Historia 


La diplomacia contemporánea, ¿es novedosa? ¿de dónde viene?

Constantemente estamos escuchando hablar sobre reuniones diplomáticas, acuerdos bilaterales, congresos y demás jerga diplomática. Creemos que este aspecto de las relaciones exteriores es contemporáneo y, en cierto modo, nos creemos autores de nuevas formas de relaciones. Pero, ¿realmente esto es cierto? Utilizando una frase de Paul Hazard “somos los descendientes directos de la modernidad”, añadiendo un matiz, Hazard se refiere al siglo XVIII, y nosotros nos referimos al siglo XV. En efecto queridos lectores, nuestra “moderna” diplomacia es descendiente directa de la diplomacia que se desarrolla a finales del siglo XV y principios del XVI. Déjenme explicarles el por qué.

A pesar de que la diplomacia ha existido durante toda la historia, en la Edad Moderna, más concretamente en el siglo XV, se produce una evolución determinante en el desarrollo de dicha actividad. Este cambio se da en un principio en Italia. Como bien sabemos, Italia siempre había mantenido un sustrato de la Antigüedad latente en el desarrollo urbano que se da desde el renacimiento del siglo XII.

A principios del siglo XV, Mantua desarrolla un sistema de embajadores permanentes en distintos territorios. Rápidamente, los Medici, en Florencia, los Sforza, en Milán, o los papas de Roma, imitan este modelo que ofrece un desarrollo más constante de las relaciones internacionales, con mayor facilidad de comunicación. Aunque siempre hay que tener en cuenta el mayor problema de esta época histórica en cuanto a las relaciones entre estados: el tiempo y la distancia.

Apenas unas décadas después, esta “revolución” de la diplomacia traspasa los Alpes llegando a los dos estados más importantes del momento: la Monarquía Católica y la monarquía francesa.

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Con la llegada de Carlos V al trono español, la red diplomática viró hasta convertirla en un cinturón que aislaba a su mayor enemigo: Francia

El desarrollo diplomático de la monarquía de los Reyes Católicos es muy temprano, en comparación con el resto de Europa. Esto se entiende en el marco de unas relaciones muy intensas con el resto de Europa. En 1495 son creadas las primeras misiones diplomáticas permanentes en lugares estratégicos, geopolíticamente hablando. Destacan las situadas en Roma, Venecia, Londres y Bruselas. El establecimiento de estas embajadas permanentes es consecuencia de los intereses de la doble monarquía en la península Itálica y en el norte de Europa. Los sucesores Habsburgo de los Trastámara, desarrollarán estas embajadas creando un cinturón diplomático alrededor de Francia, con el fin de aislarla.

La diplomacia francesa, en cambio, es más tardía y con un menor potencial que la hispánica. Cuando Francisco I llega al poder, tan solo cuenta con una misión permanente en el extranjero, pero al finalizar su reinado en 1547 ha aumentado su red diplomática hasta contar con diez embajadores permanentes, junto con una gran cantidad de misiones temporales (como curiosidad, despachó veinticinco embajadores extraordinarios a Enrique VIII de Inglaterra en apenas treinta años). El rey Capeto tuvo que virar sus intereses diplomáticos hacia las periferias europeas debido al cerco que la Monarquía Católica le había preparado. Uno de los grandes aliados, aunque solo en determinados momentos, de Francia fue el Imperio Otomano. Esto es de una gran relevancia, pues en un siglo de conflictos religiosos, el Rey Cristianísimo (título que tenía el rey francés) llegaba a acuerdos con los enemigos de la fe cristiana: los musulmanes.

Este desarrollo también favoreció la aparición del embajador como tal. Si seguimos los tratados renacentistas que se escribieron para definir esta figura, nos encontramos con que es presentado como una persona prudente, de buena posición social, virtuosa y amante de la paz. Vamos, lo que viene a ser una visión optimista y utópica, pues en la realidad, nos encontramos con numerosos embajadores ancianos, enfermos e, incluso, algunas con discapacidades notorias. Estos embajadores no eran profesionales, simplemente el monarca elegía a aquella persona que creía mejor en un determinado momento. No será hasta el siglo XVIII cuando aparezcan embajadores profesionales.

La idea de embajada está estrechamente vinculada con los principios de legitimidad y soberanía, de ahí que, como hoy en día, el envío de una delegación o el inicio de relaciones diplomáticas a un nuevo estado o a un gobierno revolucionario signifiquen el reconocimiento de su soberanía y legitimidad. Esto viene ocurriendo desde los gobiernos secesionistas de Portugal y Cataluña de 1640 hasta nuestros días, con casos como el de Kosovo o más recientemente el deshielo de las relaciones entre los Estado Unidos de América y Cuba.

En conclusión, nuestra diplomacia no ha evolucionado tanto como nos podríamos creer en un principio. No somos creadores de ningún tipo de relaciones internacionales, seguimos manteniendo los principios básicos de la diplomacia que surge en la Edad Moderna. Nos basamos en acuerdos bilaterales, intervenciones militares, presión económica, etc. Nos debemos a la Historia, y ella nos demuestra que no hemos cambiado tanto respecto a siglos pasados. En mi siguiente artículo, siguiendo con la temática diplomática, veremos si realmente la famosa Europa de los Congresos es del siglo XIX y XX. ¿Existirán antecedentes directos? ¿Tendrán los mismos resultados? Todo esto lo veremos el próximo mes de febrero.


En colaboración con QAH| Mundo Histórico

Vía| Rivero Rodríguez, Manuel. (2000). Diplomacia y relaciones internacionales en la Edad Moderna. Madrid: Alianza Editorial.

Cameron, Euan. (2006). Historia de Europa de Oxford. El siglo XVI. Barcelona: Crítica.

Bergin, Joseph. (2002). Historia de Europa de Oxford. El siglo XVII. Barcelona: Crítica.

Imagen| Carlos V

En QAH| La guerra de sucesión de Austria. Antecedentes de la “guerra diplomática”Las Consecuencias de la paz: El tratado de Versalles,

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