Cultura y Sociedad 


La máquina disruptiva

En Internet se crean palabras que circulan de forma viral. Probablemente por esta razón, los usuarios las adoptamos con mayor facilidad, especialmente si son extranjerismos. Y resulta curioso cómo aplicamos estos términos indistintamente en cualquier ámbito o contexto, solo porque son nuevos o resultan cool. Uno de los vocablos más actuales es el adjetivo “disruptivo” (en inglés disruptive), que según la Real Academia de la Lengua significa: que produce ruptura brusca. En el contexto de la empresa y especialmente en el campo de la comunicación, donde los cambios estéticos se producen más rápido que los estructurales, este concepto ha llegado antes que los efectos de su significado. De esta manera, podemos encontrar fórmulas como: disruptive education, disruptive media, disruptive technologies, disruptive companies, e incluso disruptive family, entre otras.

Pero, ¿en qué consiste realmente la disrupción, por qué parece que es positiva y por qué está teniendo tanto éxito hablar de ella y usarla como prefijo?

Un artículo de Jill Lepore, periodista del New Yorker, titulado The Disruption Machine. What the gospel of innovation gets wrong, analiza los orígenes del término y sitúa su aparición en 1997 con la publicación del libro de Clayton M. Christensen El dilema del innovador (The Innovator’s Dilemma). El autor criticaba en esta obra que entonces, “todo el mundo estaba interrumpiendo o siendo interrumpido” o lo que es lo mismo, “disrumpiendo o siendo disrumpido” (si se nos permite la licencia). Y a partir de aquella moda surgirían consultores expertos en introducir la disrupción y se organizarían conferencias y seminarios sobre el tema. Casi dos décadas después, alguien ha rescatado esta palabra, quizás debido al momento de crisis, innovación, tecnologías efímeras, y de exceso de producción e incluso de información, que estamos atravesando. Lepore relaciona este fenómeno con la tendencia de la sociedad a explicar circunstancias actuales con teorías pasadas, aplicables en otro contexto histórico. Y aclara que la innovación disruptiva como una teoría del cambio está destinada a servir como una crónica del pasado (esto ha ocurrido) y como un modelo para el futuro (que seguirá sucediendo). Su objetivo es desmentir los mitos que vinculan el uso de tecnología punta a las buenas prácticas y a los buenos resultados.

Hoy, la disrupción se entiende en términos digitales y como todo lo que sucede en la red, se copia, se imita y se pone de moda. El libro Digital Disruption: Unleashing the Next Wave of Innovation de James McQuivey (2013) nos da una pista de cómo hacerlo; cómo pensar y resolver problemas y cómo beneficiarnos de las plataformas que existen en Internet para introducir la innovación. El único riesgo que corremos es, como se empieza a observar, que se adopta la disrupción solo como un adjetivo para rediseñar el nombre de las empresas, la imagen de los medios o los planes de las escuelas, sin practicar una verdadera ruptura para revolucionar nuestra actividad, ser más efectivos, más competitivos y ofrecer mejores servicios.

Sala para innovar, Bournemouth University (U.K.).

Foto: Paula Herrero. Sala de innovación, Bournemouth University (U.K.).

 

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