Cultura y Sociedad, Historia 


Justiniano I el Grande y la recuperatio imperii (IV)

En este último artículo a propósito de la recuperatio imperii relataremos la campaña hispana y haremos balance de las conquistas y legado del reinado del emperador Justiniano.

Hispania

Mientras Narcés batallaba con los godos en la península itálica, una tercera oportunidad de expansión se presentó ante Justiniano. A principios de la década de 550, el noble visigodo Atanagildo inició una guerra civil para derrocar al rey Agila I, situación de desorden interno que bien podía ser aprovechada por los romanos para hacerse con los lucrativos puertos del sur y del este de la antigua Hispania. A pesar de estar enfrascado en la guerra itálica, Justiniano decidió que no podía dejar pasar esta oportunidad, comisionando a Liberio (magister militum per Spaniae) con 6.000 hombres para actuar en Hispania. El italorromano Liberio fue prefecto del pretorio en la Galia y había servido con Narcés en la primera fase de la guerra itálica. A pesar de contar 80 años al iniciarse la campaña y de carecer de experiencia militar, conocía muy bien a los bárbaros y siempre había sabido negociar con ellos, lo que le hizo merecedor de este nombramiento.

En este punto los historiadores no se ponen de acuerdo en determinar a qué facción debía apoyar Liberio con sus tropas. La versión más extendida es que combatieron del lado de Atanagildo, que habría prometido sustanciosas mercedes a los romanos por su apoyo. Sin embargo, otros como el historiador godo Jordanes entienden que los romanos prosiguieron con su política de apoyar a los reyes legítimos contra los usurpadores, por lo que habrían sostenido por las armas la causa de Agila I. Esta explicación, además de ser más coherente con las anteriores intervenciones romanas en África y en Italia, daría sentido al hecho de que Agila no movió sus tropas hasta que llegaron los romanos, lo que no tiene ningún sentido si se entiende que éstos venían en defensa de Atanagildo.

Dejando de lado esta discusión histórica, Liberio desembarca en 552 en Septem (Ceuta) para asegurarse el control de la Columna de Hércules (el estrecho de Gibraltar) y una base a la que retirarse si los acontecimientos se truncaban. Tras tomar esta precaución, los romanos pasan a la península vía Cartago Nova (Cartagena) y Gades (Cádiz), dos puertos importantes para controlar el tráfico mercantil hispano. En 554 Narcés ya había derrotado a todos los enemigos en Italia, lo que permite a Justiniano sacar tropas de este teatro de operaciones y destinarlas al refuerzo de las huestes de Liberio. Una vez incorporados estos refuerzos, Liberio marcha hacia Hispalis (Sevilla) donde se estaban concentrando las fuerzas de ambos líderes visigodos. Allí es derrotado Agila, que caería asesinado por los esbirros de Atanagildo en 555. Una vez es entronizado rey, Atanagildo se encara con los romanos y les derrota en varias ocasiones, frenando su avance hacia el norte. Sin embargo, estos se hacen fuertes en el litoral gracias al apoyo de la población hispano-romana, aún hostil a los visigodos y más próxima culturalmente (lingüística y religiosamente). Aprovechando la situación de ruina producida por la guerra civil visigoda, y valiéndose de la mejor arma romana de la época, la diplomacia (junto con el fuego griego, por supuesto), los romanos consiguen controlar buena parte del litoral hispano y enviar a Constantinopla pingües beneficios derivados de las exacciones fiscales sobre el comercio hispano. A pesar de ello, terribles guerras en otros puntos del Imperio provocaron que los sucesivos emperadores desatendieran la conquista más provechosa de la recuperatio imperii, que debió sobrevivir y defenderse de los godos únicamente con sus propios medios. De este modo, la presencia romana fue replegándose en las décadas siguientes, hasta ser definitivamente liquidada por el rey Suintila en 624.

El legado de Justiniano

El Imperio de Oriente al término de las conquistas de la recuperatio imperii.

El Imperio de Oriente al término de las conquistas de la recuperatio imperii.

Las prodigiosas conquistas de la recuperatio imperii, fruto de casualidades históricas bien aprovechadas por los romanos, representaron sin embargo un coste enorme para las arcas imperiales, que quedaron vacías al término de las campañas de Belisario, Narcés, Mundo y Liberio. Al pasar Justiniano a mejor vida en 565, le sucedió en el trono Justino II, un redomado incapaz que destituyó a Narcés y desbarató el delicado equilibrio diplomático con los pueblos bárbaros que le legó su predecesor, abriendo así la puerta a la segunda invasión lombarda de Italia en 568. Además, la epidemia de peste bubónica (conocida como la plaga de Justiniano) que venía extendiéndose desde 540 por el Imperio diezmó su población, iniciando una senda de decadencia que no revertiría hasta el siglo IX. A pesar de que la mayoría de las conquistas acometidas bajo su reinado se perdieron en las décadas posteriores, la hegemonía militar lograda por Justiniano hizo que la posteridad le juzgara acreedor del título de restitutor orbis y del título de el Grande. Es esta larga decadencia, entre otras causas, la que explica que la historiografía siempre haya considerado al Imperio de Oriente un indigno sucesor del grandioso legado de la Roma clásica (de ahí el término bizantino, de marcado carácter peyorativo). Sin embargo, los habitantes del Imperio de Oriente se siguieron llamando romanos, nunca bizantinos (este término es creación de H. Wolff en el siglo XVI), y siempre se refirieron a sus tierras como Basileia Romanion (Imperio Romano) o Romania (tierra de los romanos).

Pantócrator

Cristo Pantócrator de la basílica de Santa Sofía, aún visible en la actual mezquita. Mosaico de la emperatriz Zoe (siglo XI).

Salvado el plano militar, el legado que nos dejó Justiniano Augusto sigue siendo tangible a día de hoy. La magnífica basílica de Santa Sofía, reconvertida en mezquita tras la caída de Constantinopla ante los cañones del Gran Turco en 1453 todavía puede admirarse en Estambul, y conserva además muchos de los frescos y objetos de la época romana. Pero sin duda alguna, debemos estar agradecidos a Justiniano Augusto por haber ordenado a sus sucesivos quaestoris sacri palati (suerte de ministros de justicia) la compilación del derecho romano clásico en la grandiosa obra del Corpus Iuris Civilis Romani. Este trabajo titánico, acometido entre 529 y 534, es el que permitió que se conservase a través de los siglos, y aún se pueda conocer, el derecho romano clásico, base fundamental de los ordenamientos jurídicos occidentales. De acuerdo con el romanista Latorre, el Digesto (uno de las obras que compone el Corpus) es probablemente después de la Biblia, el libro con mayor influencia en la cultura occidental, pues en esta magna obra se han formado incontables generaciones de juristas y de sus contenidos ha podido erigirse la ciencia del derecho actual.

Vía| Desperta Ferro, revista de historia militar y política de la Antigüedad y del Medievo, nº 18 («Justiniano I el Grande»); Historia de las Guerras, Procopio de Cesarea; Derecho Público Romano, Dr. Antonio Fernández de Buján.

Imagen| Mapa del Imperio de Oriente al finalizar las conquistas de Justiniano, Cristo Pantócrator

En QAH| Justiniano I el Grande y la recuperatio imperii (I), Justiniano I el Grande y la recuperatio imperii (II), Justiniano I el Grande y la recuperatio imperii (III)

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