Historia 


La Cruzada de los Pobres (II): La devoción es masacrada

Fue en el mes de agosto del año 1096 cuando los ejércitos de Pedro el Ermitaño y Walter el Indigente se unieron en la ciudad de Constantinopla. Decenas de miles de personas habían seguido a estos líderes desde el corazón de Europa, movidos por la ilusión y la devoción ante la llamada del papa Urbano II, dirigida a todos los cristianos sin distinción de clases. Muchos de ellos, sobre todo los que acompañaron al clérigo, no eran más que campesinos sin más armas que sus aperos, y sin ningún tipo de preparación militar previa. Sólo algunos de los cruzados que acudieron en la campaña del Indigente eran soldados con experiencia en combate. A pesar de ello, la ruta de tal expedición a todos les resultaba prácticamente desconocida, así como la duración, esperando siempre algunos de ellos que Jerusalén fuese la siguiente ciudad en su camino.

Tal cantidad de gente suponía serios problemas de abastecimiento, que solucionaron mediante saqueos perpetrados en los alrededores de Constantinopla, a la espera de que el emperador bizantino, Alejo I, organizara el que sería el último tramo de su viaje hacia Tierra Santa. La presencia de estos cruzados empezaba a representar un problema. El numeroso ejército estaba hambriento, pero por todos era sabido que no se trataba de una milicia competente. Alejo I recomendó a los líderes de la campaña que esperasen a la que sería la verdadera Primera Cruzada, compuesta, esa sí, por auténticos soldados equipados y entrenados. Sin embargo, el hambre de esos primeros cruzados no era únicamente de alimento, sino de sangre pagana derramada en nombre de Dios. Quizá pecando de impaciencia, la expedición avanzó casi obligando al emperador bizantino a proporcionarles las embarcaciones necesarias para atravesar el estrecho del Bósforo.

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Alejo I. Santa Sofía, Turquía. 1122.

Nada más pisar tierra firme, los cruzados sufrieron en mayor medida unos desacuerdos que ya se venían arrastrando desde hacía tiempo, con respecto a la manera de actuar. Tras recorrer la costa del mar de Mármara, se asentaron en la fortaleza bizantina de Ciboto y se dividieron finalmente en dos grupos diferenciados principalmente por la procedencia de la mayoría de los que los componían: alemanes e italianos por una parte, y franceses por otra. Por un lado, los franceses se dirigieron a Nicea y saquearon los suburbios, desistiendo de tomar la ciudad al no disponer de ningún tipo de máquina de asedio. Aún así, los botines obtenidos fueron importantes, conseguidos, eso sí, a base de masacres de campesinos en las que no distinguieron religión, cayendo tanto seguidores del Corán como discípulos de la Biblia. Por su parte, y alentados por el relativo éxito de los franceses, unos seis mil cruzados germanos avanzaron bajo el mando de un noble italiano de nombre Reinaldo, llegando a las puertas del castillo selyúcida de Xerigordon. La conquista de la fortaleza fue sencilla, y decidieron asentarse en ella para utilizarla como puesto avanzado en su empresa. Sin embargo, la noticia llegó al sultán de Rüm, Kilij Arslan I, quien envió al general Elchanes al mando de quince mil soldados, de entre los cuales destacaban los pelotones de arqueros a caballo. Tras ocho días de asedio, según algunas fuentes Reinaldo se rindió y tanto él como todos los cristianos que no aceptaron convertirse al Islam fueron degollados.

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Manuscrito medieval francés.

Existen relatos que cuentan cómo dos espías turcos difundieron por el campamento de Ciboto el falso rumor de que los germanos habían tenido éxito en su avance, llegando a conquistar incluso Nicea, obteniendo suculentos botines que se estaban repartiendo. La excitación que crearon entre los cruzados entorpeció la respuesta que tuvieron que dar ante los movimientos de los ejércitos turcos, que amenazaban su posición. En ausencia del principal líder, Pedro el Ermitaño, que había viajado a Constantinopla en busca de suministros, la mayoría de los cabecillas decidieron adelantarse y lanzarse contra los musulmanes, yendo dirigidos por el noble francés Godofredo Burel, de quien se escribió que era “jefe y abanderado de un ejército de doscientos hombres de a pie, que a pie iba él mismo, siendo un hombre lleno de fuerza”. En total, unos veinte mil hombres salieron con dirección a Nicea, sabiendo que se toparían en su camino con las filas turcas. La caravana de soldados llevaba apenas cinco kilómetros recorridos cuando el sendero se adentró en un estrecho valle boscoso entre cuyos árboles esperaban los turcos. El inexperto ejército cruzado delató claramente su situación al avanzar ruidosamente, convirtiéndose en un fácil blanco para la lluvia de flechas de los musulmanes. Pronto el pánico sería el segundo de los errores cometidos por los cristianos, que comenzaron a huir en todas direcciones. La inmensa mayoría murieron masacrados por los sables selyúcidas, salvándose sólo unos pocos, quizá los únicos profesionales, al encontrar refugio en las ruinas de una fortaleza cercana.

Este enfrentamiento, que se conoce como la Batalla de Civetot, nombre que utilizaron los cristianos para referirse a Ciboto, se considera el final de esta Cruzada, la avanzadilla europea que recorrió miles de kilómetros como si de un verdadero ejército se tratara, cuando no eran sino una hueste de cruzados pobres.

En colaboración con QAH| Corresponsal en la Historia

Vía| Heers, Jacques. La Primera Cruzada. Editorial Perrin. París, 2002.

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Imagen| Mosaico, Miniatura

En QAH| La Cruzada de los Pobres (I): El Ermitaño y el Indigente, ¿Quiénes eran los templarios?

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