Historia 


La ejecución de los últimos zares

“La atmósfera que nos rodea está muy cargada. Nos tememos que se avecina una tormenta, pero sabemos que Dios es misericordioso… Nuestras almas están en paz. Sea lo que sea que ocurra, será por voluntad de Dios”. Estas fueron las proféticas palabras escritas por la última zarina rusa, Alejandra Fiodorovna, a una amiga unas tres semanas antes de ser ejecutada junto con toda su familia y algunos miembros del servicio en la madrugada del 17 de julio de hace noventa y tres años. Con ellos acababa para siempre una época de la Historia que en Rusia había decidido alargarse.

El zar Nicolás II, el último de la dinastía Romanov, había intentado modernizar su país, hacer llegar el progreso a un país aún feudal, con enormes desigualdades y en el que tiempo parecía que se había parado hacía mucho. Pero el descontento de las clases populares se fue haciendo cada vez mayor, mientras el zar era incapaz de hacer algo para evitarlo y un monje, el famoso Rasputín, controlaba la voluntad de la zarina, pues era su confesor, y, por consiguiente, sus opiniones llegaban hasta la cúpula del mismo gobierno. Escándalos, abusos y otra serie de altercados se sumaron a la entrada del Imperio Ruso en la I Guerra Mundial, lo cual conllevó a que la Revolución estallase en el país, extendiéndose como un reguero de pólvora gracias a la oratoria marxista y esperanzadora de un joven Lenin.

En agosto de 1917, poco antes de que estallase la famosa Revolución de Octubre, los zares con sus hijos fueron llevados a Tobolsk en Siberia y tras triunfar las revueltas populares, la familia imperial fue traslada a Ekaterimburgo, donde se decidió que para evitar tentativas de volver al poder, deberían ser todos ejecutados y mantenerlo en secreto, pero dejarlos con vida podría conllevar que fueran liberados – el 4 de julio de 1918 se decidió cometer este magnicidio, con el consentimiento de los nuevos mandatarios comunistas-.

En la madrugada del 17 de julio fueron trasladados con excusas al sótano de la casa donde estaban prisioneros, lugar donde no contaban con ninguna intimidad, siendo las archiduquesas vigiladas hasta en su aseo personal. Se dispusieron dos sillas para los zares, sentándose el heredero Alexis en el regazo del zar y las archiduquesas Olga, María, Tatiana y Anastasia de pie junto a sus padres y el servicio detrás. Entraron en la sala unos doce hombres armados encabezados por uno llamado Yurovsky quien, tras comunicarle al zar que el pueblo ruso lo había condenado a muerte, le disparo con un revólver, desatándose luego una carga atronadora que acabó con las vidas de todos, o eso creían, pues se suele comentar que las hijas se habían cosido y guardado joyas en los apretados corsés y las balas rebotaban, con lo cual las niñas fueron rematadas salvajemente a bayonetazos.

Luego los cuerpos fueron ocultados en un bosque, siendo descubiertos en 1979, aunque no fueron desenterrados hasta 1991, para ser sepultados en la Catedral de San Petersburgo en 1997; en este enterramiento faltaban dos cuerpos, los de Alexis y Anastasia, que fueron encontrados en 2007.

La Iglesia Ortodoxa de Rusia en el exilio decidió canonizar a la familia imperial como mártires en 1981.

Con dichas ejecuciones se abolió un régimen anacrónico e insostenible como era el zarista, pero de una manera tan burda, llena de odio y resentimiento, que el nuevo régimen, por lo que de negro y corrompido había en su sangre, sólo podía traer la misma miseria, la misma infelicidad, bajo otro nombre y otro boato. La sangre imperial ennegreció la vida de la URSS, condenada a caer por ejecutora y con el mismo estruendo con el que cayeron los últimos zares de la gran Rusia Imperial.

Vía|COWLES, Virginia. “Los últimos zares”

Imagen|Dias de historia

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