Cultura y Sociedad, Historia 


La batalla de Adrianópolis: el ocaso de un Imperio

Un 9 de agosto del año 378, Roma fue derrotada en la batalla de Adrianópolis, combate que, en opinión de no pocos historiadores, terminó decidiendo el destino del Imperio. Librada en las cercanías de la actual ciudad de Edime (Turquía), esta disputa enfrentó al emperador Valente I y a los visigodos de Fritigerno. Indiscutiblemente, Adrianópolis fue una de esas batallas a las que la Historia acabó otorgando un carácter decisivo, una trascendencia similar a la que, ya en época más reciente, tuvieron Stalingrado o Midway.

Solidus del emperador Valente I

Solidus del emperador Valente I

La contienda, que se saldó con la muerte del propio emperador y la práctica aniquilación de sus huestes, puede ser considerada, sensu stricto, como la última en la que tomaron parte las legiones romanas, por lo menos como lo habían venido haciendo hasta el momento. Tras esta dolorosa derrota y condicionados por los cambios militares que se estaban operando, los ejércitos imperiales trataron de potenciar la caballería en detrimento de la infantería. Ello no quiere decir que la caballería de los romanos fuera inexistente. Dentro de la misma ya ejercían algunas unidades pesadas como los catafractos, no obstante, su protagonismo dentro de la lucha era más bien secundario. Adrianópolis puso de manifiesto las carencias de las tropas de infantería del Imperio que fueron destrozadas por una caballería bárbara en la que, según las fuentes, también se integraron algunos jinetes hunos y alanos, famosos por la destreza y habilidades guerreras de las que solían hacer gala a lomos de sus respectivas monturas.

El ejército de Roma que combatió en Adrianópolis ya nada tenía que ver con aquella fuerza que durante los siglos anteriores, en los momentos de máximo esplendor del Imperio, se había «paseado» por los campos de batalla de medio mundo. Dentro del mismo habían tenido lugar cambios no sólo cuantitativos, pues cada vez era menor el número de soldados disponibles, sino también cualitativos. En este sentido, los legionarios ya no hacían uso del tradicional pilum ni del gladius, sustituidos por armas como la spatha, más larga que las anteriores, o la lanza larga, heredera de la sarisa macedónica. En el ámbito defensivo, la armadura segmentada había dejado paso a la cota de malla, bastante más resistente, y el escudo había ido evolucionando hacia formas más ovaladas y circulares. El sistema de combate se había modificado igualmente y, a estas alturas del S. IV, los infantes romanos combatían como piqueros, imitando las falanges que ya en su día desplegara Filipo II.

La batalla de Adrianópolis, 378 d.C.

Infantería romana durante la batalla de Adrianópolis

A todo ello habría que añadir la heterogeneidad existente entre las filas del propio ejército imperial, en cuyo seno, desde hacía ya varias décadas, habían comenzado a integrarse guerreros de diferentes «nacionalidades» y un número nada desdeñable de bárbaros. Fruto de los diferentes foedus o pactos firmados entre los emperadores y los jefes de las tribus bárbaras, había tenido lugar un incremento notable del número de combatientes «no romanos» adjuntos a los propios contingentes imperiales, circunstancia que, si bien permitió a Roma nutrir las filas de su cada vez más mermado ejército, terminó volviéndose en su contra ya en el S. V, cuando los caudillos bárbaros trataron de aumentar su poder militar.

La batalla de Adrianópolis no fue un hecho de armas aislado sino producto de la política de devastación que los pueblos bárbaros estaban llevando a cabo dentro de las provincias orientales del Imperio. Ante esta situación e incapaz de alcanzar acuerdos pecuniarios con sus enemigos, el emperador Valente I decidió pasar a la acción y salir al encuentro de los visigodos. El enfrentamiento como tal tuvo lugar una calurosa mañana de agosto del año 378 cuando, tras fracasar los parlamentos pertinentes, las palabras dejaron paso a las armas. En un primer momento, los infantes romanos, asistidos por sus propios caballeros en los flancos de su formación, consiguieron aguantar las embestidas de los jinetes enemigos, teniendo lugar un combate bastante equilibrado en sus fases iniciales. La balanza quedó desequilibrada cuando, totalmente superada y desmembrada, la caballería romana desplegada en el flanco izquierdo emprendió la retirada, dejando a su suerte a la infantería que, en pocas horas, fue completamente aniquilada.

Autores romanos como Amiano Marcelino u Orosio describen con detalle en sus escritos la fiereza de los combates acontecidos. Resultado de los mismos, sólo un tercio del ejército imperial (unos 7.000 hombres) consiguió retirarse del campo de batalla, buscando refugio tras las murallas de Adrianópolis, ciudad que los visigodos no fueron capaces de conquistar debido a sus escasos conocimientos de poliorcética. La batalla concluyó con un saldo muy negativo para Roma. La muerte del emperador Valente I dejaba sin «el primero de los romanos» a un Imperio cada vez más débil para defender con garantías sus vastas fronteras.

Vía| BARBERO, A. (2007): El día de los bárbaros. Barcelona: Ariel.

Más Información| MUSSET, L. (1982): Invasiones, las oleadas germánicas. Barcelona: Labor.

Imagen| Solidus del emperador Valente I; Infantería romana durante la batalla de Adrianópolis.

 

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