Historia 


La revolución del nabo: la nueva agricultura europea

Hablar de “los cambios estructurales que motivó la agricultura intensiva en la organización productiva europea durante el siglo XVI” puede ser, cuanto menos, una invitación a que cualquier lector desista de continuar con su labor y se dedique a pasatiempos más agradables. Es por ello que recurriré a la misma argucia que un buen profesor que decidió presentar la lección de ese día con el título que encabeza el presente artículo. Si bien el nabo no protagonizaría por sí mismo el cambio productivo, forma parte del proceso que cambiaría por completo el tejido productivo del campo europeo. Una vez matizado el título – y minimizado el protagonismo de la hortaliza en cuestión- centrémonos en la explicación.

La agricultura fue el principal motor de la economía europea desde la antigüedad, y en algunos casos, lo seguiría siendo hasta el siglo XX. Gran parte de la población europea –en torno al 80 y 90%- estaba compuesta por campesinos dedicados al trabajo del campo. El motivo de este enorme ratio es que, pese a las progresivas mejoras que se van dando en la agricultura, el rendimiento que se obtenía del trabajo agrícola apenas experimentaba crecimientos. Es decir, la relación entre trabajo invertido en la tierra y producto recogido apenas había cambiado muy poco: aproximadamente se calcula que la cifra media se mantenía en torno a una proporción de 4 unidades recogidas por cada una sembrada. Se entiende así que la población campesina europea estuviese situada durante siglos en una fina frontera entre la supervivencia y la catástrofe demográfica, donde una mala cosecha podía ser determinante.

Existían por supuesto notables diferencias entre las distintas regiones europeas que nos permiten entender hasta cierto punto las notables diferencias demográficas y económicas entre unas zonas y otras. Mejores y más abundantes cosechas se traducen en más excedentes disponibles, lo que permite un mayor crecimiento demográfico, más estabilidad y una economía más dinámica. Baste para ello la comparación entre dos ejemplos opuestos: por una parte, las frías tierras de la península escandinava, en donde las duras condiciones climáticas hacían que la actividad agrícola produjera en muchos casos sólo cosechas trimestrales en los escasos meses de calor; por otra parte, las fértiles tierras del valle del Po en el norte de Italia, con buena hidrografía y un excelente clima, que daban lugar a una de las agriculturas más productivas de Europa.

Obviamente, a lo largo del tiempo se trató siempre de mejorar la producción de alimentos, tratando de superar este límite impuesto en la agricultura. El hurto de las tierras más ricas y productivas de un vecino fue en muchos casos una solución a la que se recurrió, dando lugar a numerosas guerras. Sin embargo, la solución más empleada para aumentar la producción consistía en aumentar la superficie de cultivo con nuevas tierras incultas –de ahí el nombre de “agricultura extensiva” con que se denomina a este modelo-. La roturación de espacios boscosos, la adaptación de laderas mediante terrazas o incluso la desecación de terrenos permitía a las poblaciones contar con más superficie de cultivo. Sin embargo esto no dejaba de ser una solución temporal, ya que bien la calidad de las tierras (en ocasiones de mucha menor fertilidad) o bien el mero crecimiento demográfico se encargaban rápidamente de equilibrar nuevamente el delicado equilibrio entre recursos y población.

En esta imagen del siglo IX podemos observar las labores del campo que se realizaban en cada mes, y que apenas cambiarían durante milenios.

Por ello, se buscaban también medios para aumentar el rendimiento de las tierras disponibles. La especialización agrícola en ciertos cultivos por ejemplo, permitía refinar y optimizar la técnica y la organización, pero precisaba de un comercio regional bien articulado que permitiera redistribuir los productos resultantes, lo que limitó mucho su posible implantación. Las mejoras en la tecnología agrícola, aún con notorias diferencias regionales, mostraban una implantación muy lenta por parte de un campesinado con muy pocos recursos. En relación a esto último, destacar también la lenta evolución de las innovaciones en las técnicas empleadas para regenerar la fertilidad de la tierra, que independientemente de su calidad acababa por agotarse. La solución habitual consistía en dejar el terreno en descanso -el llamado barbecho– durante periodos en los que dejaba de producir, acelerando en la medida de lo posible el proceso mediante un trabajo de la tierra que buscaba oxigenarla y dinamizar la absorción de nutrientes.

