Historia 


La batalla de las Navas de Tolosa

Alfonso VIII de Castilla

El día 16 de julio de 1212 se produjo la batalla más importante de toda la Reconquista. Se enfrentaron un ejército cristiano formado por las tropas castellanas de Alfonso VIII, las aragonesas de Pedro II, las navarras de Sancho VII, voluntarios de otras monarquías europeas y caballeros de las Órdenes Militares y milicias concejiles, contra un ejército musulmán almohade muy superior numéricamente, comandado por el propio califa Muhammad Al-Nasir (conocido entre los cristianos como “Miramamolín”), en las proximidades de la localidad jienense de Santa Elena.

La coalición cristiana estaría formada por unos 70.000 soldados, frente a los 120.000 musulmanes del imperio almohade (estas cifran son discutidas por distintos autores modernos y parecen muy exageradas para las huestes habituales de la época). Aquella victoria marcaría el definitivo declive musulmán y el inicio de la fase final de la Reconquista.

A principios el siglo XIII todavía persistían cinco reinos cristianos en la Península Ibérica, Castilla, León, Aragón, Navarra y

Muhammad Al-Nasir

Portugal, que rivalizaban entre sí enfrentándose en guerras fratricidas. Enfrente de ellos Al-Ándalus, dominada por los almohades que habían cruzado el estrecho de Gibraltar, para  socorrer a sus hermanos musulmanes en el año 1147.

Alfonso VIII buscaba entablar una gran batalla contra los almohades tras la humillación sufrida en Alarcos en 1195. Pero el punto álgido de la tensión entre ambas facciones llegó cuando las tropas almohades de Al-Nasir tomaron el castillo de Salvatierra en 1211, que suponía uno de los últimos baluartes para evitar la llegada de los musulmanes a la antigua capital, Toledo.

Este hecho causó una gran alarma entre los reinos cristianos peninsulares y del resto de Europa. A instancias del rey Alfonso VIII de Castilla el Papa Inocencio III convoca Santa Cruzada para combatir unidos a la amenaza almohade. El Papa instó a los Reyes cristianos que olvidaran sus rencillas so pena de excomunión. El Arzobispo de Toledo don Rodrigo Jiménez de Rada, estuvo predicando la cruzada por toda Europa animando a los creyentes a alistarse. Llegaron a España miles de cruzados procedentes de Italia, Francia y Alemania y a su frente los obispos de Narbona, Nantes y Burdeos. También acudieron muchos caballeros de los reinos europeos denominados tramontanos por su procedencia de más allá de los Pirineos.

De los reinos peninsulares sólo los reyes de Aragón y de Navarra acudieron al llamamiento de la corona de Castilla. El rey de Aragón Pedro II siempre fue un aliado fiel de su primo Alfonso VIII y no podía ignorar su llamada, por el contrario Alfonso IX de León, enconado enemigo del castellano, no acudió.

Baralla de Las Navas de Tolosa por Francisco de Paula Van Halen

En Toledo durante el mes de mayo de 1212, se reúnen las tropas que formarán la Santa Cruzada. El 20 de julio de 1212 las tropas cristianas, unos 85.000 hombres, salen de Toledo hacia el frente de batalla. Cuando llegan a la fortaleza de Malagón, los musulmanes la rinden a cambio de sus vidas, pero los cruzados extranjeros negaron cualquier tipo de acuerdo y pasaron a cuchillo a los habitantes de Malagón, rompiendo con las costumbres peninsulares, por las cuales se respetaba la vida a los vencidos y se les permitía seguir viviendo en sus tierras, para evitar la terrible despoblación que sufría el territorio. El rey Alfonso VIII llegó dos días más tarde a la fortaleza y contempló horrorizado el espectáculo dejado por los tramontanos. Esto dio origen a los roces entre los cristianos españoles y los extranjeros.

