Cultura y Sociedad 


La otra cara de Bertín Osborne

 

“Tenéis un hijo que no tiene solución. Ni oirá, ni verá ni andará nunca. Probablemente no vivirá más de dos años. Cualquier cosa que os digan para daros esperanza de su recuperación es mentira. Nadie os va a ayudar, nadie va a recuperar a vuestro hijo. Y si en esos pocos años que va a vivir tiene una crisis, no os hagáis los héroes y dejad que se vaya”.

Esto es literalmente lo que le dijo un pediatra a Bertín Osborne un día después de que su hijo Kike naciera con una lesión cerebral causada por la listeria, una bacteria que en una mujer normal no se distingue de una gripe pero en el caso de ser contraída por una embarazada, además de infectar al feto puede ocasionar aborto espontáneo o, como en el caso de Kike, nacimiento prematuro. A él le provocó septicemia y dos hemorragias cerebrales, hechos que derivaron en un estado casi vegetativo.

Después de esas palabras aparece el punto de inflexión de esta historia, sin el cual no tendría la repercusión que ha tenido. Bertín no se resignó y asumió que lo que aquel pediatra le había contado era mentira y que iba a hacer lo que fuera para que Kike saliera adelante.

Bertín con Kike, acompañado de Fabiola y su otro hijo, Carlos

Bertín con Kike, acompañado de Fabiola y su otro hijo, Carlos

Dicho y hecho. Al día siguiente su mujer Fabiola encontró un instituto en Estados Unidos que llevaba 55 años dedicados específicamente al tratamiento de lesiones cerebrales. El plan de trabajo de este centro es el siguiente: se enseña a los padres lo que tienen que hacer con sus hijos, porque no hay mejor médico que un padre y una madre y además no habría dinero en la Seguridad Social capaz de pagar una asistencia de tal envergadura, ya que la terapia dura unas 8-10 horas al día, durante todo el año. Imparten 6 cursos repartidos en tres años (2 cada año). El montante final es de alrededor 3000-4000 € por curso, haciendo un total de 18.000-24.000 € al final del programa.

Una de las quejas de Bertín Osborne es que la Administración no sufrague estos cursos y, en lugar de ello, se encargue de dar asistencia a los lesionados cerebrales durante toda su vida, cuando se ha demostrado que es infinitamente más efectiva y más barata la primera opción.

Otra de las quejas es la desinformación que existe en la sanidad española en este aspecto. No sólo por el ejemplo del pediatra, sino también por las soluciones para tratar las convulsiones de su hijo. Para ello simplemente se receta una pastilla. Evidentemente eso frena las convulsiones, pero los efectos secundarios son desastrosos. Afecta al hígado del paciente, crea adicción y lo deja atontado todo el día.

En este centro de EE.UU. no se busca aliviar los síntomas sino buscar el origen del problema y darle solución. Algo tan simple como una bolsa de plástico atada a una cuerda tapando la boca y la nariz de Kike fue suficiente para que dejara de tener convulsiones (ocurrían porque no llegaba suficiente oxígeno al cerebro). Pero, ¿cómo es posible que algo tan de andar por casa pueda curar algo tan grave y aparatoso? Cuando se le pone la bolsa a modo de mascarilla empieza respirando oxígeno y espirando CO2. A la cuarta inspiración no hay oxígeno en la bolsa, sólo CO2. El CO2 actúa como vasodilatador y después de un par de respiraciones se le quita la bolsa. El oxígeno que ahora respira le llega directamente al cerebro, y esto es lo que posibilita la desaparición de las convulsiones. El resultado es espectacular, ya que además el niño está activo todo el día para llevar a cabo su tratamiento.

A consecuencia de todos estos esfuerzos se pasó de dar por perdido a su Kike a que actualmente logre hablar y gatear, y se espera que en un futuro próximo pueda caminar. Bertín, además, creó la Fundación Bertín Osborne, con el objetivo de informar y ayudar a las familias que atraviesan una situación similar a la suya.

Esta historia es el ejemplo de que por muy mal que estén las cosas, hay dos formas de afrontarlas: resignarse y lamentarse por las desgracias que uno tiene que vivir o coger el toro por los cuernos y ver el lado positivo, no rendirse y luchar por lo que uno más quiere. Como dice el dicho: “la vida te da unas cartas. No puedes elegirlas pero sí cómo jugarlas”.

 

 

Imagen| Bertín Osborne, familia Bertín Osborne

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