Cultura y Sociedad 


Lady Chatterley’s Lover, un escritor polémico y un juicio póstumo

El 20 de octubre de 1960 dio comienzo el juicio a un libro. Como todo juicio, tuvo un fiscal de la acusación, John Mervyn Guthrie Griffith-Jones, un abogado de la defensa, Gerald Austin Gardiner (Baron Gardiner), un juez presidente, Sir Lawrence Byrne, y un jurado.

La causa: atentar con la denominada Obscene Publications Act 1959, un Decreto recientemente aprobado por el Parlamento Británico, promovido por un comité creado en 1955 con el fin de actualizar la ley sobre la publicación en Inglaterra y Gales de obras obscenas que databa de 1857.

No se juzgaba, sin embargo, a su autor, pues este había fallecido 30 años antes… la salud de David Herbert Richards Lawrence se había ido deteriorando paulatinamente a causa de una tuberculosis, perdiendo definitivamente la batalla contra la enfermedad un 2 de marzo de 1930 en Vence (Francia), sin llegar a cumplir los treinta y cinco años de edad. Su mujer, Frieda Lawrence escribe pocos días después a su amiga Catherine Carswell:

(…) had you seen his splendid fight to the last; his dying was courageous and inspiring (…) I miss him terribly (…) His grave is at a charming cemetery overlooking the sea, orange trees underneath in terraces’ (…) but I am sad.
(1)

El proceso se conoce como R v Penguin Books Ltd. El acusado: Lady Chatterley’s Lover (El amante de Lady Chatterley).

La novela se publicó por vez primera en 1928 en Florencia, si bien su primera edición se hizo a título privado, con la ayuda de Pino Orioli; y en 1929 fue publicada en secreto en el Reino Unido por el editor y activista Percy Reginald Stephensen, amigo de Lawrence.

En el imaginario popular, Lady Chatterley’s Lover es una farsa sexual de época. Sin embargo, escrita tras la pesadumbre que le ocasionó la Primera Guerra Mundial y en su consunción por la tuberculosis, la novela ‘cumbre’ de D. H. Lawrence es un llamamiento a la intimidad, y uno de los relatos antibélicos más rotundos que jamás se hayan escrito.

Hijo de un minero, D. H. Lawrence pronto demostró estar singularmente dotado para la literatura; siendo el propio Ford Madox Ford el que reconoció en sus primeras obras a un excelente poeta. Como la mayoría de los tuberculosos, Lawrence es hipersensible, exaltado, muy irritable y con fuertes episodios temperamentales. Su obra manifiesta una elevada sensibilidad antirracionalista, mística y vitalista, capaz de captar el poder oscuro de los instintos, de cuya fuerza primigenia participa el hombre en momentos aislados de la consciencia.

Debido al pudor y la censura de la época –y quizás incluso ahora, en pleno siglo XXI- la sola mención de Lady Chatterley’s Lover origina comentarios jocosos o irónicas miradas. Sin embargo, lo que Lawrence pretendía era hacer del sexo un sacramento, algo que nos haya de salvar de las desastrosas consecuencias de la guerra y de las miserias de nuestra civilización.

“La nuestra es una época esencialmente trágica; por eso nos negamos a tomarla trágicamente. El cataclismo ha ocurrido.”

Así comienza El amante de Lady Chatterley

Lady Chatterley’s Lover refleja la oposición entre vitalismo e intelectualismo, dos formas antagónicas de ver la vida – como Eros y Thánatos, creadora una, destructora la otra-; una lucha en la que la relación sexual desempeña el papel catalizador del conflicto.

El libro tiene tres versiones diferentes, escritas durante los últimos cuatro años de vida de su autor. La tercera no es, probablemente, la mejor de todas, pero es aquella en la que Lawrence volcó toda su energía: tal vez por ser la más precipitada es por lo que Lawrence parece resultar en ocasiones un “obseso sexual”. Pero estaba diagnosticado de tuberculosis –aunque él siempre rehusó el término-, y desahuciado…
Por otra parte, en su plena juventud, Lawrence estaba orgulloso de su aspecto físico, su frágil sistema respiratorio incluido (lean The White Peacock, 1911). Pero en 1926 está ya muy debilitado por la tuberculosis y, es más, es impotente (3): tras años de una relación conyugal siempre turbulenta, de la que D. H. Lawrence deja buen registro, su mujer le engaña con un lujurioso amante italiano, e incluso ha comentado muy indiscretamente la impotencia de su marido con algunas amistades.

