Cultura y Sociedad, Historia 


Irena Sendler, heroína del siglo XX (I)

 

El caso de Oskar Schindler es conocido por todos gracias a la fantástica película que Steven Spielberg le dedicó hace ya años, pero no es el único.

Uno de los más llamativos (y sobre todo uno de los más conmovedores) es el de Irena Sendler, una mujer varsoviana que perfectamente podría ser considerada como una de las más grandes de nuestro tiempo.

Irena nació en 1910 en un hogar católico, hija de un médico que la educó en unos principios de ayuda al prójimo sin mirar jamás su religión ni su raza.

En la facultad tuvo problemas por protestar públicamente contra la segregación de los judíos.

En 1939, durante la ocupación nazi de Polonia ella era enfermera en el Departamento de Bienestar Social que se ocupaba de comedores sociales en los que se alimentaba tanto a judíos como a polacos.

Durante el primer año se dedicó a facilitar a las familias judías ropa o todo aquello que ellos mismos no podían adquirir dada la discriminación de la que eran objeto. Incluso a veces llegó a conseguir para algunas de ellas cartillas que los acreditaran como polacos y así poder beneficiarse de la caridad municipal.

Sin embargo, si había algo que los nazis tenían claro era que había que deshacerse de toda la población judía que habitaba en las calles de Varsovia, por lo que se adoptó el apartheid ya aplicado en Alemania: encerrarían a todos los judíos en guetos para que murieran de inanición y enfermedades.

En octubre de 1940 casi medio millón de personas (el 30% de la población de Varsovia) fueron recluidas en espacios minúsculos y vigilados las 24 horas del día.

Cien mil personas murieron entre esos muros, otros fueron enviados a Treblinka, un campo de exterminio en donde se ejecutaba en el acto a los recién llegados ya fueran hombres, mujeres o niños.

Irena, como polaca, vivía fuera del gueto pero sabía cual iba a ser el destino de todas las familias encerradas en él. A diario veía salir los carretones con cadáveres de judíos camino del crematorio. De modo que entendió que su obligación era ayudar a aquella pobre gente, por lo que se unió al Consejo para la Ayuda de Judíos:

“Conseguí  una identificación de la oficina sanitaria, una de cuyas tareas era la lucha contra las enfermedades contagiosas. Más tarde tuve éxito en conseguir pases para otras colaboradoras. Como los alemanes invasores tenían miedo de que se desatara una epidemia de tifus toleraban que los polacos controláramos el recinto”, narraba Irena.

Una vez dentro, se coloco una estrella amarilla en el brazo y se centró en ayudar a los niños principalmente. Contactaba con las familias de los pequeños, instándoles a que les entregara a sus hijos para intentar sacarlos del gueto.

Si bien es cierto que no les ofrecía garantías de éxito, lo único seguro es que si se quedaban allí morirían de tifus o los llevarían a campos de exterminio.

Para las familias era fatal entregar a sus hijos, pero la mayoría de ellas cedieron anhelando la supervivencia de los niños, aunque no todas, algunas no fueron capaces de separarse de ellos. Cuando Irena volvía a la siguiente semana para intentar hacerles entrar en razón, en la mayoría de los casos le informaban de que ya habían sido trasladados para fusilarlos.

Durante un año y medio Irena fue la única esperanza para los niños del gueto varsoviano. Los metía en cajas de mercancías, sacos de patatas, bolsas de basura e incluso en ataúdes.

Además, consiguió adiestrar a un perro para que ladrara a la salida del gueto. Los oficiales no querían vérselas con el animal,de modo que no registraban los sacos o el carro de Irena.

En otras ocasiones sacaba a los niños por una iglesia que contaba con dos puertas, una que daba al gueto y otra a la ciudad, de manera que los niños entraban como andrajosos judíos y salían como limpios y repeinados católicos.

 Hasta la evacuación del gueto en 1942 consiguió salvar a 2500 niños, que una vez fuera entregaba a familias católicas, los entregaba a orfanatos, casas de acogida, conventos…etc.

Además  Irena tenía un registro en el que apuntaba el nombre verdadero de los niños y la nueva identidad de éstos, para que fuera posible devolverlos a sus familias, si es que aquello llegaba a producirse alguna vez.

Guardó los papeles en dos frascos de cristal que enterró al pie de un manzano que su vecino tenía en el jardín, de ese modo, si ella moría alguien podría revelar la verdadera identidad de los pequeños.

Vía| Liberted.digitalConelpapa

Imagen| TopsynergyDadaisforeverbp.blogspot

 

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