Días más tarde llegaron a la fortaleza de Calatrava, perdida por los Templarios años atrás. El rey Alfonso negoció la rendición con los musulmanes perdonándoles la vida si no combatían, lo que enfureció todavía más a los cruzados tramontanos. Esto y los terribles calores que tuvieron soportar en el verano manchego, al que no estaban acostumbrados, les hizo abandonar la cruzada y retirarse a sus países de origen. Los hispanos se quedaron solos ante el poder almohade. El ejército cristiano quedó reducido a unos 60.000 hombres, causando gran pesar entre los españoles. Sólo permanecieron unos 150 caballeros del sur de Francia por prestar vasallaje al rey de Aragón. A pesar del duro varapalo, los reyes cristianos decidieron continuar y combatir. Poco después se incorporaría a la expedición Sancho VII, rey de Navarra, con 200 caballeros y unos 2.000 peones.

El siguiente obstáculo para el ejército cristiano fue atravesar Sierra Morena, donde esperaban acantonadas las tropas de Al-Nasir. Los almohades controlaban todos los pasos. No era nada fácil  para un ejército tan numeroso atravesar las montañas sin correr riesgos.

Según la leyenda San Isidro Labrador o un humilde pastor se apareció a las tropas cristianas y les mostró un paso seguro. Las avanzadillas de Don Diego López de Haro, señor de Vizcaya, recorrieron el paso y una vez comprobada su idoneidad, alertaron al grueso del ejército para que entrasen en él y franquearan las montañas. El paso les condujo hacia un lugar llamado la Mesa del Rey, donde se estableció el campamento cristiano.

Al-Nasir viendo cómo los cristianos habían conseguido cruzar, envió a sus vanguardias de jinetes y arqueros en misión de hostigamiento para no dejarles descansar, ni bajar la guardia.

En la madrugada del día 16 de julio de 1212 las tropas de ambos bandos se encuentran en orden de combate. Al amanecer se

Disposición de las tropas

dio la comunión a las tropas cristianas, los soldados encomendaron su alma al cielo y se prepararon para la batalla.

Se iba a producir la mayor de las batallas de la larga lucha por la reconquista, donde la Cruz y la Media Luna decidirían el futuro de los reinos peninsulares y de la Historia de España.

La disposición del ejército cristiano formado por 70.000 hombres se dividía en 3 cuerpos.

En el centro se situó la caballería castellana y en su vanguardia el abanderado de Castilla, Don Diego López II de Haro junto con el Alférez de Castilla, Don Álvaro Núñez de Lara. En el centro de la retaguardia estaban el Rey de Castilla Alfonso VIII y el Arzobispo de Toledo, Don Rodrigo Jiménez de Rada.

En el flanco derecho, el rey navarro Sancho VII “El Fuerte y en el izquierdo los aragoneses con su Rey Pedro II.

La retaguardia la formaban las milicias urbanas castellanas de Ávila, Segovia y Medina del Campo que auxiliaban a un flanco y al otro, junto con las Órdenes Militares de Santiago, Calatrava, Templarios y Hospitalarios.

El ejército almohade, compuesto por unos 120.000 hombres, formó con infantería al frente y la caballería ligera en los flancos.

En primera línea, las tropas más fanatizadas por el Islam, compuesto por tropas ligeras y útiles para descabalgar jinetes y para las escaramuzas.

En segunda línea las fuerzas almohades magrebíes, con algunos andalusíes, constituida por tropas de voluntarios.

En tercera línea, las tropas mejor preparadas, formadas por la élite almohade. Y en la retaguardia la caballería pesada que custodiaba la inmensa tienda de campaña del califa Al-Nasir, tienda ostentosa de color rojo, muy llamativa y rodeada por la Guardia Negra. Esta famosa guardia estaba formada por fanáticos islámicos de raza negra, con uniformes negros, dispuestos a dar su vida por el califa. Se denominaban Im-Esebelen (desposados), una tropa escogida especialmente por su bravura, que se anclaban con cadenas al suelo, para mostrar su disposición a morir antes de huir del combate y que en la batalla rodeaban con sus cuerpos la tienda de su señor.

