Historia 


La guerra de Alan: memorias de un soldado que (casi) nunca pegó un tiro

Cuando una determinada pareja de historiadores del arte -muy de ARCO- me dejaron tres volúmenes de un cómic sobre la Segunda Mundial me sorprendió muchísimo (¡jamás hubiera pensado que hubiese algo de pólvora en sus estanterías!). Pero lo que mayor curiosidad suscitó en mí fue que mantuviesen sobre los libros prestados opiniones enfrentadas (será por la guerra, digo yo): para Alicia, la historia narrada en las páginas resultaba insípida y descafeinada; sin embargo, Rafa -que sigue con regularidad a Jacinto Antón y por ende albergo esperanzas de que algún día pueda hacer carrera de él- consideraba que el relato merecía ser leído por su interesante particularidad. Creí interpretar que, en calidad de (pseudo) ‘experto en batallitas’, me nombraban juez para dirimir su causa. Me llevé los libros a casa y presto comencé a dar cuenta de ellos. Los tengo secuestrados desde hace meses. Francamente, dudo que algún día los vuelvan a ver…

¿Ustedes admiten que todas las partes de una vida tienen su importancia y el derecho a ser evocadas cuando se esboza el cuadro de una existencia?” Justo con esta pregunta retórica terminan los hechos que me dispongo a contarles (siento el spoiler). Emmanuel Guibert (París, 1964), uno de los dibujantes de cómics más conocidos del momento, al cumplir los 30, conoció a Alan Ingram Cope -quien contaba 69- y comenzaron una amistad que duraría 5 años, solamente. Conversaciones regadas con cerveza en un veraniego jardín soleado, un pródigo epistolario, llamadas…Alan hablaba, Guibert -libreta de apuntes y magnetófono en mano- ideaba. Según su opinión, lo que contaba ese hombre merecía darse a conocer, así que proyectó un cómic biográfico y obtuvo la venia de su interlocutor para que viese la luz. Lamentablemente Alan moriría en 1999, poco antes de poder leer un fragmento de su propia existencia en el homenaje de su amigo (paralela suerte aciaga a la de Louie Zamperini con respecto a la última película de Angelina Jolie). C’est la vie.

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Portada de la edición francesa publicada en 2012 donde figuran aunadas las 3 partes del cómic dedicado a los ‘hechos bélicos’ del Private Cope.

 

La guerra de Alan son cómics de la Segunda Mundial, pero no la que esperamos. Tan solo es la historia de un hombre normal, una vida real. Nada de épica, solo la ‘verdad’ personal. La juventud en retrospectiva a través de la óptica reflexiva que aportan las canas. Recuerdos nostálgicos de un veterano en las postrimerías de su vida, tamizados por el paso del tiempo y la selección natural de la mente. Para más inri narrados e ilustrados por un tercero, pero en primera persona, que en el prólogo admite sin rubor que se documenta poco ya que su obra no es la “faena de un historiador”. El resultado, que es óptimo, propicia sustanciales reflexiones acerca de la disciplina de Clío, a poco que los ojos trasciendan el plano aparentemente insulso de lo que se cuenta. ¿Qué es la Historia realmente, sino recuerdos de unos e interpretaciones subjetivas de otros?

La primera viñeta de Guibert con la que se inicia La guerra de Alan es una paradoja: su joven amigo, aún menor de edad, ganándose la vida repartiendo periódicos…con la noticia del ataque nipón a Pearl Harbor. Pasado un tiempo nos transmite la afirmación: cuando cumplí 18 años, el tío Sam me dijo que le gustaría que me pusiera un uniforme para ir a pelear contra un tipo que se llamaba Adolfo, y eso hice. Valiéndose de un singular estilo dibujístico y un hacer con muchos dejes de concepción fotográfica, el autor va desgranando los hechos del soldado desde su movilización hasta el retorno (en el siguiente video se puede ver una parte del proceso creativo del cómic, en el segundo 42 se obra el milagro).

Más que una historia lineal, leemos un rosario de anécdotas mundanas, divertidas o sorprendentes:

-Antes siquiera de empezar, casi incurre en deserción por bajarse del tren que le llevaba al cuartel de reclutamiento para comprar mantequilla de cacahuete.

-Allí, sin conocer mujer, pilló de ladillas y aprendió a conducir un carro blindado antes que un coche.

-Se le denegó el ingreso en las fuerzas aerotransportadas y la escuela de oficiales, pero terminó siendo instructor de radio permitiéndose corregir a coroneles.

-Nunca se había comido un filete en su vida, pero en la travesía del Atlántico, rumbo a Francia, se hartó de ellos mientras el resto de la tripulación echaba hasta la primera papilla.

-Celebró su vigésimo cumpleaños justo el día que desembarcó en Le Havre, en la tardía fecha del 19 de febrero de 1945.

-Gran parte de su servicio lo pasó escuchando música clásica, leyendo y escribiendo cartas.

-Recibió un Corazón Púrpura por caerse en Normandía cuando iba a hacer la colada en su casco.

-Se dormía en la trinchera durante la guardia nocturna.

-La única herida que sufrió una vez cruzado el Rin fue una picadura de mosquito…en el pene.

