Historia 


La marinería de la Carrera de Indias

El funcionamiento del complejo mecanismo comercial transatlántico español durante los siglos XVI, XVII y XVIII fue imposible de llevar a cabo sin el duro trabajo de la marinería que hacía funcionar a los galeones y las naos. Pero ¿qué empujaba a dichos hombres a este laborioso oficio cubierto de grandes peligros como los naufragios y los ataques piráticos? Aunque en algunos casos pesase la tradición familiar, en casi la mayoría de los casos, el enrolamiento como marineros fue algo a lo que los sujetos fueron empujados por la pobreza, las levas obligatorias, los momentos de embriaguez en tabernas portuarias, los secuestros de menores e incluso la propia venta a cargo de padres que se hallaban sumidos en la miseria. Otras motivaciones fueron también los sueños de rápido enriquecimiento y de ascenso social que podía producir dicho comercio, la emigración ilegal hacia América a causa de las numerosas cortapisas y del elevado precio de los pasajes y, por último, el intento de huir a situaciones represivas en tierra como la de los homosexuales en tierra que veían en el barco una huida.

El lugar de enrolamiento de los marineros de la Carrera de Indias se situaba en el Arenal de Sevilla a donde acudían emigrantes del resto del país y de fuera de las fronteras del reino. La vida en el seno de los galeones se hallaba estratificada (como en tierra), existiendo una barrera social prácticamente infranqueable entre los grupos privilegiados (jefes militares de las armadas de guerra con toda su corte, la gran mayoría perteneciente a la baja nobleza) y los grumetes, marineros, contramaestres, pilotos y maestres de las diferentes naves pertenecientes a las clases populares. Pero incluso entre éstos existían también grandes diferencias puesto que había una cierta escala de prestigio o desprestigio social. Los menos favorecidos eran aquellos que realizaban los trabajos más puramente manuales (pajes, grumetes y marineros, incluyéndose también los primeros grados de oficiales de mar). Sin embargo podían ascender paulatinamente a través una especie de “carrera” de la mar hasta conseguir el cargo más alto posible para su clase (en el mejor de los casos), el de maestre.

La vida a bordo de los más humildes se iniciaba con las tareas de almacenamiento de mercancías en el puerto, la leva de anclas y la partida. Con vientos favorables los marineros se dedicaban a las actividades rutinarias (los pajes a las menos especializadas; los grumetes a la recogida de velas y las tareas más duras; los marineros se ocupaban de lo más complejo como la caña del timón, los aparejos, la sonda, etc). El barco era un microcosmos en el que convivían diferentes gentes de distintas etnias y procedencias en el que se creaban pequeños grupos de camaradas que dormían, comían y hacían vida en común (conversando, escuchando lecturas en alto de los pocos lectores a bordo, jugando a los dados y naipes, entre otras cosas). La convivencia se hacía difícil a causa de pequeños hurtos de comida, peleas por objetos o sitio donde dormir generados en muchos casos por el vino y juego así como por las rivalidades regionales o nacionales (propias de una monarquía plurinacional como la Hispánica). Estos problemas podían acabar en puñaladas pero solían terminar antes, gracias a la intervención de los compañeros puesto que el castigo de la garrucha por parte de sus superiores disuadía a la gran mayoría.

Puerto de Sevilla, siglo XVI.

Puerto de Sevilla, siglo XVI.

Este microcosmos también se expresaba en una extraña mezcla de religiosidad y de desinterés por cumplir los preceptos de la Iglesia Católica. Dichas contradicciones se observaban en los nombres de los barcos bajo la advocación de un santo o una Virgen y en la confesión de los hombres antes de subir a bordo por ejemplo. La desconsideración por la religión se hacía notar en el escaso número de misas  (solo el sábado con una salva y posteriores letanías), aunque en algunos casos con razón, puesto que los limosneros y cepillos por parte de los frailes a bordo se convirtieron en un negocio llegándose incluso a prohibir debido a su magnitud. Los marineros fueron considerados los peores cumplidores de los mandamientos y solo se aferraban a la religión en situaciones límites, que pasadas se olvidaban pronto, así como pensaban (en la mayoría de los casos) sólo en la salvación tras su muerte dejando algunos dineros para la celebración de misas por sus almas. El imaginario de la marinería (analfabeta en casi su totalidad) estaba lleno de supersticiones como la creencia en mal de ojo, espectros, sirenas, monstruos e islas y lugares malditos. Todo ello junto con la cultura forjada de su actividad en alta mar generaba un sistema de creencias diferentes a las terrestres en las que la posibilidad de una próxima muerte abordo lo impregnaba todo.

Vía| P.E. PÉREZ-MALLAÍNA, Los hombres del océano, Diputación provincial de Sevilla, Servicio de Publicaciones, 1992.

Imagen| Puerto de Sevilla

En QAH| El hombre y la mar en tiempos de Felipe II; La Española y el contrabando: La devastaciones de Osorio; Términos y expresiones marineras para gente de secano

RELACIONADOS