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La profanación de las tumbas reales de Saint Denis

Es el año 1793 y el rey Luis XVI de Francia ha visto finalizar sus días bajo la guillotina; en la Plaza de la Revolución, miles de parisinos ansiosos de sangre festejan su ejecución. El odio a la monarquía se hace cada vez más grande y la Convención decide llegar más allá: las tumbas de la Abadía de Saint Denis, donde descansan doce siglos de historia francesa, van a ser profanadas y los restos reales arrojados a una vulgar fosa común.

Tan execrable acto se decide para conmemorar la toma del Palacio de las Tullerías del 10 de agosto y fue propuesto en la sesión del 31 de julio por uno de los miembros de la Convención, Barère. El fin que movía a este acto primitivo no era otro más que el de borrar la monarquía de la Historia de Francia, lanzar al viento los restos de un pasado que se consideraba deplorable y borrar para siempre las flores de lis de las tierras galas.

El grueso de las exhumaciones se llevó a cabo a partir del 12 de octubre y con la supervisión de Alexandre Lenoir, quien, según Dumas en un relato sobre los hechos, se propuso intentar salvar el patrimonio de la abadía. Se empezó por la cripta de los Borbones y el primero en sacarse en esa fecha fue Enrique IV quien fue respetado por su excelente estado de conservación y por haber tenido desde siempre las simpatías del pueblo; su cuerpo se colocó de pie sobre un pilar del coro y la gente acudió a verlo y venerarlo. El día 16, mientras se le seguía venerando, la hoja afilada de la guillotina acaba con María Antonieta.

Se sacan los cuerpos de reyes claves en la Historia como Luis XIV –el Rey Sol-, que estaba completamente negro, reyes merovingios, los descendientes de Carlomagno, el mujeriego Luis XV, Catalina de Médicis, miembros de la familia Valois e incluso el abad Suger, quien mandó construir la abadía.

A la vez que se sacan los cuerpos, se levantan lápidas, se rompen inscripciones y se reducen a añicos los monumentos fúnebres hechos por maestros de la escultura francesa, como Bontemps. Fragmentos de lápidas, ángeles, alegorías y monarcas yacentes o en oración se distribuyen por el suelo de la maltrecha abadía; polvo, destrucción y muerte cantan a la libertad, la igualdad y la fraternidad.

En un cementerio a las afueras de la abadía los cuerpos se van arrojando violentamente a una fosa, desmadejándose los miembros descompuestos y cubriéndose todo con cal. Sólo Enrique IV tuvo la fortuna de ser bajado con cuidado a la fosa y la oscuridad se hizo sobre su cuerpo con tierra y no cal.

El 20 de enero de 1794 se sacaba el cuerpo de Francisco I y las profanaciones se iban dando por acabadas.

Luis XVIII se encargó, a partir de 1817, de devolver los restos de sus antepasados al lugar que le correspondían en las criptas reales y antes, hacia 1805, el propio Napoleón había empezado algunas restauraciones. En estos trabajos el cuerpo de Enrique IV fue encontrado sin cabeza y no ha sido hasta 2010 cuando unos estudios han permitido verificar que la cabeza conservada en un anticuario era realmente la del “buen rey”.

Para concluir, unas palabras que Alejandro Dumas nos dejó con respecto a lo acaecido en Saint Denis: “Pobres locos que no comprenden que los hombres pueden a veces cambiar el futuro…, ¡nunca el pasado!”

 

Vía| Las tumbas de Saint Denis, Alejandro Dumas. 1849.

Más información| El Abad Suger: sobre la Abadía de Saint-Denis y sus tesoros artísticos. Edición, comentarios y notas de Erwin Panofsky. 2004

En QAH| El reposo eterno de los dictadores, La Cripta de los Capuchinos de Roma: cuando la muerte se hace decorativa.

Imagen| Cadáver de Enrique IV expuesto tras su exhumación, Destrucción de las tumbas reales

 

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