Cultura y Sociedad, Patrimonio 


La pervivencia del Romanticismo: siglos XIX y XX

Abadía en el bosque. Caspar David Friedrich. 1809

Abadía en el bosque. Caspar David Friedrich. 1809

Uno de los rasgos más innovadores que caracterizó la estética romántica fue la búsqueda de una nueva relación entre el hombre y la pintura. Artistas como Friedrich y Turner se interesaron por encontrar un lenguaje original que pudiera suscitar la reflexión del espectador a través de la contemplación de la obra. Lejos del mero deleite escenográfico y anecdótico que ofrecían los paisajes románticos tradicionales, el trabajo de estos autores se centró en transmitir un mensaje que conectara con la espiritualidad de finales del XVIII. Por ello, sus obras se sitúan fuera de lo que ortodoxamente se han considerado corrientes artísticas, siendo difíciles de catalogar y adscribir en ellas.

Pero esta necesidad de dotar a la pintura de un aura contemplativa no desaparecerá con la llegada del nuevo siglo y las vanguardias. Por el contrario, habrá autores modernos que regirán sus trabajos a partir de esta máxima, adaptada a los formalismos y técnicas pertinentes. Van Gogh quizá constituya uno de los primeros ejemplos de ello. Los artistas del siglo XX admiraron profundamente al pintor holandés por su empatía apasionada con el medio, es decir, por su capacidad para plasmar el mundo a través de él. Con ello, conseguía dotar de un carácter místico, casi religioso, cualquier escena o elemento de su obra, descargando así la ansiedad que le propiciaba su relación con el entorno y los misterios de la vida.

Mujer con vestido rojo. Edward Munch. 1902

Mujer con vestido rojo. Edward Munch. 1902

Una línea similar siguió Munch, quien añadió a su pintura una nota psicológica capaz de avivar interrogantes en el espectador sobre sus propias necesidades emocionales. Así, si observamos “Mujer con vestido rojo” podemos identificar una temática propiamente impresionista -un agradable paseo de domingo- pero tratada de manera muy distinta a “Mujer en el jardín”, de Monet. La figura de Munch, más que inmersa en el medio natural, se sitúa aislada de él. Su relación con el entorno resulta inquietante, creando un antagonismo que contrasta con la armonía de la obra del francés. La tensión que provoca la plasmación de la psicología interna de los personajes fue algo muy recurrente en Friedrich, quien conseguía alterar la mirada del observador con tan solo la disposición inesperada de una figura.

Tríptico central Rothko Chapel. Mark Rothko. Houston. 1966

Tríptico central Rothko Chapel. Mark Rothko. Houston. 1966

Esta línea de filosofía romántica del arte será también continuada por autores abstractos, cuyas obras pueden resultar a primera vista más disonantes que las anteriores. Así, Mark Rothko investigará, a través de sus campos de color, sobre el concepto de belleza romántico y la experiencia de lo sublime. El efecto emocional que ocasionan sus enormes lienzos monocromos tiende a relacionarse con la sensación de desbordamiento que emana de las escenas de fenómenos naturales extremos de Friedrich, que sitúan al espectador en el límite de su control sobre el medio.

Aunque generalmente se ha explicado este rasgo común como consecuencia del contacto directo de los autores modernos con obras del pasado, ha de darse igual relevancia a la afinidad de caracteres que presentaban estos artistas. Todos poseían una visión trágica del hombre: enfrentado a una naturaleza con poder sobrenatural y cuyo destino escapaba de su custodia. Por ello, buscaban una pintura ascética, capaz de expresar la vulnerabilidad humana, a la que podrían haber llegado incluso sin conocer el trabajo completo de sus precursores.

 

Vía| ROSENBLUM, Robert; La pintura moderna y la tradición del Romanticismo nórdico, Madrid, 1993.

Más información| Fundación Juan March 

Imagen| AbadíaMunchRothko

En QAH| El Romanticismo: nueva visión, nuevo comienzoMark Rothko o la pintura del sentimiento

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