-Tuvo que zafarse de los arrumacos de un soldado pasado de aguardiente que intentó atacarle por la retaguardia mientras dormía.

-Participó en una midnight requisitioning y en otra ocasión se apropió de un reloj como botín de guerra, aunque terminó regalándolo. Él, a su vez, recibió el obsequio de una Luger, pero al regresar a EE. UU. se la quisieron confiscar y despechado la arrojó al mar.

-Casi inerme formó parte de la carrera de Patton contra los rusos por apropiarse de la mayor cantidad de territorios antes de que terminase la guerra.

-Un grupo de partisanos checos disparó contra su carro al tomarles por alemanes camuflados.

-Se sintió mal por insultar a las columnas de enemigos derrotados.

-Durante su acantonamiento en la ciudad de Pilsen durmió junto a un enorme tonel de cerveza que estaba a su entera (y afortunada) disposición.

-Su mayor acto de valentía durante la guerra fue plantar cara a un compatriota borracho que blandía un cuchillo contra la multitud. Lo desarmó con su impertérrita mirada.

-Con nocturnidad intentó hacer una ouija pero no obtuvo respuesta del ‘Otro Lado’.

-Casi muere aplastado por el conductor de su propio blindado.

-Se mostró refractario a los requiebros de una gitana, de exuberante cabellera, que en un crepuscular bosque bohemio le arrojó a la hierba para que la poseyera. Al día siguiente, armándose de valor y dispuesto a tener un affaire de guerre que contar a los nietos, acudió a su casa, pero ella se había ido.

-Estuvo a punto de adoptar a Jako, un huérfano alemán que le llamaba ‘Shorty’ (Alan tenía porte de alfeñique), si bien el devenir del conflicto lo hizo imposible. Después volvió a encontrarlo en Ratisbona pero el inocente niño se había maleado por pura supervivencia.

Viñetas donde se narra el breve encuentro entre los pequeños Jako y ‘Shorty‘ (Volumen 3, pág. 7)

-Hizo varios amigos alemanes, pese a la estricta prohibición de no intimar con el enemigo.

-Terminada la guerra, con el rango de cabo, fue el asistente de un capellán militar acompañándole con el armonio en sus servicios. También tuvo tiempo de aprender a esquiar y hacer turismo visitando los castillos de Luis ‘el Loco’ en Baviera.

Cuando fue desmovilizado regresó a los EE. UU. dispuesto a convertirse en pastor y “salvar las almas de los pecadores”. Pero ni él, ni su país, eran los mismos. Su ‘Erasmus’ europeo le había cambiado, mucho. Para colmo la chica con la que se carteaba rompió su compromiso. Espiritualmente Norteamérica se le antojaba fría, extraña (la lectura de esta parte me recuerda al ambiente de alienación que se palpa en la Habitación de Nueva York de Hopper). Poco le atraía. Nada le llenaba. Tenía muchísimas dudas acerca de su futuro y una grave crisis existencial propiciada por su nóstos. Trabajó haciendo de todo para costearse un billete que le retornara a Francia. Fuera estaba su futuro y allí, muchos años después, conoció a Guibert, quien contaría la historia de un hombre que hubiese pasado desapercibido para el resto.

Alan no era un buscaglorias sino un soldado común, ordinario, se diría ‘de infantería’ si no hubiese servido en una unidad de carros. Ese tipo de personas que moran la existencia, extras anónimos de los grandes acontecimientos. Su vida también es Historia (a través del cómic), igual que la de aquellos muchos otros que contribuyeron a la causa y crearon los hechos, aunque Hollywood no los encarne en Brad Pitt. La figura de Alan es la de los olvidaos -delgada, pequeña- pero acaso más emotiva y empática. En ella nos reconocemos, nosotros, simples mortales.

 

P.D. Nuestro protagonista apenas disparó durante la contienda. Como artillero de un vehículo de reconocimiento agujereó una granja con su ametralladora del 50 y voló por los aires una casucha de un cañonazo. Parecían hostiles…

Vía| GUIBERT, E., La guerra de Alan. Según los recuerdos de Alan Ingram Cope, Castalla-Alicante-Tarragona, Ponent Mon, tomos I-II 2004 (2000) y tomo III 2008. Posteriormente, el mismo autor ha retornado a las memorias de su amigo publicando una suerte de precuela de esta trilogía de guerra, La infancia de Alan, Madrid, Sins Entido, 2013. En una entrevista concedida a Alberto García Marcos (publicada en GARCÍA, S. [Coord.], Supercómic: mutaciones de la novela gráfica contemporánea, Madrid, Errata Naturae, 2013. Págs. 331y ss.), el francés afirma que aún le quedan por ilustrar más partes de la vida de su amigo…

Más información| Sobre los cómics reseñados, cf. La guerra de Alan (Mundos en Paralelo); sobre el autor, su obra y técnica, cf. GROENSTEEN, T., Emmanuel Guibert, monographie prématurée, Angoulême, l’An 2, 2006 y la breve biografía de la página www.tebeosfera.com; Sobre técnica, cf. Alan y El acabado de Guibert.

Imágenes| Portada de la edición francesa; viñetas del encuentro con Jako.

Video| Drawing with water: Making the Art for Alan’s War

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