Coaching Profesional 


Is there a God?

 

Si yo sugiriese que entre la Tierra y Marte hay una tetera de porcelana dando vueltas alrededor del Sol en una órbita elíptica, nadie sería capaz de desaprobar mi afirmación debido a que yo fui cuidadoso en añadir que la tetera es tan pequeña que no puede ser vista ni por el más poderoso de nuestros telescopios. Pero si yo continuase para añadir además que, como mi afirmación no puede ser desaprobada  sería una intolerable presunción de la razón humana dudar de ella, debe pensarse correctamente de mí que estoy hablando sin sentido. Si, en cambio, la existencia de tal tetera fuese afirmada en un libro de la antigüedad, enseñada como una verdad sagrada cada domingo e introducida gradualmente en la mente de los niños en las escuelas, dudar de su existencia se convertiría en una marca de excentricidad y daría derecho a enviar a quien duda al psiquiatra en la era de la ilustración o al inquisidor en tiempos más antiguos.

Teapot

La anterior cita no es mía, por eso está en cursiva, es la traducción de parte de un artículo encargado por la revista Illustrated en 1952 al filósofo británico Bertrand Russell, que llevaba como título Is there a God? , y que Illustrated nunca llegaría a publicar.

El objetivo de la misma no es, evidentemente, demostrar la inexistencia de Dios, sino trasladar la carga de la prueba a aquellos que aseveran su existencia. Es decir, no debe ser responsabilidad del escéptico probar la inexistencia de algo que por la definición que se le ha dado es indemostrable.

En mi opinión, sin embargo, el texto no es demasiado acertado. Para explicar porqué, intentaré poner un ejemplo menos alejado de nuestra historia que el de la tetera.

Situémonos; siglo VII a.C., Grecia, dos amigos, uno religioso y el otro ateo, desayunan una mañana mientras conversan sobre la impresionante tormenta que ha tenido lugar durante la noche. El primero le dice al segundo que cómo es posible que dude de la existencia de Zeus después de lo que ambos han presenciado durante la noche: semejante espectáculo de truenos y relámpagos no puede ser obra sino de un Dios todopoderoso.  A lo que el segundo responde que él no es capaz de explicar cómo ha pasado, pero que la respuesta a un fenómeno tan maravilloso no puede ser que, como no lo entendemos, es obra de un Dios. Más bien al contrario, él sabe que en ese momento es incapaz de encontrar una explicación lógica a lo que acaba de pasar, pero cree en que el ser humano algún día encontrará los medios para explicarlo.

Obviamente, el religioso nunca tendrá la necesidad de demostrar que Zeus es la causa de la tormenta, para él resulta evidente. Será el escéptico el que tendrá que esforzarse en conseguir los medios para comprender aquello que no entiende.

Uno tras otro, la ciencia ha ido acabando con la mayoría de los que ahora llamamos mitos de las religiones antiguas y las modernas: el rayo, el creacionismo de Adán y Eva como origen de la humanidad, la afirmación de que la Tierra era el centro del Universo, etc. A este proceso se refería Steven Crocker cuando afirmaba que “la Religión de hoy será la mitología del futuro”.

En mi opinión, las Religiones se van adaptando a los avances de la ciencia de forma que el argumento de la existencia de Dios siempre se va ciñendo a lo que, en un determinado momento, la ciencia no es capaz de explicar.

Si estáis de acuerdo conmigo, creo que hay dos maneras opuestas de afrontar esta situación, además del amplio elenco de grises que siempre hay entre posturas contrarias. La primera sería afirmar que hay parte de la naturaleza del Universo que jamás podremos comprender a través de la ciencia porque no es posible comprender la naturaleza de Dios. Por el contrario, la segunda implicaría creer en que, el hecho de que ahora seamos incapaces de comprender alguna realidad no significa que la misma sea obra de un ser supremo creador, sino que algún día, el ser humano será capaz de comprender la naturaleza de dicha realidad.

Ninguna de estas dos opciones puede afirmarse como categóricamente correcta dado que, al final, ambas se refieren al futuro y, por lo tanto, no hay manera de saber cuál es la verdadera a priori.

El filósofo inglés Richard Dawkins, en su libro El Espejismo de Dios, habla de la existencia de Dios en términos de probabilidad. Así, divide el espectro en los siguientes puntos, y cito textualmente:

01. Fuertemente teísta. Cien por ciento de probabilidades de Dios. En las palabras de C. G. Jung: “Yo no creo, Yo sé”. 

02. Muy Alta probabilidad pero menor al cien por ciento. Teísta de facto: “No lo puedo saber con certidumbre, pero creo fuertemente en Dios y vivo mi vida con la asunción de que él está allí”.

03. Mayor al cincuenta por ciento; pero no muy alta. Técnicamente agnóstico pero se inclina hacia el teísmo: “Tengo mucha incertidumbre, pero me siento inclinado a creer en Dios”. 

04. Exactamente cincuenta por ciento. Agnóstico completamente imparcial. “La existencia y la no-existencia de Dios son exactamente igual de probables”.

05. Menos del cincuenta por ciento pero no muy bajo. Técnicamente agnóstico pero se inclina al ateísmo: “Yo no sé si Dios existe, pero me inclino a ser escéptico”.

06. Muy bajas probabilidades, pero sin llegar a cero. Ateo de facto: “No puedo saberlo con certidumbre, pero pienso que Dios es muy improbable, y vivo mi vida con la asunción de que él no está allí”.

07. Fuertemente ateo. “Yo sé que Dios no existe, con la misma convicción de que Jung “sabe que existe uno”.

Yo, al igual que el autor, me incluyo dentro del grupo sexto, y por ello me considero optimista. Optimista con respecto a la humanidad, porque considero al ser humano capaz de todo lo que se proponga, ya sea del descubrimiento de las cosas más maravillosas que aún nos esconde el Universo, como de nuestra propia y paulatina autodestrucción.

En cualquier caso, mi reflexión de hoy no tiene la intención de responder a la pregunta que daba título al artículo de Russell y al mío, lo siento por el que lo esperase al empezar a leer. El propósito que persigo es otro, y es doble.

Por un lado, demostrar que tanto la primera opción como la última se caen por su propio peso, son insostenibles a la luz de la razón porque, como ya he dicho, se refieren al futuro. Por otro, y dejados fuera de un plumazo ambos extremismos, la consecuencia obvia es que lo más que se puede hacer en lo que a Religión se refiere es apostar.

Yo apuesto a que de aquí a cien años conoceremos la naturaleza del origen del Universo. Arriesgado, lo sé; pero como he dicho antes, soy una persona optimista, ¿y tú?

 

Vía| El Espejismo de Dios; DAWKINS, Richard; 2006.

Imagen| Teapot

En QAH| Religiones, Estados y costumbres, Apple: ¿La religión del siglo XXI?, La música como ritmo de vida.

RELACIONADOS