Historia 


La Memoria del Horror

Treblinka, Sobibor, Sachsenhausen, Ravensbrück, Plaszow, Mauthausen, Majdanek, Dachau, Chelmno, Buchenwald, Bergen-Belsen, Belzec…y aunque el terrible elenco sigue y sigue y sigue, la sola mención de un nombre funciona como sinécdoque de la mayor cicatriz de la Historia de la Humanidad: Auschwitz.

La germanización del polaco Oświęcim, carga con la ignominiosa lacra de ser el campo de concentración y exterminio más grande de cuantos creó el poder nazi.

Inaugurado a mediados de 1940, su primer objetivo fue dar salida a los prisioneros que abarrotaban las cárceles polacas. Desde la invasión de 1939, a todos los opuestos al régimen o que por su condiciónracial, religiosa, sexual, etc.- resultaban ‘inaceptables’ en la nueva Europa ocupada, les esperaba la deportación y una condena sine die a trabajos forzados en las fábricas o minas que iban creciendo en el entorno al calor de la mano de obra esclava.

A partir de 1941 el campo primigenio tuvo a metastatizarse para dar cabida a las cada vez más numerosas oleadas de confinados. Su satélite más conocido, Birkenau (Brzezinka, en polaco; Tártaro, en todas las lenguas), en cuyo lúgubre apogeo se hacinarían más de 100.000 personas, sería el lugar de las conocidas cámaras de gas y crematorios principales. Un año después, tras la Conferencia de Wannsee -donde se halló la ‘Solución Final’ para la ‘Cuestion Judía’-, esta fábrica de muerte, tan germánicamente organizada, comenzaría a recibir el envío masivo de hebreos para desarrollar su programa de exterminio total.

Enlatados en trenes de ganado desde sus remotos orígenes, los deportados que habían sobrevivido al viaje (tras las penalidades del gueto) se apeaban para su selección. A gritos –Los!, Schnell!– y golpes -de bastón, porra, látigo o culata-, las SS formaban dos grupos. Los condenados a muerte, a la izquierda: niños, enfermos, ancianos y todos los improductivos cuyas menguadas fuerzas fuesen inútiles para la industria del Reich. Estos, eran conducidos como reses a un falso vestuario donde debían despojarse de sus exiguas pertenencias. Tras ello pasaban a una gran sala con duchas bajo el pretexto de su desinfección…literalmente, ya que sería aquí -en las cámaras de gas camufladas- donde fueron asesinados con Zyklon B, un desparasitador a base de cianuro. La agónica muerte de cientos de personas sobrevenía poco después de que se defecasen encima, mientras alguien les observaba desde una morbosa mirilla. Era cuestión de pocos minutos. Acto seguido, miembros de Sonderkommando transportaban los cadáveres al crematorio no sin antes raparles el cabello -con él se hacía fieltro y bombas de explosión retardada- y arrancarles con tenazas el oro de la boca. Las chimeneas de Birkenau escupían llamas y humo negro como un volcán, impregnando el ambiente del acre hedor a carne quemada. Toneladas de cenizas, que dejaban un tétrico manto donde se posaban, eran arrojadas al Vístula o aprovechadas para fertilizar los campos de coles…que los prisioneros tomaban en la sopa. En el momento álgido del campo, cuando los hornos no daban abasto, se abrieron grandes fosas donde miles de cadáveres ardían en piras (al ser también insuficientes las cámaras de gas, se despachaba a los deportados con un tiro en la nuca al borde del ardiente abismo en la que algunos todavía caían vivos). Un rojo fulgor reverberaba en la oscura noche de Auschwitz. Eso era el Infierno, con mayúscula. Esto, el Holocausto.

Los deportados que superaban la selección, a los que el Lagerführer les daba la bienvenida indicando que su única salida era la chimenea, pronto descubrirían que las espeluznantes condiciones del campo hacían preferible la muerte y la posibilidad de arrojarse contra la alambrada electrificada representaba una caritativa salvación. Para los nazis los prisioneros eran esclavos fungibles. Su condena no dejaba de ser otra forma de fallecimiento paulatino y deshumanizador desde el momento en el que dejaban de ser personas para convertirse en un números esquilados y vestidos a rayas, apretujados de noche en las frías barracas infestas donde la sarna o la disentería estaban a la orden del día.

