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La era de la aceleración

Aprende del pasado, prepárate para el futuro,
pero vive en el presente.

-Joyce Meyer

Vivimos en la era de la aceleración. Los medios anuncian un atentado en New York, un sismo en Chile o las turbulencias de una crisis política en Europa con una inmediatez que abruma. Las noticias se aglomeran, una tras otra, en la variopinta jungla de Twitter, donde consultamos los titulares, conocemos los avances de la ciencia y la tecnología, debatimos opiniones y nos ponemos al día de sucesos importantes y triviales al instante. La vorágine de palabras, sonidos e imágenes nos desafía al update constante a la imprescindible tarea de estar al día con el cúmulo de novedades. El F5 no descansa. Esta intensidad se revela asimismo en las redes sociales, donde todo tiene que ser publicado para legitimar la experiencia concreta: lo que no se capta, no existe.

El campo científico anuncia avances en los ámbitos de la salud, alentando esperanzas, ampliando los horizontes y tornando en realidad aquellos relatos que parecían extraídos de la literatura sci-fi: ediciones genéticas de las cadenas de ADN, prótesis en 3D, tratamientos nuevos, curas posibles y anatomías híbridas, que incluyen chips cerebrales y componentes robóticos.

Una persona que hoy ronde los 40 años habrá cursado sus estudios primarios y secundarios consultando tomos en la biblioteca y descartando borradores en la máquina de escribir; asistido a la facultad con la ayuda de la incipiente masificación de la web y las impresiones en blanco y negro, y seguramente trabaje a distancia con eficacia gracias al wi-fi, la irrupción de nuevas herramientas y la conexión permanente. Estos procesos ocurrieron tan solo en alrededor de un cuarto de siglo. Hace diez años no existían, por ejemplo, Uber, Instagram, Airbnb, Snapchat, Spotify ni WhatsApp. La absorción de los cambios que acarrearon los nuevos paradigmas es, en sí, un hecho inusitado. Todo ocurre con rapidez. Esta inmediatez requiere una destreza particular: procesar, seleccionar, archivar y conservar lo que es útil y fue verificado, y desechar lo falaz.

La tecnología sucumbe asimismo ante la rapidez de los estrenos. Basta como ejemplo poner como plazo unos cinco o diez años. Datos arrojados por una investigación de Tech Insider esbozan que en ese lapso tendremos robots farmacéuticos, la internet de las cosas estará integrada a la indumentaria y al hogar, habrá trasplantes de órganos creados a partir de tecnologías 3D, la telefonía móvil ganará potencia y perderá tamaño (e incluso podría estar inserta en el cuerpo), los drones volarán por todas partes, la inteligencia artificial tendrá su apogeo y las decisiones se tomarán a partir del auge del big data y el boom de lo smart. Algunas promesas incluyen que la web será declarada un derecho básico y otros arriesgan que nos comunicaremos por ondas cerebrales, gracias a la inclusión de los dispositivos móviles dentro de la anatomía.

El hombre de este milenio se encuentra a las puertas de la Cuarta Revolución Industrial y se ve escindido entre dos temporalidades: la de la expansión de la expectativa de vida, asentada en los horizontes que ofrecen estas herramientas, y la de la inmediatez y la velocidad. El aquí y el ahora gobiernan la existencia y la espera cobra la forma de una falencia que debe ser corregida y superada. El tiempo real anula la paciencia. El vértigo de lo nuevo se acerca con un realismo que arrasa con las páginas que ilustraban una futurología surrealista o las escenas de películas como Blade Runner, Inteligencia artificial o Minority report.

Adaptarnos a estos entornos requiere una reflexión no sólo acerca de la manera en que viviremos en los años que se avecinan, sino además sobre los modos en que conviviremos con estas innovaciones y el impacto que generarán en nuestra existencia y en nuestros cuerpos.

 

Fuentes consultadas: Tech Insider, Business Insider, Vala Afshar

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