Reflexiones 


La diferencia entre lo que debería ser y lo que es

 

Nicolás Maquiavelo (1469-1527), con el paso de los siglos, ha ido cediendo su notorio apellido en favor de ese epíteto tan extendido en nuestros días, maquiavélico (pérfido, falto de escrúpulos, astuto). Sin embargo, en su defensa hay que aclarar que Maquiavelo, en su obra “El Príncipe”,  desgranó todo un arsenal de resortes políticos para la conquista, gestión y mantenimiento del poder político sólo igualable por Sun Tzu en “El arte de la guerra” muchos siglos antes.

Ser y Deber Ser

Ser y Deber Ser

Sin pormenorizar en la obra capital del autor (y menoscabo de “Discursos sobre la Primera década de Tito Livio”) que ocupa estas líneas, cabe destacar una idea que planea sobre todo el ensayo: la diferencia entre el ser y el deber ser. Y es que, parafraseando al autor, hay tanta diferencia entre cómo se vive y cómo se debería vivir que el que se centra en lo que debe ser y no en lo que es, está abocado al fracaso.

Es de bien sabido que Nicolás Maquiavelo era un pragmático, y esa capacidad de llevar a lo real toda la amalgama abstracta de los conocimientos políticos de la época queda patente en la sentencia que Rousseau hace de El Príncipe: es una guía para que el Pueblo desenmascare el poder de la nobleza. Así es, lo trata de mera guía, tan simple y funcional como eso.

Ahora la cuestión que se plantea es la siguiente, ¿necesitamos hoy en día una guía como la que señalaba Rousseau?; ¿En esta época tan convulsa que nos ha tocado vivir qué identificamos como ser y deber ser? Habrá infinidad de respuestas atendiendo al razonamiento de cada cuál, desde estas líneas sólo se puede llevar a cabo un conato de juicio general.

Evidentemente se aprende más de los fracasos que de las victorias, pero cuando las primeras se tornan demasiado constantes –desempleo, emigración, desalojos, salarios de subsistencia, fragmentación social- y, al tiempo, la sociedad no ve horizonte de esperanza alguno, se hace perentorio desde las altas instancias gubernamentales económicas y sociales apartarse de ese mundo de las ideas al que tanto aluden y prometer esperanza de futuro. Una esperanza sólida y cierta que se acerque más a lo que es el ser humano y que este, a su vez, lo incremente y consolide con trabajo y rigor.  Al cabo, como dijo Aristóteles, la esperanza es el sueño del hombre despierto. Que se podría traducir en nuestro tiempo como el sueño del hombre proactivo, que busca y encuentra, toma decisiones y avanza.  Pero para esa búsqueda se necesita el mínimo atisbo de esperanza que, últimamente, no abundan por estos lares.

Maquiavelo, un noble que nunca fue rico, experimentó el exilio, lo encarcelaron y torturaron en la convulsa Florencia del siglo XV. Quizá todo lo hablase con el conocimiento de causa que le otorgaba vivir en un entorno político en el que nada estaba garantizado, el statu quo estaba continuamente amenazado. Hoy la amenaza viene de dentro, el Estado de Bienestar ha muerto de éxito y ese statu quo se tambalea hasta que encontremos otro paradigma válido que lo sostenga.

Imagen| Ser y Deber Ser

En QAH| La educación política (IV): ¿Necesitamos partidos políticos?, La pesca de los Rockefeller and company, El peligro de la demagogia

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