Historia 


La feminista socialista que se negó a que las mujeres pudieran votar

Hace unas semanas se celebró, no sin polémica, el famoso Día Internacional de la Mujer. Ese día multitud de usuarios expresaron a través de las redes sociales sus opiniones con respecto a una fecha que, sin dejar indiferente a nadie, conmemora la lucha de muchas féminas por hacer realidad tanto la teórica igualdad entre mujeres y hombres como la participación íntegra de la misma en el pleno desarrollo de la sociedad. En España la lucha feminista en contra de la discriminación fue llevada adelante por mujeres como Clara Campoamor, letrada e intelectual madrileña que, elegida diputada por Madrid en 1931 por el Partido Radical, defendió puntos tan importantes como el divorcio, la no discriminación por razón de sexo y, muy especialmente, el sufragio universal. Este último punto sería fuente de discusión con la mayoría de sus colegas, siendo especialmente llamativo el enfrentamiento entre Campoamor con otras dos diputadas que, a pesar de compartir sus ideales y anhelos, se mostraron contrarias a que las mujeres pudieran votar. Y es que además de la famosa (y defenestrada) Victoria Kent, hubo otra mujer que expresó su rechazo a este propósito apelando a las mismas razones que la diputada del Partido Radical Socialista.

Margarita Nelken Mausberger (1894) era una mujer diferente dentro de la sociedad burguesa de su tiempo. Descendiente de judíos alemanes dedicados a la joyería, tanto ella como su hermana menor Carmen Eva recibieron una esmerada educación. Margarita, dotada de una gran inteligencia, había demostrado una inclinación natural hacia la música y la pintura desde muy corta edad, algo que unido a su extraordinario manejo de los idiomas (dominaba con fluidez el alemán y el francés, y se defendía en inglés) y su carácter independiente y decidido, le llevaría a destacar muy pronto entre los círculos culturales del país. En plena adolescencia, Margarita sorprendería a sus contemporáneos al escribir un extenso artículo sobre los frescos de Goya en la ermita de San Antonio de la Florida para la prestigiosa revista inglesa de arte The Studio. Decidida a hacerse un nombre, y con el beneplácito de su familia, Margarita se instaló en París donde estudió pintura y periodismo al mismo tiempo que realizaba colaboraciones en diversos medios de comunicación. A su vuelta a Madrid se haría una habitual de las tertulias intelectuales estableciendo amistad con otras relevantes personalidades del mundo cultural.

A pesar de seguir dedicándose al arte y a la traducción (se cree que la primera traducción de La metamorfosis de Kafka a nuestro idioma es suya), Nelken comenzó a interesarse por el activismo político y social. Feminista convencida, de ella surgirían algunas de las primeras obras que abordaban la limitada situación de la mujer, minusvalorada socialmente por su supuesta inferioridad intelectual y su naturaleza imperfecta. Obras críticas como La condición social de la mujer en España la situarían como una de las intelectuales más críticas con el papel doméstico de esposa y madre al que se veían abocadas las mujeres, siempre subordinadas al marido y sin que se le fuera reconocida la categoría de individuo libre con autonomía de acción propia. Implicada políticamente con las mujeres y con los agricultores, y favorecida por su oratoria y su carisma, pronto fue alcanzando celebridad entre las masas con sus discursos incendiarios en contra de patronos y fuerzas del orden. Afiliada al PSOE, por cuyo ideario se sentía atraída, fue elegida como diputada por Badajoz en 1931.

A diferencia de Clara Campoamor (izquierda) y Victoria Kent (centro) Nelken (derecha) fue reelegida posteriormente como diputada por el PSOE.

Aunque Margarita Nelken, Clara Campoamor y Victoria Kent mostraban mucha afinidad, las diferencias entre ellas comenzaron a notarse a propósito, precisamente, del derecho de las mujeres a votar. Kent y Nelken consideraban que, a tenor de los múltiples enemigos con los que contaba la república, debía primar el sentido político. ¿Tenía que conseguir la mujer española un derecho que le había sido negado? Por supuesto, pero tanto una como otra creían que las mujeres no estaban preparadas para ello y creían más viable el sufragio universal cuando el régimen republicano estuviera más asentado y las mujeres hubieran adquirido la preparación necesaria para votar responsablemente. Campoamor, por el contrario, pensaba firmemente que la universalidad de la ciudadanía no admitía principios excluyentes en un régimen republicano que se consideraba democrático. Tal y como expondría brillantemente en los acalorados debates en los que intervino, si la Segunda República cedía en este punto “se convertiría en una república aristocrática de privilegio masculino donde todos sus derechos emanaban del hombre”. Si bien Nelken y Kent intentaron atraer el apoyo del resto de diputados afines argumentando que el presumible voto conservador de las mujeres dañaría gravemente la frágil estabilidad republicana y los intereses de las facciones de izquierdas, se reconocería el derecho al voto de las mujeres en la Constitución de 1931.

Las elecciones de 1933, las primeras en las que las mujeres pudieron ejercer este derecho, parecieron confirmar los temores de Kent y Nelken. La CEDA (Confederación Española de Derechas Autónomas) obtendría una amplia victoria. El activismo político de Nelken le llevaría a ser reelegida tanto en las elecciones de 1933 como en las de 1936. Su progresiva radicalización y su sentido crítico contra terratenientes y Guardia Civil le valdría, a raíz de la fracasada Revolución de Asturias, la retirada de su inmunidad diplomática y una condena de 20 años que la socialista no cumpliría. Nelken huiría a Francia y desde allí viajaría por Europa llegando a vivir unos meses en la URSS. De vuelta en España para participar como diputada socialista en 1936, el estallido de la guerra le conferiría una importancia especial. Alejada de la moderación del PSOE, meses después de iniciarse la contienda decidiría abandonar la formación para integrarse en el PCE. Presente en los frentes de Extremadura y Toledo, y habiendo participado en la defensa de Madrid, se granjeó mala fama entre algunos sectores republicanos por su supuesta violencia y crueldad para con los presos nacionales. Los sublevados, asimismo, la consideraban la encarnación de todos los vicios propios de la mujer republicana.

Heroína para algunos y pérfida para otros, Nelken recalaría en México después de la Guerra Civil. En el país azteca seguiría colaborando con el gobierno republicano en el exilio, aunque sin formar parte del PCE por su postura crítica contra de sus dirigentes. Crítica de gran prestigio en México, jamás volvería a pisar España. La muerte la sorprendería, paradójicamente, un 8 de marzo de 1968.

 

En colaboración con QAH| Tempus Fugit

Vía| Nash, M. (1995). Género y ciudadanía. Ayer (20), pp. 241-258; Nash, M., & Cifuentes, I. (1999). Rojas: las mujeres republicanas en la Guerra Civil. Madrid, Taurus.

Más información| Rubio, G. A. F. (2004). Los orígenes del sufragismo en España. Espacio Tiempo y Forma. Serie V, Historia Contemporánea, (16).

Imágenes| joven Nelken, las tres diputadas

En QAH| Historia del movimiento sufragista

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