Historia 


La Mujer Griega en Época clásica (I)

 

Es sabido que hay un desplazamiento social de la mujer en todas las sociedades históricas, y la griega no es la excepción. Una de sus ciudades más destacadas historiográficamente ha sido Atenas y es donde mejor se pueden apreciar las diferencias sociales a este respecto.

Kilix de Comacchio hacia el 450 a. C. con detalle de dos mujeres

Kilix de Comacchio hacia el 450 a. C. con detalle de dos mujeres

La Atenas Clásica es inferior social, política y jurídicamente que el hombre. En el mundo griego la mujer era dependiente de un varón, ya fuese el padre, el tutor legal o el esposo, y por tanto no podía ejercer sus derechos. Solón, el gran legislador ateniense, fue quien en el siglo VI a. C. elaboró leyes de carácter totalmente misógino, como lo era la sociedad de su época; su objetivo principal era eliminar las disputas internas de los varones causadas por las mujeres. De esta manera, la mujer quedó totalmente recluida en el ámbito hogareño y su influencia notablemente limitada.

Las mujeres no podían ocupar cargos administrativos o ejecutivos, ni derecho político de ningún tipo. Por lo tanto no podía votar en la Eklesía, ni acudir a sus reuniones, con lo que no tenía ni voz ni voto. No eran consideradas ciudadanas (politai) sino astai, es decir, que gozaban de ciertos derechos religiosos, económicos y legales, pero no eran ciudadanos. Su situación, por tanto, era muy parecida a la de los niños, porque eran necesarios para el Estado, pero no eran ciudadanos. Esta situación queda reflejada en la Lisístrata de Aristófanes:

«Aunque la democracia necesita de ellas, son excluidas de sus instituciones y aunque después del 451 se les asigna un importante papel en la transmisión de derechos de ciudadanía, ellas mismas no pueden disfrutar de muchos de los privilegios de ser ciudadano».

A pesar de no ser ciudadana tenía una obligación para con el Estado: dar a luz a los futuros ciudadanos y herederos del oikos. Esta era la función principal de la mujer, y el fin último del matrimonio. Una mujer no era considerada responsable de sus propias acciones, ni era legalmente competente. No podía entrar en una transacción económica superior a un medimno de cebada (el equivalente al alimento de una familia durante una semana). En aquellas familias en las que no había un heredero directo, las hijas nunca podían heredar, pero podían llegar a ser las responsables, con su propia persona, de transmitir la propiedad familiar a otro varón, que sería su marido y, posteriormente, a sus hijos. Estas mujeres recibían el nombre de epikleros (integradas en la propiedad familiar). Una rica epiclera era muy codiciada, y solía tener multitud de pretendientes.

En Atenas no era normal que una mujer fuera independiente, que no tuviera tutor, excepto el caso de las mujeres extrajeras (metecas), que podían estar solas en Atenas y tutelarse a sí mismas. A pesar de ello, debería tener su propio representante antes las instituciones (prostatai), quien sería su representante en los asuntos legales.

A principios del siglo VI a. C., Solón introdujo leyes que tenían efectos represivos sobre las mujeres, y puso límites a sus ajuares y a sus apariciones en funerales, incluso medidas para controlar su comportamiento sexual y todo ello con vistas a la supervivencia del oikos o unidad familiar. Así la mujer se veía sometida a una doble subordinación, la de la familia y la del Estado.

loutrophoroi, unas vasijas depositadas sobre los difuntos donde la joven es representada vestida de novia.

loutrophoroi, unas vasijas depositadas sobre los difuntos donde la joven es representada vestida de novia.

En cuanto al matrimonio y la maternidad, era el objetivo que toda mujer ateniense debía tener. Aquellas que morían antes de conseguirlo, no cumplían con su deber, y era objeto de lamentación. Era deber del pariente más cercano desposar a la “heredera”, para que así el patrimonio familiar no se viera traspasado a otra familia. Matrimonios con mucha diferencia de edad es lo que más resulta de esta táctica legal. En este sentido, la diferencia de edad no impedía el matrimonio, a no ser que fuera un impedimento para engendrar a un nuevo heredero.

Su kirios o tutor era normalmente su padre, y después del matrimonio pasaba a ser responsabilidad de su esposo. Por tanto, el matrimonio es, en realidad, un acuerdo o contrato entre dos hombres, una engye, sin que la mujer tuviera oportunidad de elección, y cuya corroboración era la dote, que era equivalente al estatus económico del padre. La dote debía permanecer intacta, no se podía disponer legalmente de ella, y sólo podía ser utilizada para el mantenimiento de la mujer. Además de su dote, la novia también iba acompañada de un ajuar, que permanecía en propiedad de la esposa, y del cual sabemos que Solón limitó a sólo tres vestidos y algunos abalorios de poco valor. En la noche de bodas, la novia tomaba un fruto con muchas semillas, simbolizando los deseos de fertilidad de las parejas (como el acto de arrojar arroz a los recién casados que se practica hoy en día). Lo ideal en un matrimonio es que la novia tuviera catorce años de edad, por la exigencia de que la novia fuera virgen y por la creencia de que las jóvenes eran lujuriosas, además de que siendo tan jóvenes su carácter podría ser más fácilmente amoldable al del esposo, el cual rondaría la treintena. A todo ello se le une que ésta es la edad promedio de la menstruación. Esta diferencia de edad generaba más un sentimiento paternanista que de amor o amistad.

Por otro lado, el divorcio no era muy difícil de obtener en la Atenas Clásica, y mucha gente recurría a él. Podían recurrir a él tanto hombres como mujeres, aunque en el caso de éstas últimas necesitaba de la actuación de otro varón para que ejerza su derecho. Sabemos que el caso era llevado ante el arconte, y sólo se conocen tres casos en los que se produce por iniciativa femenina: dos son del siglo IV a.C. y el tercero es una excepción a la regla porque la mujer consiguió su objetivo sin ayuda masculina. Sabemos además por las fuentes que Hipáreta, esposa de Alcibíades, trató de divorciarse sola y sin conseguir su objetivo. Después del divorcio, el marido estaba obligado a devolver la dote, pues gracias a ella la mujer podría optar por un nuevo marido. En estos casos de divorcio, el kirios de la novia podía demandar al esposo la devolución de la dote, con un interés del 18%. El divorcio también podía ser pedido por los familiares de la novia (por motivos o intereses económicos), y por el novio en caso de infidelidad. El adulterio era por supuesto un delito en el caso femenino, ya que de ese acto podría resultar un hijo ilegítimo, o la ignorancia en la paternidad del supuesto hijo legítimo. Es curioso que en estos casos el varón fuera siempre declarado el culpable, ya que se consideraba la parte activa.

Todo el conocimiento que tenemos sobre el mundo femenino proviene de fuentes masculinas, en su gran mayoría misógina y es por ellos que nunca seremos capaces de conocer su realidad cotidiana al cien por cien.

 

Vía|S. B. POMEROY, diosas, rameras, esposas y esclavas. Mujeres en la Antigüedad clásica, 1990. A. IRIARTE GOÑI, De amazonas a ciudadanos. Pretexto ginecocrático y patriarcado en la Antigua Grecia, 2002.

Imágenes|kilix; Loutrophoros.

En QAH|Moda en la Antigua Grecia; Friné, cortesana y modelo en la Antigua Grecia; Deporte y culto al cuerpo

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