Cultura y Sociedad, Patrimonio 


La Cartuja de Miraflores: ¿Cumplió Isabel la Católica las últimas voluntades de su padre?

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La Cartuja de Miraflores, con el sepulcro de Juan II e Isabel de Portugal ante el retablo mayor y el del infante don Alfonso a la izquierda, en el lado del Evangelio

Juan II de Castilla recibió sepultura en la Cartuja de Miraflores, a unos tres kilómetros de Burgos, cenobio de su fundación donde dejó establecido que quería ser enterrado. Pero su muerte prematura en 1454 imposibilitó que lo viera casi ni empezado y hubo que esperar a la muerte de Enrique IV, su primogénito y sucesor, que apenas se ocupó las obras, para que, a la llegada al trono de Isabel la Católica, también hija suya, por fin el monarca fundador viera cumplidos sus deseos o… quizá no.

Y es que Juan II fue enterrado junto a su segunda esposa, Isabel de Portugal, y al infante don Alfonso, el hijo de ambos.

Los dos monumentos funerarios, encargados por Isabel la Católica, fueron realizados en alabastro por Gil de Siloe. El de los reyes, ubicado en el centro del presbiterio, ante el impresionante retablo mayor de Miraflores, también de Siloe en colaboración con Diego de la Cruz, es una espectacular pieza exenta con forma de estrella de ocho puntas, una forma insólita, con la que también se buscó dar respuesta al gran protagonismo adquirido por la nobleza durante los reinados de Juan II y Enrique IV, que encontró una de sus vías en conjuntos funerarios de grandes dimensiones y de gustos extravagantes erigidos en capillas de propiedad o incluso conventos patrocinados para glorificación de sus respectivos linajes.

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Sepulcro en arcosolio del infante don Alfonso, de Gil de Siloe

En cuanto al mausoleo del infante don Alfonso, tiene una forma más convencional, en arcosolio, y ocupa el siguiente lugar más destacado en el templo, la pared del Evangelio del presbiterio, al lado de sus padres.

Pero la decisión de que Juan II fuera enterrado junto a la madre y el hermano de  Isabel I no debió tener nada que ver con los deseos del propio rey, que lo lógico es que hubiera pensado en un enterramiento junto a su primera esposa, María de Aragón, la madre de su heredero, Enrique IV.

Durante el reinado de este último, la fuerte rivalidad entre la nobleza, heredada ya de la época anterior, provocó una división en dos bandos que luchaban por hacerse con el control de los territorios estratégicos, de las nuevas tierras en expansión hacia el Al-Ándalus,  de los impuestos y jurisdicciones sobre las comarcas más ricas, de los oficios cortesanos… un conflicto con dos facciones en el que el problema sucesorio fue utilizado como moneda de cambio: por un lado los partidarios de la infanta doña Juana, la línea sucesoria legítima, hija de Enrique IV y de Juana de Portugal; y por otro sus detractores, que apoyados en la supuesta ilegitimidad de la infanta, alegando que no era hija del rey sino fruto de las relaciones adúlteras de la reina con don Beltrán de la Cueva, casi con seguridad una difamación, primero se posicionaron a favor del infante don Alfonso, hijo de Juan II y su segunda esposa, Isabel de Portugal, y que la muerte prematura de éste, defendieron la sucesión de su hermana Isabel.

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Sepulcro de Juan II e Isabel de Portugal, de Gil de Siloe

Como ya se sabe, el conflicto terminó resolviéndose con la Guerra de Sucesión Castellana, en la que la victoria de los partidarios de Isabel hizo posible que ésta accediera al trono de Castilla, una línea sucesoria que no era la legítima.

Así, con una iglesia conformada como panteón real, la presencia del enterramiento de sus padres junto al de su hermano conlleva una fuerte carga política, elementos sancionadores en defensa de su propia legitimidad en la sucesión al trono una vez fallecido don Alfonso, dos tumbas encargadas por la propia reina justo después de vencer en la guerra y colocadas allí por su expreso deseo y no tanto por el de su padre.

 

Vía| La Cartuja de Miraflores

Más información| VV.AA., La Cartuja de Miraflores I. Los sepulcros, Madrid, Fundación Iberdrola-El Viso, 2007.

Imágenes| Nave de la iglesia, Sepulcro del infante don Alfonso, Sepulcro de Juan II e Isabel de Portugal

En QAH| Los pactos de Guisando, ‘Bonarum artium cultrix’: el legado de Isabel la Católica

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