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La fortuna de la nada

Mira a tu alrededor, observa por un instante todo cuanto tienes en tu entorno, todo aquello que crees tuyo. Ahora adéntrate en tu mente e intenta rescatar de tus recuerdos algo que realmente te pertenezca, tómate tu tiempo, es un ejercicio sencillo.

Los seres humanos, dentro de las muchas cualidades que nos definen, tanto positiva como negativamente, poseemos aquella que nos clasifica como “materialistas”. No es disparatado ponerse a pensar en el afán que tenemos por controlarlo todo, por que se sepa qué es nuestro y qué no, porque estamos obsesionados y mal educados pensando que el éxito de la vida se mide a través de las propiedades que uno posee. ¡Qué ilusos podemos llegar a ser!

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La fortuna de la nada

Desde pequeños, la sociedad tiene la tarea de enseñarnos que es necesario compartir, quizá debiera ser éste un deber fundamental. Es complicado, sí, pero si por un segundo, fuéramos capaces de dar a alguien lo que a nosotros nos sobra, estaríamos un paso más cerca de lo que realmente significa ser humanos. A medida en que crecemos y comenzamos a “codearnos” con las esferas adultas, descubrimos que nuestros maestros han perdido el interés en educarnos y, la sencilla tarea que debían realizar, parece quedarse atascada en el olvido.

Crecemos amasando una fortuna, una fortuna de recuerdos, de regalos, de imágenes que cuelgan en las paredes de nuestro cuarto, una fortuna de caprichos innecesarios de última tecnología, de redes sociales y falsas amistades, una fortuna de temeridades, de cigarrillos varados en un cenicero, de alcohol en la sangre… Y la fortuna aumenta y se convierte en hermosas copas de cristal cargadas de vino tinto, en billeteras llenas de tarjetas de créditos, en deudas con los amigos…

Y luego, ¿qué? ¿Qué nos queda en el momento de la verdad? ¿De qué podemos presumir? ¿De una vida agradable, plena, satisfactoria? No, no se puede alardear de nada y, menos aún, de alguien. Una mujer, un hombre, nadie le pertenece a nadie, nadie es esclavo de nadie, nadie es dueño de tu vida, ni tu dueño de ninguna otra. Si hay algo que realmente nos pertenezca, que podamos afirmar con total seguridad que es nuestro, es la vida. E incluso ésta, se acaba, se esfuma, y lo único que nos queda es una duda, una incógnita, sobre a dónde iremos a partir de ese momento.

No amases fortunas que no tengan valor, porque el verdadero valor de la vida no se encuentra en ninguna fortuna.

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