Historia 


Juliano, un emperador a contracorriente

Durante los años centrales del siglo IV gobernó el Imperio Romano la dinastía constantiniana, ya que tenía su origen en el emperador Constantino I, llamado el Grande.  El último representante de esta dinastía fue Juliano, el cual sucedió a Constancio II, uno de los hijos de Constantino. El reinado de este soberano es en parámetros estrictamente cronológicos muy reducido ya que tan solo duró dos años, (361-363), pero aun así es importante por varios motivos, el principal de ellos su política religiosa.

La infancia y juventud de Juliano fue una etapa dura ya que Constancio II se dedicó a perseguir y a eliminar a diversos miembros de su familia para mantenerse en el poder sin posibles sublevaciones y sobresaltos. Por lo que el futuro emperador residió en varias provincias y ciudades del imperio como Nicomedia o Atenas, lugares en los que recibió una educación que lo hizo conocedor tanto de los textos cristianos como de los autores paganos.

Juliano el Apóstata

Juliano el Apóstata

En el 335 Juliano fue nombrado César y enviado a la Galia con la misión de derrotar a los alamanes, algo que logró dos años más tarde en las proximidades de la actual Estrasburgo. Así, cuando en el 360 Constante lo llamó para que le llevase a Oriente, estos lo aclamaron como augusto y solo la muerte del emperador impidió una nueva guerra civil.

Lo más trascendente del breve gobierno de Juliano es el rechazo del Cristianismo y la adopción de los cultos paganos. Organizó a los sacerdotes a semejanza del clero cristiano y adoptó otras medidas como la celebración de reuniones y el adorno interior de los templos. En relación con esto expulsó a los docentes cristianos de las escuelas e intentó atraerse a la población hacia su fe con algunas ventajas. Pero no todo salió según lo planeado.

En Oriente el Cristianismo estaba a mediados del siglo IV muy arraigado entre la población, y al llegar a Antioquia, la capital de Siria, en el 362, vio que sus habitantes no estaban muy dispuestos a colaborar, es más, se reían del aspecto del emperador con sátiras como que por su larga barba corrían las pulgas a sus anchas. A esto se le suman dos errores fatales, el primero fue forzar a los ciudadanos de Antioquia a abaratar los precios de los alimentos para las legiones, y el segundo sacar del Bosque de Dafne los cuerpos de los mártires allí depositados. El resultado: el santuario acabó ardiendo, además ya nadie celebraba en él los antiguos rituales como indica el propio emperador y reproduce Vasiliev:

Lucerna decorada con crismón, alfa y omega. Siglos IV-V. Museu de Prehistòria de València.

Lucerna decorada con crismón, alfa y omega. Siglos IV-V. Museu de Prehistòria de València.

 Así, me encaminé a ese lugar (bosque de Dafne) a toda prisa, desde el templo de Zeus Kasios, pensando que en Dafne al menos podría regocijarme la vista de vuestra prosperidad y del espíritu público… Pero cuando entré en el santuario no encontré ni incienso, ni siquiera un dulce, ni la más pequeña bestia para el sacrificio. De momento quedé sorprendido y pensaba que estaba aún en el exterior del templo… Pero cuando comencé a informarme del sacrificio que la ciudad tenía intención de ofrecer para celebrar la fiesta anual en honor del dios, el sacerdote me contestó: “Yo he traído conmigo de mi propia casa un ganso para ofrendarlo al dios, pero la ciudad hoy no ha hecho preparativo alguno.”

Ahora tocaba responder al emperador, que además cerró la principal iglesia de la ciudad y la profanó, por lo que los cristianos destruyeron las estatuas de las divinidades paganas. Tras esto fueron ajusticiados dirigentes de la Iglesia local. Esta oleada de destrucción acabó con la marcha del emperador más al Este para combatir contra los persas, donde pereció poco después.

*Las destrucciones de los símbolos de la Antigüedad pagana, y en concreto sus edificios fueron un fenómeno que no se dio solo durante el episodio que hemos relatado, e incluso se creó una legislación que trataba de impedir estos atentados.

En colaboración con QAH| Ad Absurdum

Vía| VASILIEV (ed. 2004): Historia del Imperio Bizantino, Madrid, 83-93.

Imagen| Juliano el Apóstata, Lucerna con crismón (s. IV-V)

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