Patrimonio 


Jackson Pollock, más “salvaje” que cowboy

Sus pinturas ocupan un lugar privilegiado dentro del gran relato artístico de mediados del siglo XX. Representante del expresionismo abstracto norteamericano, Jackson Pollock contó con el apoyo de la artista Lee Krasner —su futura esposa—, quien le presentó a influyentes artistas, críticos y mecenas del arte, que vieron en la abstracción la oportunidad de arrebatar la hegemonía artística al viejo continente. Protegido por la coleccionista y filántropa, Peggy Guggenheim, sus obras se vieron en la galería, Art of This Century, y de allí dieron el salto al Museum of Modern Art, donde años antes, Pollock y otros artistas, apodados como “Los Irascibles” por el New York Herald Tribune, habían intentado boicotear la exposición American Painting Today 1950, una exposición que mostraba una selección de arte regionalista que ellos leían ya en pasado. Así, se fue fraguando el mito de Jackson Pollock, cuya vida acabó de forma trágica en una carretera del estado de Nueva York en 1956, tras varias temporadas en las que su arrolladora fuerza expresiva, se fue apagando hasta casi desaparecer bajo los focos mediáticos.

Jackson Pollock. ‘The She-Wolf’, 1943. MoMA

Sus orígenes al más puro estilo Made in America le persiguieron durante toda su trayectoria, algo que él supo aprovechar. Nació en 1912 en Cody (Wyoming), el pueblo de Buffalo Bill, y esa imagen mitificada del medio oeste influiría en su personalidad artística, entre el cowboy moderno y el chamán de alguna de las tribu que habitaron la región hasta principios del pasado siglo. Tras vivir un tiempo en California, decidió trasladarse a Nueva York, en 1929, para estudiar pintura con Thomas Hart Benton, un artista con un pie metido en el regionalismo y otro en la modernidad. Lo vemos en su forma pero no tanto en un contenido, que se encuentra saturado de escenas narrativas, mezclando el idealismo pastoral del Oeste, la caótica y desenfrenada vida urbana y la idea de progreso, encarnada en la industria estadounidense y sus máquinas. Así aparece en los murales de America Today, de 1930-1931, y A Social History of the State of Missouri, de 1936. Sus visiones influyeron en la trayectoria de Pollock que entre 1934 y 1935, realiza una de sus obras más representativas de aquellos años, Going West, tras los pasos del regionalismo, pero abierto a la experimentación.

Pinturas como The She Wolf, de 1943, o Stenographic Figurede 1942, marcan un punto de inflexión en su trayectoria, alejándose de la figuración y adentrándose en la materia, los trazos y su carga expresiva. Son los años de la Gran Depresión y hasta 1943, Pollock trabajó para el “Federal Art Project” de la Works Progress Administration (WPA), un programa impulsado por el presidente Roosevelt para promover el empleo de los artistas en los espacios públicos del país, que le permitió conocer la pintura y las ideas de los muralistas mexicanos, David A. Siqueiros y José C. Orozco. Cuando este último, realizó el mural en el Pomona College, en California, fue expresamente a verlo. Se quedó tan impresionado que cuando llegó a Nueva York y se enteró que el mexicano estaba allí -ocupado en la New School for Social Research de Manhattan-, fue a conocerle y a observar cómo trabajaba. Allí se interesó, aún más, por los grandes formatos, la técnica al fresco y las figuras monumentales. Le siguió también a New Hampshire, en 1934, donde terminaba su mural en el Dartmouth College sobre la historia de la civilización americana desde sus orígenes hasta los años 30. En él, había incluido personajes y diseños inspirados en el arte antiguo de México que animaron a Pollock a interesarse por el arte nativo.

Jackson Pollock. ‘Landscape with Steer’, c. 1936–37. MoMA

En 1936, Siqueiros inauguró un taller en Nueva York donde se dieron cita algunos artistas locales, atraídos por su radicalidad política y técnica. En él utilizaron barniz para automóviles y pintura para casas, que arrojaban, pulverizaban y derramaban sobre todo tipo de soportes. Después, solían añadir objetos como arena, grava o pequeños trozos de madera para observar sus efectos y posibilidades. Como ellos, Pollock quería ser moderno, pero sin dejar de asimilar las obras de artistas del pasado como El Greco que le interesaron por su fuerte carga emocional y espiritual y que descubrió gracias a las pinturas de Picasso. La influencia del Guernica —que Pollock pudo visitar en el MoMA—, fue importante en su obra, pero más que aquellos cuerpos llevados al extremo de Picasso, fue mayor su fascinación por las visiones surrealistas de Miró que estudió en la exposición que el mismo museo dedicó al artista español, en 1941. No conoció a ninguno en persona, pero sí al chileno Roberto Matta, en 1942, uno de los artistas plásticos más jóvenes del movimiento surrealista, quien le animo a que pintaran inscapes (paisajes interiores), de sueños, fantasías y emociones con trazos espontáneos y una mirada volcada hacia lo espiritual.

Más tarde, en 1949, cuando ya dominaba el action painting (pintura líquida derramada sobre un soporte para componer imágenes irreconocibles), conoció a Alfonso Ossorio, artista y mecenas, de padre español y madre filipina, fascinado por la cultura europea y la asiática. En sus pinturas exploraba temas humanísticos y espirituales, a medio camino entre la figuración simbólica y la abstracción, que pueden rastrearse en los llamados cuadros negros de Pollock, en 1951, y que a su vez pueden ligarse a los entintados de Ossorio, también, de ese mismo año.

Vía| Lebrero Stals, José (Ed.). La energía visible. Jackson Pollock, una antología. Museo Picasso de Málaga, La Balsa de la Medusa, 2016.

Más información| Museo Guggenheim y MoMA

Imagen| WikiArt y MoMA

En QAH| La CIA y el expresionismo abstracto norteamericano

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