En torno al siglo XVI surgiría en los Países Bajos la “nueva agricultura”, que rompería con esta dinámica. En esta región, donde se combinaba una alta tasa de urbanización con una amplia y bien comunicada red de comercio, las necesidades de la industria manufacturera darían lugar a un cambio estructural de la agricultura. Materias primas de origen vegetal -como el pastel, empleado para elaborar tintes azules- comenzaron a cultivarse en campos anteriormente destinados a cereales, producto básico de la alimentación europea. El déficit en la producción de alimento se suplió con importaciones de grano traído de Sicilia o del Báltico, pagado precisamente con los dividendos obtenidos del comercio de manufacturas muy competitivas gracias al abaratamiento de las materias primas. La buena coyuntura económica de esta región permitió así desplazar el monocultivo cerealero tradicional por nuevas formas de explotación de la tierra.

Se implantaron así nuevos cultivos que permitían una explotación continuada de la tierra sin necesidad de periodos de descanso. El funcionamiento de este nuevo sistema se basaba en la rotación de cultivos con distintas exigencias nutritivas que permitían, por así decirlo, agotar sólo parte de los nutrientes de la tierra mientras el resto se recuperaban. Así, tras recoger una cosecha de cereales, podía plantarse otra de plantas forrajeras (como alfalfa o trébol) y posteriormente otra de hortalizas (como el nabo). Con esto se conseguían más variadas y numerosas cosechas, pasando a producirse no sólo cereal, sino también otros cultivos destinados a la alimentación humana, la producción de manufacturas o la alimentación del ganado. Este último aspecto ganaría peso por sí mismo, ya que permitiría mantener cabañas ganaderas más grandes, que producirían a su vez más alimento y, sobre todo, abono con el que aumentar la fertilidad de la tierra. Las distintas partes irían imbricándose y retroalimentándose progresivamente, sustituyendo el antiguo sistema extensivo por un sistema intensivo, es decir, en el que se aumentaba la producción sin necesidad de aumentar la superficie cultivada.

Esquema explicativo del funcionamiento del Sistema Norfolk, versión refinada desarrollada en Inglaterra durante el siglo XVIII de la rotación de cultivos que había comenzado a desarrollarse en los Países Bajos durante el siglo XVI.

Ciertamente este proceso dado en Europa no fue único en el mundo. En regiones de Asia como China o la India, la agricultura ya hacía tiempo que venía aplicando técnicas de cultivo intensivo, aprovechando la ingente cantidad de mano de obra humana para regenerar, trabajar y abonar las tierras. Sin embargo, fue precisamente la comparativamente baja densidad de población en Europa la que permitió que estos cambios dieran lugar con el tiempo a cambios en las estructuras productivas globales. Así, las técnicas desarrolladas en los Países Bajos se irían mejorando, enriqueciéndose además con nuevos cultivos traídos de América que revolucionaron y cambiaron las dietas europeas con cultivos más resistentes y nutritivos como el maíz o la patata.

Finalmente, el cambio definitivo vendría a producirse en Inglaterra durante el siglo XVIII, donde los procesos de cercamiento de tierras (los llamados enclosures) facilitaron una más sencilla reorientación de la producción a una escala mucho mayor, ahora en manos de terratenientes interesados en producciones orientadas al mercado. El resultado fue un cambio radical en la agricultura y la ganadería. No sólo se producía para alimentar a la cada vez mayor población, sino que incluso se destinaba una parte al comercio. Asimismo, generaban también las materias primas de la incipiente industria, cuya mano de obra se reclutaría entre la población excedente del campesinado. Así, la llamada Revolución Agrícola sería el antecedente inmediato de la posterior Revolución Industrial, que transformaría nuevamente el tejido económico y social de Europa.

 

Vía| POUNDS, Norman. La vida cotidiana: historia de la cultura material, Barcelona, Crítica, 1992. MÁRQUEZ FERNÁNDEZ, Dominga. Los paisajes agrarios, Madrid, Síntesis, 1992.

Imágenes| Ilustración de las tareas agrícolas de Commodorum Ruralium Liber de Pietro Crescenzi (portada), tareas agrícolas manuscrito Salzburgo, Sistema Norfolk 

 

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