Alfonso VIII fue el que inició el combate. Después del clásico lanzamiento de flechas para debilitar al enemigo, la vanguardia castellana formada por la caballería pesada, dirigida por Don Diego López de Haro, lanza una carga contra el frente almohade. El  terrible choque de la caballería pesada contra los infantes sarracenos, hace retroceder a estos últimos, aunque pronto se reponen y contraatacan con la segunda línea formada por la caballería ligera almohade,  causando estragos en las filas cristianas. Acude en su auxilio la segunda línea cristiana. Muchos jinetes son descabalgados y otros huyen, aunque Don Diego, su hijo Núñez de Lara y los caballeros de las órdenes militares continúan luchando heroicamente.

Viendo la retirada de los cristianos, los musulmanes rompieron su formación cerrada para perseguirles, grave error táctico que debilitó el centro del ejército almohade.

La situación era crítica para el ejército cristiano, había que reaccionar pronto o la batalla estaría perdida. Alfonso VIII que  veía como su ejército era masacrado tomó la heroica decisión de atacar con todo lo que le quedaba. Despreciando su propia vida y echando toda la carne en el asador, ordenó una carga con todas las reservas de su ejército. El propio rey Alfonso poniéndose al frente de sus caballeros clavó espuelas y se lanzó a una carga  de cuyo resultado dependía la victoria o la derrota, la vida o la muerte. Los reyes aragonés y navarro hicieron lo propio y se pusieron al frente de sus huestes secundando al castellano. Esta fue la famosa Carga de los Tres Reyes.

El fuerte empuje de la caballería cristiana rompe la segunda y la tercera línea almohade. El rey  Sancho VII de Navarra, al frente

Sancho VII de Navarra atravesando la Guardia Negra del califa

de las tropas navarras alcanzan la majestuosa tienda roja de campaña de Al-Nasir. El califa tuvo el tiempo justo de subirse al caballo que le ofreció uno de sus caballeros y huyó hasta Baeza. Según la tradición los navarros aniquilaron la Guardia Negra del Miramamolín rompiendo las cadenas que los anclaban al suelo. Esas cadenas son las que a partir de entonces figuran en su escudo (aunque este aspecto es discutible porque parece que fueron los castellanos y aragoneses los que llegaron primero a la tienda del califa).

Los almohades huían en desbandada y el ejército cristiano emprendió la persecución hasta la caída del sol, por espacio de unos veinte o veinticinco kilómetros. Durante la persecución los cristianos consiguen un enorme botín de guerra. Entre este botín se encontraría el famoso pendón de las Navas, conservado en el Monasterio de las Huelgas (Burgos), pero la realidad es que este pendón fue conseguido por el rey Fernando III en una campaña posterior.

La victoria cristiana era ya un hecho. Los muertos musulmanes 90.000 y 5.000 los cristianos.

Al término de la batalla, el Arzobispo de Toledo reza un “Te Deum” de agradecimiento a Dios, con las tropas cristianas.

Rezo del Te Deum tras la batalla

Al atardecer, Alfonso VIII junto al Arzobispo de Toledo, don Rodrigo Jiménez de Rada, recorren el campo de batalla donde todo era ya desolación y muerte.

El rey Alfonso VIII mandó una carta al Papa Inocencio III anunciando el gran éxito obtenido en La Cruzada.

Esta batalla supuso el punto de inflexión en la interminable guerra de la Reconquista. A partir de aquí, las conquistas cristianas fueron mermando el poderío musulmán hasta dejarlo reducido al reino de Granada, que finalmente cayó en 1492 a manos de los Reyes Católicos.

 

Bibliografía:
Las Navas de Tolosa, 1212: idea, liturgia y memoria de la batalla, Madrid, Sílex, 2012.

Batista González, J.: «De Covadonga a Las Navas de Tolosa», España estratégica. Guerra y diplomacia en la historia de España, cap. 4, Madrid, Sílex, 2007.

García Fitz, F.: Las Navas de Tolosa, Barcelona, Ariel, 2005 (Grandes Batallas); reeditado en 2012 (edición VIII centenario).

«La batalla de Las Navas de Tolosa: el impacto de un acontecimiento extraordinario», en Patrice Cressier y Vicente Salvatierra (eds.), Las Navas de Tolosa, 1212-2012.

Rosado Llamas, M.D. y López Payer, M.G.: La batalla de las Navas de Tolosa: historia y mito, Jaén, Caja Rural, 2001.

 

Imágenes: fuente www.google.es

 

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