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La verdadera reforma laboral: poder contratar solo el trabajo que se necesite

La reforma del mercado de trabajo español se está convirtiendo en un proyecto perpetuo e inacabado. La última propuesta de reducción del número de modalidades de contratación de 41 a 5 parece perseguir un objetivo de simplificación que es muy deseable, pero el cambio de categorías laborales y la mera reducción de las cargas administrativas no conseguirán introducir la flexibilidad que el sistema verdaderamente requiere: que los empresarios puedan contratar el trabajo que realmente necesiten, donde, cuando y como lo necesiten.

A día de hoy, las rigideces que se han ido acumulando históricamente en el derecho laboral español (en materia de jornada, restricciones a la movilidad funcional, restricciones a la modificación de las condiciones del contrato, etc), lejos de proteger de manera efectiva a los trabajadores, suponen una barrera a la contratación. Los empresarios no pueden permitirse el coste de contratar un mayor número de empleados cuando tienen picos de trabajo o para ensayar nuevas propuestas o la diversificación de sus negocios. El riesgo de quedarse “atados” a un empleado para el que no se encuentra ocupación—o que no rinde al nivel esperado, sin que eso sea siempre fácil de documentar a los efectos de proceder a su despido disciplinario—es demasiado costoso y, al final, los empresarios acaban contratando menos trabajadores de los que objetivamente necesitarían, solo para estar seguros de no sobredimensionar unas plantillas que luego no será posible reducir a la velocidad deseada, ni sin coste.

Help-WantedObviamente, no hay que olvidar que los trabajadores desean una estabilidad en el empleo y que es muy necesario contar con una fuente de ingresos previsible y más o menos estable para poder financiar los gastos necesarios para el desarrollo de una vida digna y plena para el propio trabajador y su familia. Sin embargo, esa estabilidad no puede imponerse por la vía legal y, sobre todo, a costa del empresario (que tiene necesidades idénticas, siquiera vistas del otro lado del espejo). La estabilidad en el empleo debe considerarse como una corresponsabilidad del empresario y del trabajador y, en definitiva, resultar del valor que el trabajador cree en su trabajo.

En mi opinión, el derecho laboral español no está ajustado a un gran número de situaciones laborales. Conforme a datos publicados en 2012, el 95,2% de las empresas españolas son microempresas con entre 0 y 9 empleados. En cambio, solo el 0,1% de las empresas (menos de 4.000) tienen 250 o más empleados.

Tabla 1

Esta desproporción en el número de empleadores resulta en que la mayoría de los trabajadores (63,9%) estén empleados por PYMEs y que el porcentaje de trabajadores de microempresas (31,6%) sea comparable al número de asalariados de las grandes empresas (36,1%).

Tabla 2

Por tanto, todas las restricciones y protecciones del derecho laboral que derivan del miedo a que el gran empresario explote al trabajador—el paradigma derivado de la revolución industrial, ya más que desfasado—en realidad solo protegen frente a un número marginal de empleadores y alrededor de un tercio del colectivo laboral (al menos en teoría). En cambio, actúan como un desincentivo a la contratación para la mayor parte de los (micro)empresarios—o emprendedores, como ahora debe llamárseles para ser políticamente correctos—y, en realidad, eliminan posibilidades reales de contratación para un gran número de trabajadores (en paro).

En mi opinión, se ha perdido de perspectiva que en estas microempresas es donde realmente se crea o destruye empleo y donde se crea o no valor y competitividad para la economía. Son estas microempresas las que pueden ofrecer trabajo cerca del domicilio del trabajador y las que pueden, si se les da el marco legislativo adecuado, contratar de modo que se flexibilice la jornada y sea más sencillo conciliar la vida laboral y la familiar. También son estas microempresas las que en realidad tienen un poder de negociación más limitado con los trabajadores y las que pueden verse más claramente perjudicadas por los elevadísimos costes derivados de posibles reestructuraciones de plantilla—salvo que estén en situaciones claramente desesperadas, incurriendo en pérdidas netas, en cuyo caso la última reforma laboral solo les permite alargar la agonía reduciendo sus plantillas a un coste menor (pero todavía muy elevado) cuando es ya posiblemente demasiado tarde.

Si se quiere cambiar la situación y realmente crear un mercado laboral líquido, que ofrezca oportunidades reales a los trabajadores y permita a los empresarios llevar a cabo sus proyectos con la necesaria flexibilidad, el principio rector de la reforma debe dejar de ser la protección del trabajador (no sirve de nada un sistema de protección que deja en realidad desamparados y sin empleo a más del 26% de los trabajadores) y pasar a ser que el empresario pueda contratar el trabajo que necesite cuando, como y donde lo necesite. Solo esta revolución conceptual del derecho laboral puede cambiar el paradigma actual. Cualquier cambio menos radical seguirá perpetuando la rigidez del mercado de trabajo español, que es incapaz (estructuralmente) de absorber más de una cuarta parte del capital humano disponible.

Vía | Europapress, IPYME, Datosmacro.com

Imagen | thejobmouse.com

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