Historia 


La Cruzada de los Pobres (I): El Ermitaño y el Indigente

En el mes de noviembre del año 1095, tras diez días de sínodo, el Concilio de Clermont finalizaba con un clamoroso grito. Dieu le veut. Más de trescientos eclesiásticos, en su mayoría franceses, acompañados por los señores de mayor poder de las tierras de donde procedían, respondieron con el que se convertiría en su lema a la propuesta del papa Urbano II, que tras un estimulante discurso les había preguntado si empuñarían las armas para acabar con el endemoniado imperio selyúcida, y así recuperar Tierra Santa. Dieu le veut. ¡Dios lo quiere!

La Europa de este momento estaba herida, con batallas entre señores feudales por toda su extensión. Urbano II supo aprovechar la solicitud de ayuda de los embajadores de Alejo I Comneno, emperador bizantino, para unir a toda la Europa cristiana bajo una misma misión. Enviaría ayuda contra los turcos, que poco a poco se extendían con imparable fuerza por toda Anatolia, pero iría más allá y organizaría enormes ejércitos destinados a luchar contra todo musulmán que pisara Tierra Santa. El hombre medieval, que vivía constantemente atemorizado por la posibilidad de acabar en las llamas del Infierno, no dudó en acudir a la llamada ante promesas como las que, según Fulquerio de Chartres, cronista de la Primera Cruzada, el papa ofrecía: “Todos aquellos que mueran por el camino, ya sea por mar o por tierra, o en batalla contra los paganos, serán absueltos de todos sus pecados”.

Pero el llamamiento no se limitaba a convocar a los guerreros. Urbano llamaba a todos los hombres, sin distinción de clases. Utilizando de nuevo lo registrado por Fulquerio de Chartres, sabemos que en su discurso proclamó: “Han ido ocupando cada vez más y más los territorios cristianos, y los han vencido en siete batallas. Han matado y capturado a muchos, y han destruido las iglesias y devastado el imperio. Si vosotros, impuramente, permitís que esto continúe sucediendo, los fieles de Dios seguirán siendo atacados cada vez con más dureza. En vista de esto, yo, o más bien, el Señor os designa como heraldos de Cristo para anunciar esto en todas partes y para convencer a gentes de todo rango, infantes y caballeros, ricos y pobres, para asistir prontamente a aquellos cristianos y destruir a esa raza vil que ocupa las tierra de nuestros hermanos. Digo esto para los que están presentes, pero también se aplica a aquéllos ausentes. Más aún, Cristo mismo lo ordena”.

Pedro el Ermitaño. Fortunino Matania

En los territorios del norte de Francia, un hombre pequeño, delgado hasta el punto de enjuto, moreno, de larga barba, y con una túnica parda y vieja como única vestimenta, pues se dice que caminaba descalzo o en su defecto con andrajosas sandalias, predicaba a las gentes con tal pasión y vehemencia que era venerado como un auténtico santo. Se trataba de Pedro de Amiens, un humilde clérigo francés mejor conocido como Pedro el Ermitaño. Se dice que el pan era su único alimento, sin siquiera querer acompañarlo con vino, y una mula que montaba para trasladarse entre las aldeas era todo lo que tenía. Ante la campaña que el papa había ideado, el Ermitaño no dudó en participar y pronto se puso en marcha organizando bajo su mando a una muchedumbre que fielmente le siguió. Decenas de miles de personas se echaron a los caminos siendo comandadas por el clérigo, con dirección a Tierra Santa. Podría considerarse un temeroso ejército enorme, si no fuera porque las gentes que lo constituían eran las que habitualmente acompañaban al Ermitaño. Hombres, mujeres y niños de origen humilde, pobres, sin ningún tipo de educación militar y sin más armas que las herramientas de trabajo que se llevaron consigo. A pesar de todo, la gente le seguía entusiasmada y decidida a participar en esa misión tan importante para la que habían sido llamados, eufóricos al viajar tras ese guía divino, al cual, se dice, llegaban a besarle sus túnicas o a arrancar pelos de su mula para guardarlos como si de reliquias se tratase.

Pero la suya no fue la única expedición espontánea que partió hacia Jerusalén. Hubo más migraciones masivas que partían de aldeas que casi quedaban desiertas cuando sus pobladores partían dirigidos en su mayoría por líderes espirituales y en menor medida por caballeros feudales. Uno de estos señores fue el que se conoce como Gualterio Sin Haber, si utilizamos una versión un poco más castellanizada de su apelativo, pero cuyo nombre más extendido quizá sea el de Walter el Indigente. Su apodo sin duda nos hace pensar que no se trataba de un personaje demasiado pudiente, y así parece que era, pero lo cierto es que se trataba del señor de la región de Boissy-Sans-Avoir, situada en la llamada Isla de Francia. Bajo su guía, logró también congregar a casi tantas personas como Pedro el Ermitaño, y partió hacia Tierra Santa ganando poco a poco un renombre que le permitía aumentar su ejército reclutando más gente allí por donde pasaba.

Pedro el Ermitaño. Manuscrito francés de finales del siglo XIII

Pedro el Ermitaño. Manuscrito francés de finales del siglo XIII

Las rutas seguidas por ambas coaliciones tuvieron que ser similares. Llegaron de manera independiente a Constantinopla, donde se unieron, habiendo atravesado el Sacro Imperio Romano Germánico, el reino de Hungría y los territorios de Bizancio. Tal cantidad de gente suponía verdaderos problemas de abastecimiento que jamás fueron previstos debido a que la motivación principal de estos movimientos había sido la pura pasión, por lo que estas huestes pronto se valieron de saqueos, robos y demás crímenes para continuar con su viaje, amparándose en la disculpa de que las víctimas eran enemigos infieles. Existen contrariedades a la hora de afirmar si estas campañas contaron o no con el beneplácito papal. De lo que no cabe duda es de que la Historia nos sitúa como verdadera Primera Cruzada la acontecida en el año 1096 y a la que se denomina Cruzada de los Príncipes. Fue esta una verdadera expedición militar organizada, y que por ello difiere de la anterior debido a que las gentes que participaron en la primera no se configuraron como verdaderos ejércitos. Hay quien opta por considerar la empresa del Ermitaño y del Indigente como una avanzadilla que no tuvo mayor éxito. Al fin y al cabo, pasó a los libros como la Cruzada de los Pobres.

En colaboración con QAH| Corresponsal en la Historia

Vía| Historia Universal

Más información| Histocast

Imagen| Ilustración, Manuscrito

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