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La Protección Social está cambiando

Hace muchos años, el modelo de atención médica en la mayoría de los pueblos de España consistía en la presencia de un médico que recorría el pueblo y asistía a los pacientes en su propio domicilio. Evidentemente ese médico dejaba de ser un médico y se convertía en Don Jesús, Don Julián o Don Antonio y pasaba a formar parte de las fuerzas vivas de la comunidad. Desde luego es el mejor sistema de atención médica que puede existir; completamente personalizado y con propia cualificación del tiempo por parte del médico en base a las necesidades del paciente (“ahh, que tiempos aquellos”, deben pensar los médicos…) y solo eran trasladados a un centro hospitalario aquellos pacientes que tenían necesidades más avanzadas o tratamientos que requirieran de una cierta observación o llevaran asociado un aparataje específico no transportable.

Pese a ser el mejor sistema que nunca ha existido de atención médica, llegó un momento en el que el tamaño del pueblo y la cantidad de población hizo inviable la pervivencia del sistema; o enviábamos una docena de médicos a recorrer las calles del pueblo o acabábamos con el procedimiento e inventábamos un nuevo sistema de trabajo. Es de aquí de donde surgieron los centros de salud en los que agrupamos a todos los médicos y hacemos que los usuarios se desplacen a él dentro de la población; solo en aquellos casos específicos en los que las necesidades del paciente así lo requieran haremos el sobre esfuerzo de enviar un médico. Esto nos permite hacer eficiente el esfuerzo y con los mismos recursos llegar a una mayor número de ciudadanos.

Pues bien, creo que debemos considerar la posibilidad de que en el área de los servicios sociales estamos acercándonos peligrosamente al mismo momento de cambio. Ante la población más envejecida de la historia de este país (según informe del CIS), por no hablar de este continente, el sistema de centros residenciales, siendo como es la gran formula asistencial, no nos permite evolucionar de manera paralela a las necesidades de los usuarios. El coste real de una plaza de Residencia (y no hablamos de lo que se está cobrando al usuario sino del coste para el usuario unido al coste para las AAPP que al final somos todos) oscila dependiendo de las zonas y las empresas entre los 1.450 €/mes (muy difíciles de encontrar con las condiciones adecuadas) y los 2.000 €/mes. En muchos casos además el residente está ingresado por la simple imposibilidad, suya o de sus familiares, de mantener un aseo regular, ayudas en la comida, o atención continuada en determinados aspectos.

El objetivo es claro: Es necesario convertir este gasto en eficiente antes de plantearnos siquiera el recorte del gasto social. Las multimillonarias partidas deben continuar e incrementarse pero ayudando a un mayor número de personas. El modelo de asistencia domiciliaria abarata en más de un 40% el coste de la asistencia a una persona dependiente descargando al sistema de los costes de estructura necesarios para todos estos centros. Desde luego la existencia de las Residencias está garantizada, pero deberá ser para aquellos casos que sean realmente necesarios, y solo con una escrupulosa valoración de las necesidades de los usuarios podremos aligerar la carga del sistema.

Además el modelo de protección social deberá realimentarse a sí mismo empleando trabajadores de los propios núcleos de población. Recordemos que el subsidio por desempleo es un sistema de protección social (sí, viene del mismo sitio aunque la bolsa tenga otro color), con lo que si empleamos personas desocupadas estaremos haciendo el mismo gasto pero solo una vez y no el coste del subsidio a desempleados sumado al coste de atención a dependientes; y no solo eso, sino que esta persona que hemos formado y capacitado para desempeñar funciones iniciará su cotización por medio de impuestos que realimentara las arcas para esta protección social.

 

Para esto tendremos que dejar de ofrecerle cursos de inglés a cocineros o de corte y confección a abogados, y deberemos hacer un análisis real de los perfiles y capacidades de nuestras bolsas de empleo (Sí, nadie dijo que fuera fácil y que no conllevara trabajo, pero leyendo los diarios nacionales me da el “feeling” de que lo que nos sobra es mano de obra).

Imaginad el mundo de posibilidades que se abre ante nosotros a la hora de emplear determinados colectivos que terminan siempre con sus huesos en la puerta de las oficinas de Asuntos sociales y consolándose con nuestro maravilloso y completamente vocacional cuerpo de trabajadores sociales; mujeres maltratadas, cuyo denominador común es la falta de independencia económica, parados de larga duración, donde lo primero que tenemos que recuperar es la autoestima, parados de edad avanzada, donde la dignidad les obliga a tragar demasiada saliva antes de comunicar su situación, son casos críticos que sin duda describen la situación que acompaña a nuestros días.

Todo esto gira alrededor de la protección social pero la visera de la urgencia de los problemas del “hoy” nos impiden alejarnos y desarrollar aquellos sistemas de coordinación que hagan que la rueda gire.

Ya somos algunas empresas y profesionales los que estamos trabajando en ello y estamos comunicando este sistema de operación con el fin de mejorar el modelo; creo que ya no es el momento de la eterna queja de no hay bastante dinero. Todos lo sabemos y lo peor es que es cierto que no hay más cera que la que arde, de manera que “¡coño, trabajemos con los mimbres que nos ha tocado y avancemos!” Afortunadamente los profesionales del sector (y no solo me refiero a entidades privadas, sino a los profesionales de las AAPP, fundaciones, ONG’s y todo tipo de instituciones) están asumiendo el cambio y lo están celebrando.

Supongo que estamos en esos primeros pasos de un cambio significativo en el modelo de protección social y eso nos hace mirar con esperanza al futuro. NO por los recursos que, no nos engañemos, siempre estarán limitados sino porque somos más listos y sabemos adecuarnos a los nuevos escenarios.

 

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