Historia 


La percepción de la vida a través de Rembrandt

 

Y parecía que Rembrandt había hecho un pacto con la sempiterna decadencia humana para retratar su belleza más recóndita y oculta, tornando la decrepitud del ser humano en experiencia vital, el camino hacia el fin de la vida en aprendizaje y las cenizas en ejemplo fútil de vanagloria terrenal. El pintor flamenco vivió, pintó y murió en el siglo XVII pero la enseñanza que nos brindó bien podría extrapolarse hasta nuestros días, en los cuáles es necesaria una pizca de humanidad y aprecio por lo que realmente merece la pena pero que en ocasiones somos incapaces de ver: el tiempo que vemos que se nos escurre entre las manos sin nosotros poder evitarlo.

La preconcepción rembrandtiana de la belleza reformuló los cánones sociales de la época replanteando de nuevo el amor por el arte. ¿Qué era realmente bello? ¿Una escultura torneada por manos hábiles renacentistas? ¿La monumentalidad ingente y la grandilocuencia arquitectónica para demostrar la magnanimidad de Dios frente al hombre? Nada tan complicado. En la decrepitud progresiva del ser humano, en la herrumbre del alma, en la arruga, en la vejez; es donde la realidad aflora en toda su magnitud y grandilocuencia, tomando su verdadera forma. La vida en el siglo XVII era dura, como en épocas anteriores y como ocurriría en los tiempos que estaban por venir; parecía que era el momento de reivindicar la grandeza del hombre desde su base, siendo la humildad de la sociedad del momento la que se encargaría de dar vida a Rembrandt, siendo el pintor un mero narrador y vivificador de la sociedad de su era. Su pintura no adulteraba, acariciaba, no pretendía conquistar a un Dios supra-terrenal que parecía alejado de las gentes: el pintor creaba, alejado de elucubraciones etéreas divinas pero cercano a las enseñanzas bíblicas.

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Siguiendo con el ejemplo, Rembrandt fue uno de los pintores que más autorretratos se hizo a sí mismo, preocupándose de la evolución de su ser, enmarcando cada etapa de su vida en un lienzo que superase las barreras del tiempo. Lo vemos en su juventud, a mediada edad, con treinta y cuatro años y en la etapa final de su vida, con sesenta y tres, captando en las tres representaciones ciertos patrones que nos indican el momento por el que pasaba: en la primera, jovial e inexperto, nos muestra una faz con ansias de aprender pero al mismo tiempo, sintiendo algo de curiosidad por lo que estaba por llegar. A una mayor edad, ya asentado y en la plenitud de su vida, se le ve altanero, bien vestido, seguro de sí mismo, con una postura asentada que transmite seguridad en su persona. Por último, el final del camino y el valor de enfrentarse a la muerte; le vemos decaído, con ojeras, la postura otrora refulgente ahora se torna aletargada, de capa caída, demostrando que incluso habiendo estado en la cumbre, siempre se tiene que afrontar un final.

Rembrandt nos brinda en cada representación, en cada retrato, un soplo de vida que jamás volverá, haciéndonos ver que cada momento es único e irrepetible, haciendo que las expresiones latinas tempus fugit y carpe diem amartillen nuestra mente, evocando un sentimiento agridulce al observar sus obras, mezclándose el amor por la vida y los momentos que esta nos ofrece pero también teniendo presente el implacable paso del tiempo. Podríamos hacernos una pregunta llegados a este punto: ¿Y si viéramos la vida como Rembrandt? Nuestro modus vivendi ahora mismo se ve marcado por un ritmo de vida constante, sin silencios, teniendo mucho que hacer y poco tiempo para pensar, somos esclavos de la imagen, la publicidad, los inquebrantables juicios de valor que recibimos de  las personas, constantes y sin pausa; el día a día se nos ve salpicado de estrés y compases cambiantes, haciendo que no podamos percibir la belleza de la vida tal y como es: implacable y dura, pero bella, cautivante e irrepetible, dejándonos impertérritos y sin aliento a través de sus manifestaciones naturales, terrenales y en este caso, pictóricas.

meditando

Y como el pensador que retrató Rembrandt en su obra: Estudioso pensante, debemos pararnos a cavilar después de leer o de hacer algo relevante, sea lo que sea, ya que todo lo que hacemos puede ser que no sea ilustre para el conjunto del cosmos humano, pero sí para nosotros y nuestro pequeño mundo personal. La imagen nos evoca calma, transmitida por el sabio que embotado por una copiosa lectura, aparta su mirada del libro y piensa sobre él, evocando en su mente las ideas asimiladas, recibiendo al escrito dentro de su ser, añadiendo un nuevo saber en su interior y formándose con nuevas enseñanzas. Vemos que es anciano, la plenitud vital ha pasado y la negruzca oscuridad de las escaleras de caracol nos evoca un símil de nuevo entre la vida y la muerte. La existencia, como una retorcida escalera, comienza en un punto y acaba en otro, nuestro momento está iluminado, pero el porvenir conviene que siempre se tiña de claroscuros, siendo una de las grandes virtudes de ser mortales: la sorpresa de no saber que nos deparará el futuro y nosotros, como aquel joven Rembrandt que nos evocaba una mezcla entre curiosidad e inexperiencia, vamos tejiendo-como harían las parcas-nuestro destino; un camino plagado de interrogantes y experiencias que curten nuestro ser y lo hacen único y diferente al resto.

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Para finalizar, me gustaría mostrarles mi obra favorita del pintor flamenco: El hombre del casco dorado, el cual resume en este caso el corazón de lo expuesto hasta aquí. La obra fue pintada en 1650 cuando el arte holandés pasaba por su mejor momento siguiendo caminos paralelos con Rembrandt, que veía florecer su riqueza por doquier. Esta obra, representa a mi parecer y como ninguna otra, la concepción del orgullo humano a través del paso del tiempo. Vemos a un hombre anciano, con un profundo bigote y semblante serio, con el ceño fruncido; él parece “tocado por la ceniza”, a un paso del fin, sin embargo, su yelmo, reluciente como el primer día, nos deja entrever que aun cuando el hombre vislumbra la etapa final de su camino quiere aparentar o creer fervientemente que su vida ha tenido sentido, que ha sido bien vivida, atañéndonos a unos valores personales que modelan nuestro ser. El hombre del yelmo puede ser un espejo en el que mirarnos o evocarnos todo lo contrario, pero al contemplar dicha obra, no puedo sino pensar en la vida como un regalo que debe aprovecharse porque tarde o temprano, nosotros también estaremos puliendo un yelmo dorado.

 

En colaboración con QAH| Mundo Histórico

Vía| Alpers, Svetlana, El taller de Rembradnt: la libertad, la pintura y el dinero, Biblioteca Mondadori, Madrid, 1992 ; White, Christopher, Buvelot, Quentin, Rembrandt by himself, Yale University Press, London, 1999.

Más Información| Mannering, Douglas, El arte de Rembrandt, Ediciones Polígrafa, Barcelona, 1981.

Imágenes|  National Gallery de Londres

 

 

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