Especial Crisis Económicas de la Historia, Historia 


Unas pequeñas monedas quebraron Oriente, los luises

Si hay un lugar en el globo donde se vislumbra alguna posibilidad de ganancia, puede estar seguro de encontrar un genovés.

La anterior cita nos introduce un actor de nuestro relato: los genoveses, parientes de los fenicios, por lo que contaremos. Otros actores son los franceses, concretamente algunas cecas del país galo, los ingleses y los turcos. Los sucesos tienen lugar en los años centrales del siglo XVII. ¿El problema? La devaluación de una moneda de ínfimo valor (luises) por parte de los genoveses por el atractivo (decorativo) que tenían las susodichas monedas en territorio turco. Ahora veremos que pese a la confrontación religiosa, los negocios no cesan nunca.

Los nobles franceses (que controlaban las cecas) acuñaron una moneda llamada “Luis”.  Ésta moneda llegó al Imperio otomano en 1656 y cayó en gracia a las mujeres turcas. Su máximo anhelo radicaba en tener unos pendientes realizados con dichas monedas. Incluso se creaban con las mencionadas monedas collares y pulseras. Las mujeres turcas más ricas se adornaban con ornamentos numismáticos franceses. El inesperado hecho tuvo unas repercusiones inconmensurables para la economía. Debido a la locura por obtener luises, su valor nominal cambió. Se intercambiaban doce luises por un escudo antes de 1656, después la mitad, seis luises por un escudo. Todavía lo más terrible no había sucedido, no se había iniciado el verdadero y salvaje negocio.

Una vez comprobado el aprecio hacia la moneda (como adorno, no como moneda) la ley de la oferta y la demanda se apoderó de las transacciones que se hacían con los luises. Hasta dicho confín llega la mala fe de los especuladores, motor del relato.

A principios del 1660, sin cambiar la “ley” de la moneda (es decir, la cantidad del metal precioso que contiene), comenzó a devaluarse. Aquí coge su correcta dimensión la mención inicial sobre los genoveses. Las primeras partidas de Luises llegaban de cualquier punto de Francia, hasta aquí todo bien, el disgusto vino de la Liguria (capital Génova). Lugar donde el negocio era la primera y única meta alcanzable: la pureza de la moneda fue aniquilada.

Jean Baptiste Colbert.

Jean Baptiste Colbert.

El maldito hambre por el oro (auri sacra fames, como diría Virgilio) fue lo que movió a los genoveses a emprender turbias acciones que han quedado eternamente inmortalizados en frases  como la del comienzo. Sin embargo, la historia no es blanca o negra, hay gama de grises. La mayoría eran de Génova, pero Venecia también tuvo mano en el negocio. La estafa se ejecutó con tal grado de pureza que los turcos no se percataron de nada.

De este modo, la estafa se fue consumando, llegando a dos situaciones descabelladas. Los luises peores eran los auténticos, de las cecas europeas y las tropas turcas que asediaban Candia (Heraclion actual, Creta) se negaban a cobrar el sueldo sino eran en Luises, la mayoría con muy poca plata.

 A pesar de los intentos para reparar (de forma secreta) el daño causado, los franceses seguían sin comprender el problema en su totalidad. Fue, entonces, un actor externo, (los ingleses) que tuvieron que tomar cartas en el asunto. A diferencia de los franceses, genoveses y venecianos, los ingleses recibían moneda de los turcos, moneda que eran en buena parte Luises. Una vez llegaron las primeras monedas a los ingleses, en contra de lo que nunca habían hecho los turcos, verificaron la calidad numismática, que era inexistente. Al enterarse de que no contenía ni una tercera parte de la cantidad de plata que tocaba incluir, devolvieron todo el espesor de monedas a los orientales y les presentaron una enérgica queja. A la vez, los otomanos protestaron ante París. Los ingleses no se andaban con rodeos, menos en el comercio.

Ante el fraude, los primeros en reaccionar fueron los turcos. El Sultán hizo cortar las manos y piernas a un par de funcionarios corruptos turcos por tener relación con el tema. Seguidamente, el gobierno de Génova hizo un decreto donde establecía duros castigos por haber participado en la especulación, incluso multaba a los poseedores de Luises en su residencia. Con lo que no contaba el gobierno genovés era que su legislación no afectaba a los troquelados de Liguria, que eran controlados por genoveses, pero bajo otra jurisdicción, la francesa. Los antiguos galos pararon la acuñación de moneda en su territorio, pero no en la Liguria, y allí se establecieron los que no podían acuñar moneda en Francia. Territorio genovés con jurisdicción francesa, unas lagunas administrativas aprovechadas para lucrarse hasta el último momento.

Mehmet IV. Sultán en época del timo de los Luises

Mehmet IV. Sultán en época del timo de los Luises

Problema burocráticos en Occidente empero el veneno en la sangre lo tenían los turcos. Más de 800.000 Luises devaluados circularon entre 1655 y 1670. No fue hasta el último año de la década de los 60 que empezaron a ser mal vistos y rechazados por todos. Casi una década después de tener infectado todo el sistema económico turco.

La solución al problema no sería fácil, ni saludable. Los Luises estaban presentes en todas partes de Turquía. No había nadie que no poseyera una pequeña cantidad del engaño. El agravante era que los turcos siempre necesitaron una moneda de plata. La inflación de los precios estaba asegurada y brotó tenazmente sobre la sociedad turca. Una revuelta en Estambul cerró la herida grave al imperio, con intervención directa del Sultán. Decretó que todos los Luises de correcta calidad podían seguir su curso legal, los falsos fundidos y devolver la plata a sus propietarios.

Mencionaremos la denominación de Carlo Maria Cipolla a dicho episodio: “la estafa del siglo”. Luis XIV y su querido Colbert son dos personajes muy recordados que nunca son relacionados con el citado timo que aconteció mientras timoneaban Francia, de algo se debieron enterar. Estos relatos sobre historia económica nos certifican y fundamentan la cita del eterno François Marie Arouet, mucho más conocido como  Voltaire: “Cuando se trata de dinero todos son de la misma religión”.

Vía | CIPOLLA, C.M, Tres historias extravagantes, Alianza, Madrid, 2007.

Imágenes| Jean Baptiste Colbert; Mehmet IV

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