a Larrey y su ambulancia. En la segunda, tras la derrota decisiva de los franceses, fue capturado por los prusianos e iba a ser sometido a corte marcial y orden de ejecución como era habitual entre los oficiales perdedores, sin embargo, un médico militar alemán que había sido alumno suyo le reconoció e intercedió ante el Mariscal von Blücher para salvar su vida; le condujeron ante el anciano general que se deshizo en elogios ante Larrey porque éste había salvado la vida de su hijo herido y capturado por los franceses en una campaña previa en Austria, conmutando la condena y dándole salvoconducto y vía libre a tierra neutral.

Dominique-Jean Larrey sirvió en un total de 25 campañas militares, en 60 batallas como cirujano y en unos 400 enfrentamientos menores o escaramuzas, a lo largo de más de 18 años siguió a Napoleón en sus contiendas, del que fue buen amigo. La consideración de L’Empereur por el cirujano era evidente ya que consideraba imprescindible la organización sanitaria de Larrey y el efecto de moral en la tropa que causaba tenerlo cerca, le concedió el título de Barón Larrey y el nombramiento de cirujano honorífico de los Chasseurs de la Garde Impériale (la guardia de corps del Emperador).

Definitivamente, podemos concluir que el Barón Larrey fue un cirujano militar polifacético, excepcionalmente ingenioso y hábil, cuyas aportaciones a la Cirugía son de todo punto inestimables y que supusieron una revolución en la Sanidad Militar.

Napoleón lo cita en su testamento y dice sobre él: “El hombre más virtuoso que he conocido. Ha dejado en mi espíritu la idea de un verdadero hombre de bien”.

 

 

Vía|De la Garza Villaseñor, L. Dominique Jean Larrey. La cirugía militar de la Francia revolucionaria y el Primer Imperio. Cirujano General, 26 (1), 59-66), 2004.

Imágenes|Larrey, Ambulancia, Operación

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