Arbeit Macht Frei (entrada a Auschwitz I)

El sarcástico letrero de bienvenida a Auschwitch, ‘Arbeit Macht Frei’ (El trabajo libera), es uno de los iconos de este emblema del Holocausto. Los esclavos atravesaban cada día esta puerta para dirigirse a sus trabajos, al irónico son de la orquesta del campo. Muchos hubieron de aprenderse la funesta canción “Im Lager Auschwitz war ich zwar” (En el campo de Auschwitz estuve una vez).

En Auschwitz, donde todo era a voces y para antes de ayer, el horror campaba a sus anchas. Allí se reacuñaron los términos crueldad, malicia, perversidad y sadismo (a partir de los testimonios de estos pagos germinará la idea de la indiferencia y ‘banalidad del mal’ que desarrollaría Hannah Arendt en su polémico escrito). Los caquéxicos condenados a trabajos forzados padecían a diario la presión constante del miedo a la draconiana ‘ley’ del campo impuesta por los alcoholizados verdugos de las SS y los kapos -criminales elegidos entre lo peor de cada presidio- que colaboraban con los nazis a cambio de algunos beneficios. La humillación y las agresiones sin ninguna justificación eran normales. La muerte, pública y gratuita (allí inventaron una versión macabra de Guillermo Tell sustituyendo la manzana por un cigarro en la boca del prisionero).

Pero todavía hay más, por supuesto. Dentro de este Infierno, existía un estrato aún más bajo y terrible constituido por dos bloques acotados con respecto al resto. En el nº 11, gestionado por la Gestapo, estaba la cárcel del campo -que ya es decir mucho-, donde los condenados penaban a la espera del paripé de un juicio sumarísimo cuya ‘mejor’ sentencia era el paredón, dado que también se contemplaba la muerte en la horca, por refinadas torturas o inanición. El contiguo -nº 10- es quizá más célebre por su administrador, el Hauptsturmführer-SS Josef Mengele, también conocido como el ‘Doctor Muerte’ (por antifrástico que sea, lo de llamarle ‘Ángel’ me parece tan desacertado como el que una iluminada llame a los nazis ‘Genios’, aunque sea de la Maldad). En este ‘hospital’ se llevaban a cabo las investigaciones genéticas en pos de la mejora de la raza aria y la demostración ‘científica’ de la degeneración de las otras. Para las cobayas humanas con las que experimentaba, el pinchazo de ácido fénico en el corazón resultaba un acto de piedad.

Pasados unos meses, los asténicos supervivientes -cuya voluntad de vida había sido plenamente socavada hasta la dócil sumisión- eran conducidos a las cámaras de gas. Una nueva tanda les sustituiría en sus penurias. Cuerpos y almas destruidas se doblegaban con resignación a la muerte como pasivos corderos llevados al matadero.

Hacia noviembre de 1944 se dio la orden de parar el genocidio y desmantelar la infraestructura criminal para eliminar las pruebas de lo sucedido. Aun así, allí, prosiguieron algunas matanzas. El 18 de enero de 1945, con los rusos ya muy cerca, los 60.000 prisioneros que aún podían andar comenzaron la terrible ‘Marcha de la Muerte’ hacia otros campos del Oeste. 10.000 se helaron o murieron de un tiro en la cabeza. Cuando los soviéticos entraron en el campo se encontraron unos 7.000 andrajosos esqueletos que, milagrosamente, aún respiraban: eran personas con menos de 30 kilos.

Dios no estuvo entre los pucheros de Auschwitz. Más de un millón de personas -el 90%, del pueblo elegido- murieron en este campo de exterminio, convirtiéndolo, de facto, en el mayor cementerio del mundo. La vil trapacería torticera del negacionismo, en algunos países civilizados, hoy día es un delito perseguido. Creo que, paradójicamente, el último muerto de este sitio fue un nazi de tomo, lomo y galones: Rudolf Höss. El Comandante del lugar durante los primeros tres años fue llevado al patíbulo del campo para ser ahorcado, de cara a la obra de su vida. Antes de morir en 1947 escribió una autobiografía (para los estómagos fuertes, no tiene desperdicio) cuya última frase dice así: “Nunca comprenderán que yo también tenía corazón”.

