Especial II Guerra Mundial, Historia 


La ocupación japonesa de China

A diferencia de lo que había venido sucediendo en China desde finales del siglo XIX, Japón consiguió conservar su autonomía frente a la injerencia de las potencias occidentales, llevando a cabo un exitoso programa de modernización desde los inicios de la restauración Meiji a finales del siglo XIX. La Primera Guerra Sino-Japonesa (1894-1895) dejó en evidencia la debilidad del estado Qing frente a la modernizada potencia de Japón, que superaba así a la que había sido la nación más poderosa de la región a lo largo de la historia. Las aspiraciones imperialistas niponas chocarían con la expansión rusa hacia el este, dando lugar a la Guerra Ruso-Japonesa (1904-1905) cuya victoria supondría la definitiva constatación del poderío de una nueva potencia de origen asiático en pie de igualdad con las occidentales. El Imperio Japonés se expandió territorialmente en sendas guerras, consiguiendo en primer lugar el control de la península de Liaodong, las islas Pescadores, Taiwán y un protectorado sobre Corea; posteriormente, conseguiría la potestad sobre la isla de Sajalín y su propia área de influencia en el territorio de Manchuria.

Mutsuhito, emperador de la nueva era Meiji.

No obstante, la economía de esta nueva potencia industrial sufriría enormes fluctuaciones. Durante la Primera Guerra mundial experimentaría un crecimiento sin precedentes, sumándose además al expolio de China junto con el resto de potencias por medio de privilegios comerciales establecidos en el Tratado de Versalles. Sin embargo, los años de reajuste y reconversión de la posguerra se unieron con los efectos de la Gran Depresión, saldándose en una destitución del gobierno civil que había dirigido el país desde la restauración imperial. Los nuevos grupos en el poder, encabezados por militares originarios de la antigua aristocracia, establecieron un gobierno de corte totalitario centrado cada vez más en el ejército y la expansión. La conquista de nuevos territorios buscaba crear un imperio colonial propio que abasteciera de materias primas a la industria japonesa. En el caso de China, la expansión se llevaría a cabo desde el estado vasallo creado en el territorio de Manchuria, dando lugar al estallido de la Segunda Guerra Sino-Japonesa en 1937. Este conflicto se imbricaría dentro de la Segunda Guerra Mundial y en la denominada Guerra de Liberación entre los nacionalistas del Kuomintang y los comunistas de Mao.

Esta nueva etapa de conflictos agravó la militarización de la sociedad y recrudeció de la ideología del Imperio Japonés. Antiguos sectores tradicionales de la sociedad, descendientes de las antiguas aristocracias de origen guerrero, recuperaron e integraron la doctrina del bushido en este nuevo ideario estatal. El estado japonés fue radicalizando su discurso en un pensamiento cada vez más castrense y belicista. Emulando la doctrina de la Alemania nazi, en Japón se desarrolló asimismo una ideología basada en la superioridad racial de la cultura y el pueblo japoneses frente al resto de naciones asiáticas. En los territorios ocupados esto se tradujo en una política de “niponización”, desterrando elementos culturales tradicionales por la doctrina e incluso el idioma del Imperio Japonés.

Estudiantes al frente del Palacio del Gobernador en 1937.

Con todo, la ocupación japonesa ciertamente mostró comportamientos muy diferentes en distintos territorios. En Taiwán, territorio tempranamente anexionado al dominio japonés, el autoritarismo y la represión tendieron hacia la normalización a medida que el gobierno se estabilizaba y se imbricaba con la sociedad local. A pesar del recrudecimiento ideológico que trajo consigo el desarrollo de la guerra, bien es cierto que en la antigua isla de Formosa, la ocupación japonesa trajo consigo la primera modernización, construcción de infraestructuras y formación de élites en un sistema radicalmente diferente al tradicional. Aun existiendo movimientos internos opuestos al dominio colonial extranjero, la ocupación japonesa en también contó con un nutrido número de colaboradores locales que serían los referentes para las futuras reconversiones del país.

Víctimas de la Masacre de Nankín en la ribera del río Yangtze.

En lo referido a los enfrentamientos militares más tardíos nos encontramos con ejemplos radicalmente opuestos. Conforme la guerra iba desarrollándose y el ejército iba sufriendo más bajas, la doctrina belicista del ejército se fue radicalizando, fomentando una la obediencia ciega, el fanatismo patriótico y la superioridad racial japonesa. El gobierno imperial llegaría incluso a suspender las garantías internacionales referidas al trato de prisioneros y la actuación del ejército en la guerra. En la conquista de China esto se plasmó en episodios en los que el ejército se mostró inmisericorde y brutal con la población civil. Uno de los ejemplos más señalados es la masacre de Nankín. El 13 de diciembre de 1937 ese mismo año, luego de la caída de la ciudad, el ejército llevó a cabo una cruenta persecución de militares y civiles. El cómputo de víctimas – actualmente se estima entre las 200.000 y 300.000 víctimas civiles – y las atrocidades perpetradas por el ejército fueron objeto por entonces de denuncia por parte de la comunidad internacional, y serían juzgadas tras la guerra como un crimen contra la humanidad. Sin embargo no fue el único caso, y el avance en el territorio se saldaría con nuevos episodios de barbarie.

La expulsión de los japoneses tras su rendición ante los Aliados el 2 de septiembre de 1945 no se tradujo, sin embargo, en una normalización del territorio. En China, el conflicto civil entre el Partido Comunista y el gobierno nacionalista del Kuomintang continuaría hasta 1949. Tras su derrota definitiva, los restos del ejército nacionalista se retirarían a la isla de Taiwán, que se proclamaría sede provisional de la República de China. El gobierno del Kuomintang establecería un represivo gobierno que pronto entró en conflicto con la mucho más moderna y desarrollada sociedad colonial. En el caso del territorio continental, la estructura industrial asentada durante la ocupación japonesa y la sociedad colonial hubieron de acomodarse, al igual que en muchos otros territorios de China, a la nueva realidad maoísta y los episodios de profunda transformación interna.

En ambos casos, el desarrollo de gobiernos rupturistas – en un caso por el giro hacia el maoísmo, en el otro por su identificación con una realidad china ajena a la tradición de la isla – motivaron el desarrollo de una lectura eminentemente negativa del pasado japonés. Con el paso de los años, el desarrollo de una sociedad democrática y un acercamiento económico ha permitido suavizar las relaciones entre Taiwán y Japón, y el pasado colonial en Taiwán ha sufrido ciertamente numerosas revisiones en pos de una mayor objetividad. Por el contrario, los enfrentamientos entre China y Japón motivan continuas revisiones interesadas por ambas partes, buscando maximizar o minimizar el alcance de los agravios y la responsabilidad por los actos cometidos. Ciertamente, la historia de la ocupación japonesa de China sigue estando en debate y lo seguirá estando hasta que las disputas políticas no permitan que el pasado quede en el pasado.

 

Vía|FAIRBANK, J., Historia de la China. Siglos XIX y XX, Madrid, Tecnos, 1990.

BEASLEY, W.G., Historia contemporánea del Japón, Madrid, Alianza, 1995.

Imágenes| Mutsuhito; Estudiantes; Masacre de Nankín

En QAH| Especial 70 aniversario del final de la Segunda Guerra Mundial 

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