Cultura y Sociedad 


La obsesión de Hitchcock por las rubias

Alfred Hitchcock, el “mago del suspense”, ha pasado a la Historia del Cine por dirigir algunas de las películas más impactantes de todos los tiempos; algunas de ellas llegan incluso a helar la sangre con sus tramas inquietantes y sus escenas cuidadas hasta el extremo.

En gran parte de su filmografía son recurrentes los falsos culpables, las madres posesivas y controladoras y los personajes débiles y atormentados; a todo esto habría que sumarle algo clave para comprender al director británico: su obsesión por las actrices rubias.

Podríamos pensar que esto es normal en un ámbito anglosajón, pero el propio Hitchcock llegó a decir que ese color de pelo era una especie de fantasía erótica. Llegó a decir que un tipo de rubia como el de Marilyn Monroe no le interesaba, ya que llevaban el sexo colgado como una joya.

Aunque pasaron muchas por delante de su objetivo, tres fueron las que más le marcaron: Ingrid Bergman, Grace Kelly y Tippi Hedren.

La primera era de origen sueco y supo reflejar en sus papeles la frialdad nórdica que tanto atraía al cineasta. Sus personajes en Recuerda (1945), Encadenados (1946) y Atormentada (1949) son todo un mosaico de heroínas que han de hacer frente a un destino incierto, ya sea a través del psicoanálisis en la primera, infiltrándose en un grupo de nazis amigos de su padre o en un drama de época en la última de las películas, creada en color especialmente para lucimiento de la bella Bergman, la cual se enamoró perdidamente de Roberto Rossellini y se fugó con él a Italia, dejando plantado a su marido y destrozando los proyectos del genial director. Sin embargo, siguieron siendo amigos y ella estuvo junto a él en sus últimos años de vida.

Tras probar con otras actrices de manera errática y tiñendo a aquellas que tenían la desgracia de no ser rubias, llegó a conocer a la que sería su diosa: Grace Kelly, quien actuó en tres películas: Crimen perfecto y La ventana indiscreta (ambas de 1954) y Atrapa a un ladrón (1955). La elegante y bellísima actriz supo zafarse de una media que la estrangulaba gracias a unas tijeras en la primera; en la segunda de las películas ayudaba a su aburrido y convaleciente novio a esclarecer un misterio en el patio de vecinos y en la tercera era ella misma, una joven rica, elegante e independiente que, curiosamente, amaba la velocidad al volante en la misma carretera donde luego acabó su vida. En este caso fue el príncipe Rainiero de Mónaco quien al casarse la retiró del cine para que se dedicara por completo al papel de princesa feliz, dejando en la estacada a Hitchcock.

Abandonado por segunda vez, mató a una rubia (Janet Leigh) en una ducha que pasará a la historia, pero eso no le bastaba, así que en 1963 eligió a Tippi Hedren, madre de Melanie Griffith, para que protagonizara Los Pájaros. El viejo director se encaprichó en exceso con la actriz y quiso pasar al plano real su platónico amor por las rubias. Para ello acosó en su camerino a la actriz, le puso un detective que la vigilaba, la trataba mal en el rodaje e incluso mando a la pequeña Melanie una muñeca que se parecía a su madre metida en un ataúd como regalo. Como colofón, en la escena final de la película, lanzó sobre la actriz pájaros reales atados con cuerdas para darle mayor realismo a la toma; la pobre protagonista estuvo a punto de perder un ojo y tuvo que ser hospitalizada. El resultado fue una obra maestra.

En resumen, amor platónico, obsesión y necesidades del guión hicieron de las rubias de Hitchcock una de sus señas de identidad, uno de los pilares maestros de su cine y un elemento que siempre perturba cada vez que se las ve atravesar la pantalla.

Vía| El armario secreto de Hitchcock, Boris Izaguirre

Más información| Alfred Hitchcock, José Luis Castro de Paz, Hitchcock.comuf

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