Cultura y Sociedad, Historia 


Justiniano I el Grande y la recuperatio imperii (I)

«Nos inspira la esperanza de que Dios nos garantice el dominio sobre el resto de lo que, sometido a los antiguos romanos hasta los confines de ambos mares, estos más adelante perdieron por su negligencia».

Justiniano Augusto, Novella 30, AD 535, tras la conquista de Sicilia

Corría el año de gracia de 527 cuando ascendía al trono del Imperio Romano de Oriente el emperador más conocido por los juristas, aquel bajo cuyo reinado se redactaría el Corpus Iuris Civilis, magna obra de recopilación a través de la que se conservó el derecho romano, y que ha llegado hasta nuestros días. Flavio Pedro Sabacio, hijo de una humilde familia romana asentada en la actual Serbia, alcanzaría la púrpura imperial como sucesor de su tío, Justino Augusto, que le adoptó siendo ya emperador de Oriente, cargo al que accedió en 518 tras ser jefe de la guardia palatina (comes excubitorum, conde de los excubitores) del emperador Anastasio.

Justiniano, cognomen con el que se le conocería tras ser adoptado por su tío, heredó de su predecesor un delicado equilibrio geopolítico que lograría preservar gracias a sus dotes diplomáticas y militares, estando el Imperio de Oriente cercado por todos los frentes: los persas sasánidas al este, que tras un siglo de paz volvían a alzarse en armas; una Arabia crecientemente poderosa al sur y multitud de pueblos bárbaros agitándose al norte del Danubio, frontera septentrional del Imperio. El Imperio de Occidente, ya disuelto desde la deposición de Rómulo Augústulo por el caudillo de los hunos hérulos Odoacro en 476, se había convertido en una miríada de reinos autoproclamados sucesores de Roma y que seguían bajo dominio nominal del trono de Constantinopla, pero que en la realidad raras veces daban muestras tangibles de lealtad.

Díptico

Díptico consular representando probablemente a Anastasio o a Justiniano. Museo del Louvre (París).

Trabajador incansable (se le conocía como «el emperador que nunca dormía»), y hombre profundamente religioso versado en asuntos de teología (fue el primer emperador de Oriente en emplear el título «por Cristo Dios amado»), Justiniano ambicionaba restaurar la gloria y el poder del imperio romano clásico, revirtiendo el caos generado por el derrumbe de Occidente frente a los bárbaros. Este proyecto de restauración, conocido como recuperatio imperii, tenía varias facetas. Para empezar, Justiniano reforzó el cristianismo ortodoxo (credo niceano) eliminando los últimos reductos del paganismo y legislando contra los hebreos y contra las sectas heréticas menores [1] (maniqueos, sebelianos); así como iniciando un amplio programa de construcción de iglesias y edificios de culto por todo el Imperio, cuyo culmen representa la basílica de Hagia Sofia (Santa Sabiduría), aún en pie en Estambul.

En el plano moral, y azuzado por su esposa Teodora (de fuerte temperamento y que manejaba el débil carácter de su esposo), que antes de casarse con él había sido actriz de teatro y mujer de disipada vida, Justiniano legisló contra las prostitutas y permitió a las mujeres casadas tener amantes si sus esposos frecuentaban prostíbulos. Finalmente, inició la reforma jurídica mediante la recopilación del derecho romano clásico en el Corpus Iuris Civilis Romani, encargo que hizo a los juristas palatinos desde el mismo momento de su ascenso al trono en 527. Esta obra es absolutamente capital para el derecho, pues permitió que la base esencial de todos los sistemas jurídicos occidentales, el genio jurídico romano, haya llegado hasta nosotros.

Justiniano

Reproducción de uno de los paneles del mosaico de la basílica de San Vital (Rávena). Justiniano figura en el centro con los ropajes propios de su posición y con un halo sobre su cabeza. El hombre con barba situado a su diestra es probablemente Belisario. A su siniestra, probablemente Narcés.

Sin embargo, lo más característico de este proyecto fue su aspecto político-militar, que gracias a una serie de acontecimientos históricos imprevisibles permitieron al Imperio de Oriente recuperar gran parte de las posesiones occidentales de los romanos. Es muy importante resaltar que, si bien Justiniano ambicionaba reconquistar el Imperio de Occidente a los bárbaros, su proyecto militar no iba más allá de eso, un ardiente pero mero deseo, y carecía de un plan sistemático con que llevarlo a cabo de forma efectiva. Sin embargo, la diosa Fortuna sonrió al por Cristo Dios amado emperador, sirviéndole en bandeja de plata una serie de oportunidades asombrosas para realizar sus aspiraciones. Además, la inmensa gloria terrenal ganada en los campos del honor por los ejércitos romanos debía servir para lavar la imagen de Justiniano, enturbiada por la sangrienta represión de la revuelta de Niká (532), durante la cuale una parte del pueblo de Constantinopla se levantó en armas para expulsar a ciertos ministros del emperador sumamente impopulares (eminentemente Juan de Capadocia y Triboniano). Según narra Procopio de Cesarea, secretario de Belisario que le acompañaría en sus aventuras, los tumultos sólo cesaron cuando 30.000 rebeldes fueron pasados por las armas en la arena del Hipódromo.

Acometida esta breve introducción, examinaremos en el siguiente artículo los primeros movimientos militares ordenados por Justiniano, con las campañas de África y de Dalmacia.

Vía| Desperta Ferro, revista de historia militar y política de la Antigüedad y del Medievo, nº 18 («Justiniano I el Grande»); Historia de las Guerras, Procopio de Cesarea.

Imagen: Justiniano, Díptico Consular


[1] Sin embargo, no llegó acabar (pero persiguió) con el cisma monofisista, pues en aquellos momentos los romanos estaban divididos por las varias formas de entender la naturaleza de Cristo (monofisismo, diofisismo, nestorianismo…).

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