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La mundialización de la indiferencia

 

Nos encontramos inmersos en una auténtica bomba de información, hoy en día cualquier dato, gran acontecimiento o trivial noticia llegan a todo oído en cuestión de un plazo tan efímero de tiempo que no somos capaces de percibirlo, esto puede resultar muy positivo, puesto que da la impresión de que todos estamos conectados, pero la cuestión es hasta qué punto podemos hablar de una conexión real entre seres humanos.

La gran sensibilización hacia la realidad a la que nos vemos sometidos, nos envía un contenido mal administrado, se trata de un proceso en el que tras una dósis tras otra, nuestra mente se inmuniza y es partícipe de sucesos que resultan absolutamente normales cuando es protagonista el dolor ajeno.

Y es que el dolor ajeno, puede mostrarse con muchas caras, pero sólo una puede ser con la que lo recibamos y no puede ser esa, la de la indiferencia, elemento humano intrínseco a nuestra defensa propia.

No planteemos situaciones que puedan parecer  remotas, aunque no significa que lo sean, como pueden ser el conflicto sirio, la situación actual de Turquía o Egipto o la desesperación que a muchos lleva jugarse la vida para llegar a un país que quizás ya no tenga nada que ofrecerles.

La mundialización de la indiferenciaLa desgarradora apatía con la que contemplamos día a día como la dignidad humana merma a pasos agigantados, nos ha hecho presos de una normalidad conformista y contraria a la empatía, que toda persona debe desarrollar y saber proyectar hacia uno mismo.

En nuestra propia conciencia, comienza el proceso en el que conocemos, sentimos y actuamos conforme a ella y nunca es tarde para no aceptar que las desgracias frecuentes no significan que sean justas o tan siquiera legítimas y que pensar más a menudo en lo que nos rodea y el modo de cambiarlo para que el valor de cada persona se haga palpable en nuestra historia.

Es hora de agitar los corazones, porque quién obra puede equivocarse, pero quién no hace nada ya está equivocado, citando a Santiago Alberione.

Porque nadie se merece ser nadie, recordemos a aquellos que lo merecen, cuando la esperanza parece haber sido olvidada.

Los nadies. Eduardo Galeano.

Sueñan las pulgas con comprarse un perro y sueñan los nadies con salir de pobres, que algún mágico día llueva de pronto la buena suerte, que llueva a cántaros la buena suerte; pero la buena suerte no llueve ayer, ni hoy, ni mañana, ni nunca, ni en lloviznita cae del cielo la buena suerte, por mucho que los nadies la llamen y aunque les pique la mano izquierda, o se levanten con el pie derecho, o empiecen el año cambiando de escoba.

Los nadies: los hijos de los nadies, los dueños de nada.

Los nadies: los ningunos, los ninguneados, corriendo la liebre, muriendo la vida, jodidos, rejodidos:

Que no son, aunque sean.

Que no hablan idiomas, sino dialectos.

Que no profesan religiones, sino supersticiones.

Que no hacen arte, sino artesanía.

Que no practican cultura, sino folklore.

Que no son seres humanos, sino recursos humanos.

Que no tienen cara, sino brazos.

Que no tienen nombre, sino número.

Que no figuran en la historia universal, sino en la crónica roja de la prensa local.

Los nadies, que cuestan menos que la bala que los mata.

 

Vía| Declaración Universal de Derechos Humanos

Imagen| Conciencia

Video| Youtube: Los Nadies, Eduardo Galeano

En QAH| Trending topic: Globalización, ¿Tendemos a la Homogeneización Cultural?, Los esclavos del siglo XXI, Conflictos olvidados del mundo.

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