Historia 


La biblioteca del Monasterio de El Escorial

El uso político de las bibliotecas

Vista desde el aire del Monasterio de San Lorenzo de El Escorial

Vista desde el aire del Monasterio de San Lorenzo de El Escorial

El rey Felipe II (1554-1598) sabía perfectamente que los libros podían ser sus grandes aliados o sus mayores enemigos. Por ello hizo un estricto control sobre la producción y circulación de todo tipo de libros, bien impidiendo posibles filtraciones de manuscritos del Rey o bien favoreciendo a aquellos documentos, libros, e ideas que estuvieran al servicio de sus objetivos. No obstante, hay que recordar que este rey fue destinatario de las dedicatorias de muchos hombres de letras, algunos de los cuales escribieron gracias a su mecenazgo. No olvidemos que fue el fundador de la Real Biblioteca del Monasterio de San Lorenzo de El Escorial (conocida también como Biblioteca Laurentina), una de las mayores bibliotecas del mundo en esa época.

Debido al gran coste que suponían los libros en aquella época, las bibliotecas eran usadas como reflejo de la riqueza y poderío de su fundador, en la medida del número de ejemplares (y cuantos más raros y difíciles de conseguir mejor) conseguidos. Dotar una biblioteca de fondos permitía al príncipe practicar el mecenazgo humanista sobre todo tipo de intelectuales y hombres letrados. Asimismo, el volumen de libros que se reunirían en esa biblioteca permitirían al rey incrementar su conocimiento sobre todo tipo de temáticas, haciendo que su capacidad de decisión en los asuntos de gobierno mejorase.

Contenidos de la Biblioteca Laurentina

Salón principal de la Real Biblioteca del Monasterio de El Escorial

Salón principal de la Real Biblioteca del Monasterio de El Escorial

Durante su periodo de construcción y decoración (concretamente, entre 1563 y 1598) ya se había enviado pinturas, esculturas, antigüedades, libros, y objetos científicos y litúrgicos varios procedentes de las colecciones artísticas de sus antepasados o adquiridas especialmente por el propio Rey. Todo era con el fin de competir en grandeza con la biblioteca Vaticana, siendo así una muestra más de la grandeza del monarca español. Aparte de las adquisiciones personales de Felipe II, la Biblioteca Laurentina se nutrió de las prestigiosas bibliotecas de personajes notables de la época y de otras fundaciones reales, como la de la capilla real de Granada. Además, la Biblioteca Laurentina también podía presumir de tener uno de los mejores fondos de códices griegos y árabes, con más de 500 ejemplares de muy diversas materias.

A nivel artístico, atesoró una gran colección de estampas de Durero y de los artistas flamencos e italianos más importantes del siglo XVI. También una notable colección de dibujos, una galería de retratos de personajes ilustres, y las majestuosas decoraciones al fresco del salón principal. Más allá de esto, la Laurentina también era un gabinete científico y anticuario para que el que se compraron mapas, globos celestes y terrestres, astrolabios, relojes, monetarios, una gran colección de reliquias…

Críticas a la Biblioteca Laurentina

Retrato de Felipe II hecho por Sofonisba Anguissola

Retrato de Felipe II hecho por Sofonisba Anguissola

Sin embargo, Felipe II recibió muchas críticas por la ubicación de esta magna biblioteca. La principal de ellas se basaba en el hecho de que Felipe II instalara una biblioteca tan magnífica en un monasterio de frailes jerónimos que ni siquiera estaba instalado en ninguna ciudad importante como podría ser Valladolid, por lo que no se hacía accesible para todos los estudiosos. No se entendía porque Felipe II no la fijó en su propia Corte o en alguna localidad que tuviera universidad o actividad comercial o administrativa. Una posible razón para este “ocultamiento” de los libros se puede deber al ya mencionado uso propagandístico que las distintas Iglesias de la Reforma Protestante hicieron de ellos. Éstos interpretaban de forma distinta la “Verdad revelada” y las obras de las grandes autoridades del cristianismo, por lo que había que vedar como fuera posible el acceso de estos rupturistas a todos los libros que pudieran ser susceptibles de reedición canónica.

Por ese motivo existía una especie de paranoia en el mundo eclesiástico y entre los defensores de la Fe, creyendo ver herejes en todas partes robando “la verdad” depositada en los libros. Este clima paranoico se refleja, por ejemplo, en el hecho de que la Biblioteca Vaticana endureció mucho sus requisitos de acceso y cambió el sistema de organización de los libros, para que no se colara ningún reformado indeseable.

Conclusiones

A partir de todo esto, se puede concluir que la fama de “enterrador de libros” que se le atribuyó a Felipe II hasta el siglo XIX fue injusta. Ni siquiera las críticas a la ubicación de la Biblioteca Laurentina son justificables, puesto que ésta responde a los paradigmas de las demás grandes bibliotecas de la segunda mitad del siglo XVI en su tendencia a guardar los libros como tesoros que hay que custodiar.

En colaboración con QAH| Historiae Heródoto

Vía| FLORISTÁN, A. (2005): Edad Moderna: Historia de España. Ariel, Barcelona; BOUZA, F. (1998): Imagen y propaganda: capítulos de historia cultural del reinado de Felipe II. Akal, Madrid.

Imagen| Biblioteca Laurentina; Retrato de Felipe II; Monasterio de El Escorial

En QAH| La legitimación del poder en Felipe II; ¿Cuánto duraron las obras del Escorial?

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