Cultura y Sociedad, Historia 


Justiniano I el Grande y la recuperatio imperii (II)

Retomamos la cuestión donde la dejamos, prosiguiendo esta crónica con el inicio de las operaciones militares romanas en el Mediterráneo.

África

Tras la victoria de Flavio Belisario, que con el tiempo se revelaría como el más brillante de los generales orientales, en Dara (530) frente a los persas sasánidas, Justiniano pudo convenir con el Shahanshah (Rey de reyes) Cosroes I, la llamada Paz Eterna en 532. Esta, con términos muy asequibles para los romanos, dejaba las manos libres al emperador para emprender campañas militares en Occidente.

Belisario

El conde Belisario, obra de François-André Vincent (1776). El ya anciano general, cegado por orden del desconfiado Justiniano, es reconocido por uno de sus veteranos.

Hecha la paz con los persas, la primera oportunidad que el destino pondría en manos de Justiniano surgió de la antigua diócesis romana de África, con capital en Cartago, por entonces en manos de la tribu de los vándalos. El casus belli llegó en 530, cuando el rey Hilderico, nieto del emperador Valente III, marcadamente pro-romano y, pese a ser arriano como el resto de los vándalos, muy tolerante con los cristianos ortodoxos de sus dominios, fue derrocado por su sobrino Gelimer. Con el ascenso de Gelimer terminaron los entendimientos con los romanos, desatándose una oleada de terror y persecución de los ortodoxos del lugar. Cuando conoció estas noticias, Justiniano se aprestó a auxiliar a sus correligionarios, y bajo el pretexto de reponer en su trono al rey legítimo, preparó secretamente la anexión de África al Imperio. A pesar de la oposición de sus ministros [1] –especialmente, de Juan de Capadocia (entonces jefe de la guardia palatina e intendente de los ejércitos)- por considerar la invasión una aventura demasiado costosa para las arcas imperiales, Justiniano despachó a Belisario para tomar África al mando de un contingente de 15.000 efectivos.

En 533, Belisario arriba a las costas africanas y tras las victorias de Decimum y de Tricamerón, derrota totalmente a los vándalos en 534, restaurando el orden (mas no a Hilderico, que fue asesinado poco antes de la batalla de Decimum), prohibiendo el arrianismo y anexionando África como exarcado. Además, la flota romana consigue cercar y destruir frente a las costas de Cerdeña a la flota vándala, el único poder naval que podía hacerle frente en el Mediterráneo. Gracias a este hazaña, los romanos pudieron mantener la hegemonía naval durante los siglos siguientes, lo que evitaría la aniquilación del Imperio hasta la aparición de los turcos selyúcidas. Finalizada la conquista africana, y aprovechando su superioridad naval, Belisario invade también Cerdeña, Córcega y las islas Baleares, formando así una red de bases navales con las que apoyar futuras operaciones navales en el Mediterráneo occidental. Con el desbaratamiento de la flota vándala, Belisario no sólo aseguraba las rutas comerciales del Mediterráneo, sino que además salvaguardaba la frontera occidental de Egipto, clave por ser el granero del Imperio gracias a sus abundantes cosechas de trigo.

Como recompensa por sus servicios, el emperador concede a Belisario el último triunfo [2] que se conoce de la historia de Roma, además del puesto de cónsul (ya reliquia puramente simbólica, procedente de la etapa republicana) y la acuñación de medallas con la efigie del general rodeadas de la inscripción Gloria Romanorum (gloria de los romanos). Sin embargo, poco habría de durarle a Belisario la gracia de su señor, como veremos inmediatamente.

Dalmacia

soldados

Tropa romana del siglo VI. A la izquierda, infante pesado (hoplita/scoutatos) portando escudo con el Crismón (monograma de Cristo), enseña imperial desde la visión de Constantino antes de la victoria del Puente Milvio contra Majencio (AD 312). A la derecha, infante ligero.

Al poco de culminar con gran gloria para las armas romanas la toma de África, una nueva oportunidad de conquista apareció inesperadamente ante el emperador. En 535, Teodato, caudillo ostrogodo que se había casado con Amalasunta, reina regente tras la muerte de su marido y mientras su hijo Atalarico fuese menor de edad (aunque este murió en 534), asesinó a la reina. Además de estar en tratos con los romanos al momento de su muerte, Amalasunta era hija de Teodorico el Grande, caudillo hérulo nombrado rex Italiam [3], magister militum [4] y patricio por el augusto oriental Zenón en recompensa por acabar con la vida del usurpador Odoacro, y por tanto sujeto muy estimado por los romanos. Una vez más, deponer al rey ilegítimo constituyó casus belli para Justiniano, que en poco tiempo ordenó a Belisario, nombrado para la ocasión magister militum per Italiam, pasar a Italia desde África.

Simultáneamente, el emperador despacha a Mundo, general de las tropas destacadas en la región del Ilírico (magister militum per Illyricum) para encabezar una ataque de diversión a través de Dalmacia (la actual Croacia) para distraer a las tropas godas del verdadero ataque, que vendría desde el sur. Mundo era un bárbaro gépido totalmente adicto a la figura de Justiniano, lealtad que quedó demostrada cuando, hombro con hombro con Belisario, ahogó en sangre la revuelta de Niká. Avanzando como un rayo, Mundo toma con sus 8.000 hombres la capital de Dalmacia, Salona, en 535. Sus hábiles movimientos consiguen poner en jaque a parte de las tropas godas, abriendo el camino del sur para Belisario, aunque finalmente cae en los campos del honor en 536 al defender Salona de la contraofensiva goda (que logró someter a pesar de grandes pérdidas). A pesar del éxito de esta operación, las cuantiosas bajas y la muerte del general Mundo determinaron el estancamiento de las operaciones romanas en Dalmacia.

En el próximo artículo trataremos las dos fases de la campaña itálica.
Vía| Desperta Ferro, revista de historia militar y política de la Antigüedad y del Medievo, nº 18 («Justiniano I el Grande»), Historia de las Guerras, Procopio de Cesarea.

[1] Cierto obispo africano huido de Cartago habría confesado al emperador un sueño en el que Dios le ordenaba reprender a Justiniano por su decisión, y prometiendo la victoria a los romanos sobre los herejes arrianos. El devoto Justiniano habría creído esto a pies juntillas, aunque lo más probable es que el obispo fuera un emisario de los partidarios de Hilderico.

[2] Máximo honor que un comandante militar victorioso (imperator) podía recibir de manos del Senado romano (y posteriormente del príncipe), consistente en un desfile militar por la ciudad de Roma (y después, Constantinopla) y una serie de festejos (fasti triumphales) para agasajar al vencedor.

[3] Rey de Italia. Debe recordarse que en los momentos posteriores a la caída del Imperio de Occidente los reyes bárbaros gobernaban, al menos formalmente, en nombre del emperador de Oriente, quien retenía el dominio nominal de esos territorios.

[4] Patrón de los soldados. Rango militar superior, equivalente al de mariscal de campo, capitán general o generalísimo de los ejércitos; es decir de general en campaña subordinado al emperador (comandante supremo). Este rango, creado por refundición de los de magister peditum (comandante de la infantería) y de magister equitum (comandante de la caballería) creados por Constantino Augusto en el siglo IV d.C. otorgaba la máxima autoridad militar y civil en una determinada demarcación territorial.

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