Bien es cierto que Lawrence ya se había granjeado la reputación de “cruzado sexual” en sus obras anteriores, particularmente con Sons and Lovers (1915) y Women in Love (1920), lo cual siempre le mantuvo a la defensiva, en pie de guardia, o defendido por quienes le apreciaban. Desde sus primeras obras, sus personajes masculinos son descritos como incapaces, débiles, afeminados, enclenques… mientras que los personajes femeninos siempre aparecen en busca de un “real man”.

Y sin embargo, irónicamente, Lawrence es también acusado de misógino: las parejas protagonistas de sus libros siempre mantienen relaciones extrañas: “Men and women do not like each other”, se dice en Lady Chatterley’s Lover. Pero ya en una respuesta inédita (2) a una publicación de carácter misógino publicada en 1923 por un tal JHR, Lawrence muestra una actitud clarividente ante las cuestiones de género, y es agudo y punzante contra cualquier actitud sexista manifiesta.

Simplemente, hasta entonces nadie había escrito abiertamente sobre el poderoso conflicto entre amor y sexo.

Pero volvamos al juicio… ¿qué se dijo allí?

La petición del fiscal Griffith-Jones era que el jurado determinara si el libro debía ser considerado obsceno bajo la premisa del punto 2 del Acta, y si debía de considerarse un ‘bien público’ en base al apartado 4 de la misma.
“¿Aprobarían ustedes que sus hijos –o hijas porque las chicas pueden leer al igual que los chicos- leyeran este libro? ¿Es un libro que les gustaría que sus esposas o sirvientes leyeran?”, pregunta.
Lógicamente, la defensa, Gardiner, considera que el libro no debe considerarse obsceno ni su lectura perjudicial para nadie, y que, dado el status de D. H. Lawrence, se atiene al punto 4. “Que el mensaje de Lawrence (…) era que la sociedad de aquellos días en Inglaterra estaba enferma, según él creía, y que la enfermedad que padecía era el resultado de la industrialización, “la diosa Prosperidad”, la importancia de ganar dinero y el grado al que la mente se ha sometido al cultivo del cuerpo; y que deberíamos revisar nuestras relaciones personales, la mayor de las cuales es la relación entre un hombre y una mujer enamorados, en lo que no existe vergüenza ni delito alguno (…)”

El juicio causó un gran revuelo en aquel momento, un hito en la historia de la literatura inglesa. Importantes figuras literarias de aquellos años apoyaron la causa de la defensa, así como la de la libertad de expresión.
Tras los seis días del juicio, y tres horas de deliberación, el jurado declaró unánimemente a la novela ‘inocente’.

Ahora, tal vez, no debería irritarnos tanto el contenido de la novela como la polémica que suscitó en su momento, consecuencia de una ceguera pertinaz imperante en algunos ámbitos sociales. En el fondo, Lady Chatterley’s Lover no es más que un manifiesto personal de su autor, pero es también una novela sin limitaciones, potente y persuasiva, cuya publicación sin ambages marcó el principio de una sociedad más permisiva y liberada.

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(1) Por expresa voluntad de su viuda, Frieda, su cuerpo fue posteriormente exhumado y sus cenizas trasladadas a Taos, Nuevo México, donde reposan en una pequeña capilla.

(2) En 2012/13 se descubrió un manuscrito inédito de D H Lawrence entre la “mina de oro” del trabajo de Katherine Mansfield, adquirido por la biblioteca Alexander Turnbull de Wellington.

(3) La tuberculosis produce dos reacciones contradictorias: ensalza el instinto sexual y la imaginación, pero causa impotencia.

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