No sabemos qué habría ocurrido si los nazis hubiesen empleado todos los recursos que destinaban al Holocausto para fines bélicos. Jamás seremos capaces de comprender -por mucho que leamos, o veamos- cómo fue, realmente, la experiencia de vivir en un campo de exterminio como este. Lo que sí es seguro es que Auschwitz es un problema de toda la Humanidad y es nuestra responsabilidad que las víctimas de lo allí sucedido no caigan en el olvido.

Birkenau, entrada principal y vías de tren 2

Vías de los ‘Trenes de la Muerte’, al fondo la entrada principal de Birkenau (Auschwitz-II). En todo el campo nunca faltan flores y velas depositadas en memoria de los asesinados.

Pese a la gran riqueza en improperios que tiene nuestra lengua, comúnmente se recurre demasiado a la ligera al apelativo nazi como insulto supremo a la hora de denigrar al alguien (generalmente, figuras que por alguna razón están en el candelero). Cualquier paralelismo -ora un tren de mujeres en favor del aborto, ora un médico que practicó la eutanasia- está muy mal traído a colación cuando se les parangona con los nacionalsocialistas alemanes. Lean, señores, lean -por ejemplo, las esclarecedoras 2.700 páginas de Richard J. Evans sobre el Tercer Reich-, para saber quiénes fueron y qué no es un nazi, porque quizá siga siendo ‘mejor’ mentar a terceros si no se tienen otros recursos.

Desde hace diez años, el 27 de enero -fecha en la que el ejército soviético ‘liberó’ Auschwitz en 1945– se conmemora el Día Internacional en Memoria de las Víctimas del Holocausto. Así lo estipularon las Naciones Unidas en su resolución 60/7, donde también se condenan “sin reservas todas las manifestaciones de intolerancia religiosa, incitación, acoso o violencia contra personas o comunidades basadas en el origen étnico o las creencias religiosas, dondequiera que tengan lugar”. A pocas semanas del septuagésimo aniversario, leemos que en la hipercivilizada Alemania miles de manifestantes se echan a la calle para protestar en contra de la islamización de Occidente mientras corean la vieja consigna Wir sind das Wolk (Nosotros somos el Pueblo). Populismo, xenofobia y extrema derecha… ¿¡de nuevo!? Primo Levi, que vivió en sus magras carnes el horror de Auschwitz, cuando fue inquirido sobre la posibilidad de que algo ‘así’ pudiera repetirse, contestó: “Todo reaparece bajo nuevas formas, nada muere por completo”. Esperamos que, por una vez, este viejo mantra humano no sea cierto…

Vía| Este artículo surge tras la lectura de los libros de NYISZLI, M., Fui el asistente del doctor Mengele, Oświęcim, 2011 y SOBOLEWICZ, T., He sobrevivido para contarlo, Oświęcim, 2013, que los hermanos Fernández Docio me regalaron tras su viaje a Auschwitz (aprovecho la presente para volver a darles las gracias). También he utilizado para documentarme las obras breves de SMOLEN, K., Auschwitz-Birkenau. Guía, Oświęcim, 1998; SOLAR CUBILLAS, D., “El infierno de Hitler. Auschwitz”, La Aventura de la Historia, nº 50, 2002. Págs. 22-33.

Más información| Con motivo del LXX Aniversario de la Liberación del campo, se ha creado un tour virtual por el mismo que nos permite a los internautas darnos ‘una vuelta’ -sombría, eso sí- desde la calurosa comodidad de nuestros despachos, protegidos por la pantalla y setenta años de tiempo transcurrido. Lógicamente, no han conseguido inyectar al periplo la brutal introspección que debe conllevar la visita de Auschwitz. También puede consultarse la página del Memorial y Museo de Auschwitz-Birkenau, su anexo de próximas conmemoraciones, así como la de las Naciones Unidas a este respecto y su Resolución 60/7 a la que nos hemos referido.

Imágenes| Entrada al campo de concentración y exterminio de Auschwitz; Entrada principal de Birkenau (Auschwitz II) y vías de los ‘Trenes de la Muerte’.

En QAH| La Rosa de Auschwitz; Jósef Rudolf Mengele o “Doctor Muerte”(I); Jósef Rudolf Mengele o “Doctor Muerte”(II);

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