Historia 


La actitud romana hacia la guerra en la República: La aristocracia (I)

samnita

Ilustración de las guerras samnitas (343-290 a.C)

Desgraciadamente la guerra ha formado parte del ser humano desde sus inicios, podríamos afirmar, no sin vergüenza, que es algo que viene de serie en nuestra especie. Los romanos dan buena cuenta de ello dado que la actividad bélica estaba inserta en la vida como para los occidentales lo está el estado del bienestar ¡Qué fácil es relatar las andanzas de Julio César en la Galia, o alabar las estrategias de los generales romanos ante los bárbaros! ¡Qué a la ligera hacemos recuento de las víctimas que conllevaba una batalla! Pero la guerra es más profunda que eso. Siendo uno de los aspectos más cruel de nuestra especie, me gustaría en esta serie de entradas tocar el aspecto mental de los romanos hacia los conflictos bélicos en dos partes. Esta primera dedicada a la aristocracia y la segunda, dentro de un mes, a los ciudadanos.

Ante todo se debe aclarar que el Estado romano hacía la guerra todos los años empezando sus campañas en primavera. Era extraño el año en el que no se producía un conflicto, por ello, la guerra formaba parte de la vida del individuo. La aristocracia veía esta actividad como el mejor método de ascensión social pues el caudillaje en la batalla era ideal para realizar acciones heroicas y llenar las arcas personales de denarios. Polibio afirma que nadie puede acceder a un cargo político en Roma sin antes completar diez campañas militares por ello los jóvenes aristócratas comenzaban sus carreras militares a los 18 años o quizás antes. Aunque los aristócratas tenían conocimientos sobre oratoria y leyes, la base educacional se basaba en la guerra y la consecución del éxito en la misma les permitía obtener la más alta estima de sus conciudadanos el laus y a un nivel más elevado, la gloria. La pertenencia al Senado también otorgaba el laus y las grandes riquezas podían, según Catón, llevar a un individuo hasta la gloria, aun así, estos dos ejemplos no pueden competir con el éxito en una campaña militar y la gloria que otorgaba la actividad bélica pues esta era tan importante que se trasmitía parcialmente de padre a hijo. Esto suponía que los descendientes tenían el peso de superar el prestigio de sus padres y así el prestigio quedaba ligado a la familia o gens. Para conseguir el laus y la gloria el individuo debía tener virtus (valor), habilidad que aumentaba para superar la competencia (certamen gloriae) de otros congéneres. El hecho más heroico que podía conseguir una persona era el triunfo, superior a la  gloria y que llevaba al susodicho a ser representado con los atributos de Júpiter. Por este honor se luchaba celosamente con el enemigo ya fuera bárbaro o romano, pero procuraba grandes satisfacciones políticas y psicológicas.

El cónsul Cayo Mario en el 107 a.C fue de los primeros hombres que consigue un prestigio tan alto como el de un imperator.

El cónsul Cayo Mario en el 107 a.C fue de los primeros hombres que consigue un prestigio tan alto como el de un imperator

Esta mentalidad de la búsqueda del poder individual ya empieza a verse en la época de las guerras italianas (IV a.C) y aunque el prestigio personal no llega al nivel del siglo II a.C, donde personajes como Mario consiguen labrarse una fama nunca vista hasta entonces, la competencia entre las principales familias romanas era ya importante.

El Estado se aprovechaba de la ideología de la laus y la gloria ya que era útil otorgar valor moral a las victorias de Roma sobre otros pueblos, ideología que sigue aplicando hoy día la cultura occidental, con valor moral que pretende ser superior al de otras culturas y al igual que Roma, esto permite legitimar ciertas acciones en el panorama internacional.

Estos atributos también desempeñaban una labor social pues el soldado raso nunca podía llegar al grado de prestigio que solo era reservado para la aristocracia y por lo tanto se conformaba una mentalidad que remarcaba la diferencia entre la aristocracia y el resto de la ciudadanía. La gloria justificaba la posición de los que estaban en el poder y la fama era la base de la nobilitas (compuesta por los nobiles que eran los descendientes de los cónsules, y los “célebres” aristócratas que habían ganado prestigio). El dinero estaba ligado a esta fama pues ayudaba a mantenerla y extenderla mediante el evergetismo (la construcción de edificios públicos en beneficio del pueblo).

Debido a todo lo explicado anteriormente, la mentalidad aristócrata era belicosa con otros Estados y era común que los intereses personales se mezclaran con los estatales aunque estos intereses personales nunca se llevaron al extremo pues se contrapesaban a sí mismos  y el Estado Romano se expandió con precaución sin generar demasiados frentes simultáneos. También se le suma que mantener una guerra prolongada evitaba el ansiado triunfo de los generales y se buscaba la pax (no confundir con nuestro concepto de paz) pues el término romano solo era un concepto llevado a cabo después de una guerra victoriosa.

En pocas ocasiones la aristocracia renuncia a la actividad bélica y cuando se da ese caso son episodios aislados protagonizados por pequeños grupos o simplemente individuos. En cuanto a la brutalidad de la guerra, nada parece indicar que los individuos sintieran de manera general repulsión a esa crueldad bélica pues era un fenómeno más en la vida del romano.

Una vez hecha la síntesis de la mentalidad aristocrática hacia la guerra, invito al lector a conocer el mes que viene la actitud de los ciudadanos de a pie. Los que más arriesgaban y los que no recibían grandes beneficios de participar en la contienda.

Vía| Harris V. William, Guerra e Imperialismo en la Roma Republicana. 327-70 a.C. Siglo XXI; 1998.

Imágenes| Guerra samnita, Cayo Mario.

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