Historia 


La magia en la Edad Media (I)

El estudio de la magia siempre ha sido un campo muy peliagudo, pues en él se entremezclan con gran facilidad la realidad y la ficción. Con en este pequeño artículo comenzamos nuestra primera serie temática en QAH Historia, donde vamos a intentar establecer un esquema básico para conocer la concepción que se tenía de las artes mágicas a lo largo de la Edad Media, ilustrada a través de los testimonios de algunos filósofos de la época.

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Decoraciones de Le champion des dames. Martin de France, 1451.

Para facilitar la comprensión dividiremos el período en tres etapas. La primera de ellas se caracteriza por la fuerte oposición y condena de las artes mágicas, justificadas por la creencia y temor de que estas sirvieran como alternativa a la plegaria cristiana (tan reciente en algunas poblaciones de la tardo-antigüedad). La segunda etapa se caracteriza por una re-denominación de la magia, abriendo puertas a la convivencia entre las tres doctrinas: ciencia, fe y magia. Podemos limitar esta etapa entre los siglos XII y XIII, aproximadamente. Este soplo de aire nuevo lo propiciarán las traducciones de textos clásicos y sus reinterpretaciones árabes. La última etapa se desarrolla en la Baja Edad Media. Se producirá un retroceso respecto a la visión anterior debido al resurgir de la nigromancia. Será en esta época donde se asienten las bases de las cazas de brujas posteriores.

Después de esta breve introducción procedemos al análisis de la primera etapa. Podemos limitarla a la Alta Edad Media, desde sus inicios hasta el siglo XII, aproximadamente. Como ya se apunta más arriba, este período se caracteriza por la oposición a las artes mágicas. La motivación de este rechazo la encontramos en la Antigüedad Clásica. El panteón politeísta clásico era el destinatario de numerosos rituales y anhelos de la población mundana. Actividades como la astrología, la adivinación o la sabiduría natural constituían los conocimientos de lo oculto. En la Edad Media cristiana se veía a los dioses paganos como entidades demoníacas y a su adoración como idolatría, es por esta razón por la que las actividades que se nombran más arriba adquirieron un carácter diabólico. La confrontación de la Iglesia con la magia venía dada, pues, del carácter diabólico que creían implícito en ella. Como bien apunta Richard Kieckhefer: “la definición pagana de la magia tenía una dimensión moral y teológica, pero se fundamentaba en preocupaciones sociales; la definición cristiana tenía una dimensión moral y social, pero estaba explícitamente centrada en intereses teológicos” (Kieckhefer, 1992. p.46)

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San Agustín de Hipona, por Philippe de Champaigne, 1650.

Para ilustrar esta casuística es necesario acudir a dos de las principales figuras religiosas de la alta Edad Media: San Agustín de Hipona y San Isidoro de Sevilla. Para San Agustín, el artífice último de las actividades mágicas es el diablo y es el mago el que queda supeditado a él. Por tanto, el demonio usaría a seres intermedios, en este caso el ser humano, para su propia autocomplacencia. En cuanto a las adivinaciones y las metamorfosis, el religioso señaló que estas solo eran meras tretas que los demonios jugaban a los humanos. En caso de que los resultados de estas actividades fueran positivos, serían asociados a la probabilidad y la metamorfosis a lo onírico. Estas afirmaciones están repartidas en el grueso de su obra, ya sea en De Civitas Dei, Confesiones o los Sermones. Es en estos últimos donde alienta a los fieles a mantenerse alejados de estas tentaciones. San Isidoro de Sevilla es uno de los grandes enciclopedistas cristianos de la Alta Edad Media y recoge en sus Etimologías reflexiones de influencia agustiniana. El obispo mantendrá la teoría agustiniana que responsabiliza al demonio de los hechos mágicos. Consideraba mágica cualquier tipo de adivinación, encantamiento o incluso vendajes.

Después de la presentación de las teorías de los dos religiosos podréis pensar ¿la realidad era tan estricta? La respuesta es no. La magia medieval no se limita a un único campo de actuación, ya que es muy común encontrarla mezclada con la religión y la ciencia. A esto hay que añadir la cercanía y pervivencia de algunas tradiciones paganas, sobre todo en las zonas rurales, que los religiosos intentarán eliminar o transformar. Es por esto muy común la exhortación en los sermones al alejamiento de estas prácticas. A pesar de esta rígida imagen, podemos encontrar algunas licencias tales como los beneficios de las plantas, en el caso de San Agustín, o la sacralidad de algunas palabras o frases, en el caso de San Isidoro. Por supuesto no podemos olvidar la magia aparecida en la Biblia, donde los milagros y las profecías llevadas a cabo por el Mesías o los apóstoles no eran condenables pues actuaban como manifestaciones de la providencia divina.

Con esta primera parte terminamos la primera etapa de la concepción de la magia en la Edad Media. Como habéis podido comprobar, la magia medieval bebe de numerosas fuentes y, aunque en esta primera etapa se diabolice, veremos en el siguiente artículo cómo poco a poco una parte de ella se va deshaciendo de este apelativo tan negativo.

Vía| KIECKHEFER, R.: La magia en la Edad Media. Barcelona: editorial Crítica, 1992./ MARTÍN PRIETO, P.: “Isidoro de Sevilla frente a los límites del conocimiento: etimología, astrología, magia” en Temas Medievales Vol. 13 n.1 Buenos Aires ene./dic.2005. / SÁNCHEZ-ORO ROSA, J. J.: “El Discurso sobre la magia de Agustín de Hipona”.  |Más información: MARTIN DE BRAGA: Sermón contra las supersticiones rurales; texto revisado y traducción de Rosario Jove Clols. Barcelona, ediciones El Albir, 1981./ GIORDANO, O.: Religiosidad popular en la Alta Edad Media. Madrid, Gredos, 1995.

Imagen|Decoraciones de Le champion des dames. Martin de France, 1451. / San Agustín de Hipona, por Philippe de Champaigne, 1650.

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